Señor Ruiseñor

Els Joglars plantea una sátira contra ese nacionalismo catalán que los ha vetado a través de la figura del pintor Santiago Rusiñol

Foto de David Ruano

Seguramente la misma queja que se podía argüir de su anterior obra, Zenit, se puede sostener en esta. Si en aquella el tema era el periodismo, en esta es el independentismo catalán. Cuestión demasiado seria esta última, como para que la sátira sea tan blanda. Porque si te metes en esos berenjenales, teniendo en cuenta la historia de Els joglars en su afán por hacer «amigos» y desvelar el pastel en su propia tierra desde hace tanto (unos pioneros a la hora de descubrir quién estaba produciendo los barros que nos han traído estos lodos), lo lógico sería pinchar lo suficiente como para que la crítica provocara el daño pertinente. Desde mi punto de vista, es un planteamiento timorato, y diría que desencantado; tanto en el tono ajustado a la senectud del protagonista, como en la observación del argumento. Es probable que el cansancio del monotema ya no dé ni para andarse con honduras. Pero es que los chistes y las ironías son una sarta de evidencias y de tópicos que hoy en día trufan las redes sociales, las viñetas de los periódicos y los programas dedicados a las parodias; sin ir más lejos, el catalán Polònia o el especial de Navidad de José Mota (con algunas puyas bien logradas para un espacio medido en su mordiente). Humorísticamente se requiere hoy mucho más (apenas una referencia a «Carles Puigdemente») y para ello es conveniente que los personajes también estén más elaborados; pero en esta función simplemente son unos monigotes, si exceptuamos al héroe del asunto. Con esos peleles no se puede trabajar la comicidad porque están por hacer, no tienen fundamento, son ridículos. Porque hablamos de que se quiere convertir el museo dedicado a Santiago Rusiñol en uno sobre la identidad catalana. Acabar con la memoria de un tipo sensato y prudente (así se nos quiere hacer ver) por la entronización del espíritu del pueblo. Un viejo jardinero, aquejado de reuma, se enviste del pintor y dramaturgo para transformarse en el guía de las visitas teatralizadas. Hasta llegar a ese punto, asistimos a una bucólica introducción que ayuda poco a caldear el ambiente. Los ruiseñores acechan el lugar y la cortacésped es insostenible para el pobre operario y sus dolores. El atrezo se dispone para que Ramón Fontserè se enmascare en el ínclito artista y lo dote de retranca, y de una confusa energía procedente de la morfina a la que era adicto Rusiñol. No parece adormecerse, sino más bien alentarse cual Ásterix ingiriendo la pócima mágica y sintiendo el respingo del lingotazo. Por un momento parece que el mundo de la bohemia va a adentrarnos en una experiencia pictórica estéticamente elocuente (la escenografía de Anna Tussell, un óvalo inclinado que propicia coreografías interesantes y procura una versatilidad que favorece los ángulos de visión. Algunos de los cuadros más representativos se imponen frente a nuestros ojos); pero no se profundiza más allá del bosquejo destinado a los visitantes cotidianos. Encontrar un paralelismo antitético entre la personalidad del pintor, un tipo viajado, alguien que ha vivido en París y ha asistido a las confluencias cosmopolitas y esa caterva de nacionalistas que se espantan ante la palabra ‘España’, es un dispositivo que no termina de activarse. Es cierto, que Juan Pablo Mazorra, Rubén Romero, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu y Xevi Vilà exprimen al máximo su gestualidad y esos modos tan exagerados propios de la actitud guiñolesca que destilan. Del elenco no se puede tener pega. La colección de personajes en los que se deben encarnar son varios, ya sean turistas orientales, un corresponsal extranjero que compra completo el discurso nacionalista o alguna musa sugerente, entre otros. Por otra parte, la profesionalidad de la compañía permite comprobar que cuentan con enormes recursos expresivos ―muchos de ellos verdaderos clásicos―, como el uso de máscaras, diversas modulaciones de la voz o el propio movimiento del cuerpo para recalcar ciertas actitudes y llevarlas hasta el esperpento. En este sentido, la dirección de escena de Alberto Castrillo-Ferrer parece más que meritoria. Pero su buen hacer no evita que la salpicadura de actos de aquí y de allá no termine de empastar en un concepto más complejo, más trabado, más cohesionado en pos de ese contraste esperable entre la estulticia evidente de esos que sueñan con la República de las sonrisas y aquel que sueña con Morfeo, mientras sujeta los pinceles que le deparan el espacio de libertad.

Señor Ruiseñor

Dramaturgia: Ramon Fontserè con la colaboración de Dolors Tuneu y Alberto Castrillo-Ferrer

Dirección: Ramón Fontserè

Reparto: Ramon Fontserè, Juan Pablo Mazorra, Rubén Romero, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu y Xevi Vilà

Dirección de escena: Alberto Castrillo-Ferrer

Escenografía: Anna Tusell

Iluminación: Bernat Jansà

Vestuario: Pilar Sáenz Recoder

Música: David Angulo

Audiovisuales: Manuel Vicente

Coreografía: Cía. Mar Gómez

Asesor musical: Enrique Sánchez Ramos

Colaboración musical: Francesc Vidal

Diseño de cartel: Javier Jaén

Fotos: David Ruano

Producción: Els Joglars

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 27 de enero de 2019

Calificación: ♦♦

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.