Saigon

Una sentida propuesta sobre el desarraigo en la historia reciente de Vietman firmada por la dramaturga Caroline Guiela Nguyen

Foto de Jean-Louis Fernandez

Aprehender el tiempo, anquilosarlo a través de un restaurante de 1956 en Saigon (ahora Ciudad Ho Chi Minh) y trasplantarlo hasta París como si fuera un templo que se desmonta piedra a piedra para asentarlo en otro lugar de forma idéntica. Así mantienen aquel local hasta ese 1996 que es el otro punto del lapso. Dejar que la cotidianidad se conmueva con los recuerdos de los seres queridos que se perdieron en el tráfago de los acontecimientos y perderse en la traducción de una lengua que es la del colonizador y, también, la de aquellos que te acogen mientras se siguen planteando el regreso al país natal. Matrimonios mixtos para la configuración de una cultura única que chirría por todas partes. La escenografía hiperrealista cumple con todos los detalles posibles, nada se escapa. Alice Duchange se ha molestado en recrear el prototipo de restaurante oriental que se reparte por toda Francia, llamado, inequívocamente, Saigon, y dispuesto a ofrecer buenas sopas calientes especiadas con pimienta (uno de los personajes occidentales se sorprende de que ellos también tengan pimienta. Es uno de esos toques de humor que suavizan el drama). La cocina a la izquierda, un pequeño karaoke repleto de canciones melancólicas apostado en la otra esquina y clientes silenciosos sorbiendo del cuenco. Pero lo auténticamente interesante es el balanceo entre las épocas, cómo se empasta el allí con el aquí como si fueran espíritus que se concitan en futuro que se ancla en el pasado. La historia reciente de Vietnam, tan zarandeada en su devenir, transcurre subterráneamente entre conversaciones muchas veces anodinas. Y es que Caroline Guiela Nguyen, en su estricta coherencia, ha extendido durante más de tres horas un relato que se demora demasiado en la pura vivencia repetitiva de unos personajes despojados de atributos sociales; pues parecen no tener vida fuera de ese espacio tan concreto. De alguna manera, se nos presentan en una lejanía insolente que puede zanjar nuestra empatía. Ya que uno se debe hacer responsable de las biografías similares de seres que viven en el desarraigo y que se comunican a través de códigos culturales diferentes a los nuestros. Digamos que están algo encapsulados y que la épica de los que huyen o de los que viajan en pos de una existencia mejor, se reduce a una tristeza que no se sosiega con el descubrimiento de una ciudad abarrotada de oportunidades y de posibilidades para el conocimiento. Por lo tanto, ese objetivismo del tiempo «real» de la narración arrastrado durante tantos minutos, puede llevarnos al tedio, a la conclusión de que ahí no pasa mucho más. Lo cierto es que sí pasa, pero debemos desvelar sus máscaras. Para ello nos podemos apoyar en la narración en off que, en determinados momentos, contextualiza la acción. También en esa sensación de realismo mágico; porque se logra eficientemente que todos los protagonistas se reúnan más allá del tiempo, vagando entre las mesas y las sillas. O en la energía trágica de Marie-Antoinette, que interpreta Anh Tran Nghia, regentando aquí y allá su establecimiento con ese pesar por el hijo que se marchó, cuando la información que le llega es definitiva, a través de las traducciones trastabilladas de su sobrina, la actriz Thi Thanh Thu Tô. Ciertamente el elenco se mueve en esa cadencia agostada, que, en ciertos instantes, se torna fulgor. La generación de aquel 1956, tras la independencia de Vietnam, transmite su dolor a la siguiente. El soldado francés que regresó con aquella muchacha que conoció allá, y que se casaron, ante la ausencia de los padres que no podían aceptar tal desafuero, transmiten la nostalgia y la pérdida a la generación posterior, a ese hijo que parece no salir adelante mientras observa cómo su madre va decayendo. Otros personajes proponen caminos laterales, como vagabundos que se deben aproximar a esos extraños de un país extraño. La simultaneidad produce un aspecto cinematográfico indudable y verdaderamente se logra que nos adentremos en las escenas; aunque nos encontremos con diálogos que en su divagar nos quieran ahuyentar. Saigon es una propuesta algo excesiva, también algo morosa y esquiva; pero de incuestionable valor estético.

Saigon

Texto: Caroline Guiela Nguyen y equipo artístico

Dirección: Caroline Guiela Nguyen

Traducción: Duc Duy Nguyen y Thi Thanh Thu Tô

Reparto: Caroline Arrouas, Dan Artus, Adeline Guillot, Thi Trúc Ly Huynh, Hoàng Son Lê, Phú Hau Nguyen, My Chau Nguyen thi, Pierric Plathier, Thi Thanh Thu Tô, Anh Tran Nghia y Hiep Tran Nghia

Dramaturgia y sobretítulos: Jérémie Scheidler y Manon Worms

Escenografía: Alice Duchange

Iluminación: Jérémie Papin

Vestuario: Benjamin Moreau

Espacio sonoro y música: Antoine Richard

Composición musical: Teddy Gauliat-Pitois

Ayudante artístico: Claire Calvi

Diseño cartel: Javier Jaén

Fotografías: Jean-Louis Fernández

Producción: Les Hommes Approximatifs y La comedie de Valence, CDN Drôme-Ardèche

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 12 de enero de 2019

Calificación: ♦♦♦

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