Todas las noches de un día

Carmelo Gómez y Ana Torrent representan esta obra sobre la relación amorosa entre una señora y su joven jardinero

Es necesario reconocer que Alberto Conejero (1978) ha logrado hacerse un nombre en el mundo teatral; aunque sería conveniente estudiar a qué se debe realmente. Porque da la sensación de que cierto sector y cierta crítica asumen con soberana connivencia que los dramas que nos presenta el autor deben ser tenidos en cuenta como un ejemplo sublime de aquello que muchos esperan para nuestra contemporaneidad. Cualquiera podría resolver que Todas las noches de un día, no es más que un ejercicio de romanticismo demodé, con ramalazos cursis y un tono de ternura inconsecuente. Una búsqueda agónica del cliché clásico, del ambiente emotivista, de la escena que impresione al respetable por su sensibilidad. Claro es que existe un público, generalmente femenino, que de la misma forma que deglute los novelones rosa que hoy se venden con la faja de algún renombrado premio; también se aproxima a estas propuestas donde lo importante es «atrapar al corazón». Porque, sinceramente, qué se nos quiere contar en esta función; pues la relación entre un joven jardinero y su señora. Ni más ni menos; puesto que sus biografías entreveradas apenas dan para fraguar el reconocido e imposible enamoramiento. A lo largo de la hora y veinte minutos que dura el montaje, parece que el tiempo se adensa y que el espacio no pretende concretarse más allá de un invernadero (diseñado con sencillez y gusto por Monica Borromello. Las vidrieras aportan un sutil color en la penumbra que ha establecido Juan Gómez-Cornejo con su iluminación). Evidentemente el espectador debe aplicar su imaginación si desea atinar con las coordenadas. La cuestión es que huela a clásico, y uno tiende a los años cincuenta. Básicamente, ya que el cariz con el que se expresa Ana Torrent, quien hace de Silvia, es tan distante como a veces engolado, señorial y, en el comienzo, algo acartonado para lo que uno podría esperar. La actriz deambula para esparcir su melancolía y relatarnos, como un fantasma del pasado, que vive en casa de su tío, un auténtico aficionado a la botánica (qué pedante suena cuando nombra por el término técnico una retahíla de plantas y de flores). El dolor de esta mujer radica en que ha sido dirigida hacia un matrimonio que no anhelaba y, luego, además, ha sido abandonada (además de la sombra de un hermano que podría abrir derivas interesantes; pero que no se explota más que con insinuaciones demasiado tímidas). Qué mejor muleta que un muchachote joven que ame las flores como ella. Creo que lo más valioso de esta función es la labor de Carmelo Gómez, sobre todo cuando habla desde el presente, sentado en una mesa frente a unos supuestos policías que lo interrogan acerca de la desaparición de la dueña y de por qué él habita aquel reducto de la mansión. Un aspecto esencial que se debe comentar sobre el estilo de este dramaturgo es la irreprimible inercia a expresarse con metáforas imprevistas que redundan en el circunloquio, unas veces con una hermosura inequívoca y otras con expresiones tan relamidas por exceso que uno se sonroja de que alguien proceda así. Aunque la cuestión fundamental es cómo encajar ese lirismo, esa tendencia a la versificación en prosa; cuando la obra encaja más en el teatro naturalista que en el simbólico. Uno puede aceptar que Lorca o Valle-Inclán pongan desde el inicio en la boca de sus personajes un modo «poetizante»; pero raramente encajaremos como coherente que un jardinero recluido entre arbustos transforme su expresión desde cierta rudeza a soltar una concatenación de símiles alegóricos. O que ella directamente combine al albur su educadísimo lenguaje coloquial con un lirismo extemporáneo: «Quiero hundir las manos y llenar mis heridas de la tierra limpia. Sola, de pie, con el vientre lleno de raíces, y los ojos abiertos a las constelaciones». Da la impresión de que Conejero preferiría ser únicamente poeta y no verse en la tesitura de contar una historia. Luego, el hecho de que tengamos que situarnos en el relato pasado ―las explicaciones a las que se nos somete son excesivas y reducen la representación en sí―, nos obliga a un acto de reconstrucción mental que termina por ser inane. Que él haga de veinteañero difícilmente puede transmitirnos que esa pareja de señora y siervo vaya a efectuar el consabido tópico. Ahí tenemos a Jane Wyman y a Rock Hudson en Solo el cielo lo sabe (otro título con frase elocuente hacia lo etéreo del amor eterno). Douglas Sirk y Alberto Conejero, ten con ten. Otro ladrillo más para este muro de conservadurismo teatral contemporáneo. El más rentable, sin duda; puesto que la crisis de espectadores, no solo por su número, sino por su edad (y su sexo), es acuciante. Por esa razón, si hemos de valorar como correcto este drama es porque posee una factura, tanto por su estética, como por el texto, que remite ineludiblemente a ese concepto con el que funcionamos en nuestro regusto noño: «lo bonito». Se dice: «Qué bonita es Todas las noches de un día. Cuánto sentimiento». Y con este criterio tiramos.

Todas las noches de un día

Dirección: Luis Luque

Autor: Alberto Conejero

Reparto: Carmelo Gómez y Ana Torrent

Espacio escénico: Monica Boromello

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Vestuario: Almudena Rodríguez

Composición original: Luis Miguel Cobo

Productor: Jesus Cimarro

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 6 de enero de 2018

Calificación: ♦♦♦

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