Ira

Julián Ortega presenta un texto de humor negro con tintes fantasiosos que, además, protagoniza junto a Gloria Muñoz

Ira - Foto
Foto de Javier Naval

Más allá de estilos, existen dos tipos de comedias, las que anhelan a través del humor transgredir convenciones, satirizar costumbres o atacar al poder (entre otros intereses trascendentales) y las que únicamente buscan la risa como forma de divertimento. Perfilar una del primer tipo siempre ha sido harto complejo; pero hoy es un ejercicio, nuevamente, de conflicto, sobre todo, social, más que político. Ira, en algún instante, parece que desea ir más allá; pero al final no se atreve a dar el paso y se queda en el mero entretenimiento destinado al olvido. Julián Ortega dispone una serie de elementos antagónicos para provocar el choque, incluso traza unos paralelos irónico-alegóricos; no obstante, termina por ser una comedia de situación con permanentes guiños al entramado seudorreligioso que elabora. Desde luego, ni los cristianos más acérrimos se inmutarán, a pesar de que se estrene en plena Semana Santa. Sigue leyendo

Música y mal

Lola Blasco nos invita a explorar su melomanía a través de varias piezas clásicas, creadas por compositores repletos de máculas morales

Música y mal - Foto de José María Sánchez Moral
Foto de José María Sánchez Moral

Ante una propuesta en aparente tan directa y con título tan elocuente, uno puede situarse desde diferentes posturas, pues si la autora es capaz de tomar distancia —muy irónica, como vamos a ver—, más distancia podemos tomar nosotros como espectadores. El montaje es breve y uno se queda con ganas de más, pues la selección musical es excelente, tanto como su intérprete, el pianista Alexis Delgado Búrdalo; además de que la estructura de vasos comunicantes que se bosqueja, con aire falsamente espontáneo delante de nosotros, nos introduce por vericuetos en los que se aúna de forma desequilibrada la estética y la moral, la historia y el costumbrismo, el misterio y el arte, la música y la palabra, la intimidad y el erotismo. Podría seguir. Lola Blasco, que no hace tanto nos mostró su Siglo mío, bestia mía, y que tiene por ahí rondando su En palabras de Jo… Mujercitas, que dirige Pepa Gamboa, la cual echa también aquí una mano en la dirección, en este trabajo personalísimo. En uno de los enfoques que podemos considerar quizás debe estar la sospecha de ese prurito cristiano —y ahora tan posmoderno—, de la culpa, del afán pietista por el pecado, y por la incapacidad para integrar el mal en la concepción de Dios. Sigue leyendo

Antígona

Las Naves del Matadero acogen la versión que el mexicano David Gaitán presentó en el pasado Festival de Mérida sobre la gran tragedia sofoclea

Antígona - Foto de Diego Casillas
Foto de Diego Casillas

Al menos se ha tenido la decencia —no siempre ocurre así— de no mentar a Sófocles. El texto, la dirección, y toda la responsabilidad de lo que pasa en escena es de David Gaitán (México, 1984). Y aquí se le enmienda la plana al dramaturgo griego y se propone una confrontación de fuerzas y de tonos harto distinto, y harto, también, políticamente correcto. La única figura que verdaderamente nos puede atraer y que arrastra con vesania —casi otro Calígula más— todo el montaje, es Creonte. Y eso que el personaje ha sido caricaturizado torticeramente para acomodarlo a morales y a gustos más ajustados a las democracias de sufragio universal como las nuestras, que a la ateniense del siglo V, una sociedad tan machista a nuestros ojos, como deudora de unas costumbres religiosas entreveradas con sus leyes de una forma mucho más acuciante que en nuestros días (y si no que se lo digan a Sócrates, todo un cumplidor). Sigue leyendo

El curandero

Juan Pastor vuelve a presentar esta obra del irlandés Brian Friel construida con tres soliloquios que cuestionan el concepto de verdad absoluta

El curandero - FotoSi por algo destaca y resulta interesante esta obra es por su planteamiento formal y por cómo incide en la idea —diríamos que orteguiana: «todo conocimiento lo es desde un punto de vista determinado»— de la perspectiva, y como ella se relaciona con el concepto de verdad. Por eso aquí, a través de una obra teatral, se da ejemplo de que nuestra memoria, como bien es sabido, trabaja con la reconstrucción de los hechos, rellenando huecos e inventando acontecimientos que se configuran con deseos, con creencias o, incluso, con relatos de otros que insertamos en nuestra propia historia. Básicamente, lo que hacemos permanentemente tanto en vigilia como en somnolencia. Así somos. Otra cuestión, evidentemente, es mentir y mentirnos. Pues también nuestro cerebro necesita olvidar y obviar detalles de sucesos dolorosísimos. Forma parte de nuestro sistema de defensa. ¿Arregla algo el perspectivismo? Es decir, ¿ofrecer varias perspectivas de un hecho nos acerca más a la verdad? Si el escuchante es perito en ciertas lides o es un forense capaz de analizar incongruencias, entonces la posible verdad parece más cercana. Hoy, la verdad, más que nunca es una sensación, una ilusión, un pálpito. La verdad es lo que expresan los nuestros y el discurso lloroso de los que se manifiestan débiles o víctimas. Ir más allá, es un esfuerzo que con frecuencia no estamos dispuestos a asumir. Buscar la verdad cansa y, encima, puede revelarse agria para nuestra conciencia de biempensantes. Sigue leyendo

Miguel de Molina al desnudo

Ángel Ruiz continúa brillando con su encarnación del gran cantante malagueño a través de sus hitos vitales y de sus grandes éxitos

Foto de Javier Naval

Desde las primeras andanzas de este texto en 2014, hasta la actualidad, el montaje ha rodado y rodado, y su artífice, Ángel Ruiz, quien ganó un Max por esta obra en 2017, ya casi se ha metamorfoseado en el cantante malagueño. Ocurre con este tipo de espectáculos de carácter musical en los que se da cuenta de la biografía de un artista, que alcanzar el equilibrio entre las canciones y el relato de los hitos más sobresalientes resulta, a la postre, fundamental. Y este equilibrio supone en la mayoría de los casos perder profundidad en el desarrollo de algunos hechos vitales. Así ocurre aquí, y debemos reconocer que parece inevitable, si se pretende pergeñar una función digerible y hasta entretenida. Se presenta el argumento como una falsa entrevista, una rueda de prensa repleta de preguntas insolentes o poco acertadas, que deducimos por las respuestas del protagonista; un hombre ya anciano que ha accedido a contestar, sobre todo para aclarar algunas falsedades que arrastra su leyenda. Inevitablemente tenemos que pensar en la entrevista que concedió en 1990 para una cadena de Buenos Aires, donde vivió casi cincuenta años como exiliado. Únicamente volvió a España en 1957, para enterrar a su madre. Ángel Ruiz ha decidido centrarse fundamentalmente en los años que pasó en nuestro país, y dejar apenas unos apuntes sobre aquel renacer en Argentina, o su breve paso por Méjico o Nueva York. Por eso los orígenes dejan cuenta con mayor detalle de cómo se convirtió en un coplista extravagante, partiendo desde muy abajo, con mucho desparpajo y atrevimiento, en consistente aprendizaje, leyendo todo lo que podía para crear un personaje único. Sigue leyendo

El bar que se tragó a todos los españoles

Alfredo Sanzol crea una de sus obras más profundas y compactas para biografiar tanto a su padre, un ex cura, como a España

Foto de Luz Soria

La última obra de Alfredo Sanzol se sitúa entre las mejores y más profundas de sus creaciones, y podemos relacionarla claramente con otro de sus importantes hitos: La calma mágica, un texto que parte del padre fallecido. Lo que observamos, entonces, sobre las tablas del Teatro Valle-Inclán, bien puede tomarse como una precuela de aquel doloroso acontecimiento. Pienso que el dramaturgo ha atravesado una etapa marcada por la hipersensibilización, por el humor más amable, matizado respecto de sus esplendorosos comienzos, que le han propiciado éxito de crítica y de público, que le han deparado una serie de premios y que lo han llevado, finalmente, gracias a todas sus andanzas, a dirigir el CDN. Con La respiración, con La ternura y con La valentía, me había desencantado con un autor admirable; pero ahora con El bar que se tragó a todos los españoles percibo que se aúna su parte más punzante, su agudeza en el relato paradójico y su análisis de nuestras costumbres. Ha creado una magna obra, algo sobredimensionada, como vamos a ver, que deambula por el neorealismo con toques mágicos, con esos vaivenes de metateatralidad y de autoficción que se disponen en una aventura, que nos hace pensar en las road movies americanas; aunque termine por decirnos mucho de nosotros y de nuestro pasado. Cuando uno cuenta con una peripecia así en su familia, realmente está obligado a contarla. Resulta que al padre de Alfredo Sanzol, navarro como él, lo mandaron para el seminario con doce años para que, con el tiempo, se pudiera ordenar sacerdote, como así ocurrió. Sigue leyendo

Hannah Arendt en tiempos de oscuridad

La vida de la filósofa alemana sirve de excusa para la reflexión ética acerca de interpretar a un genocida

Si se nos retuerce el argumento previsible y el drama aprovecha la controversia generada por las opiniones de Hannah Arendt, cuando esta decidió viajar como reportera a Jerusalén para seguir el juicio al nazi Adolf Eichmann, tal y como se refleja de manera muy precisa en la película de 2012 dirigida por Margarethe von Trotta, para llevarnos por otros derroteros éticos, entonces es necesario analizar si la propuesta es coherente. La responsable de todo el asunto es Karina Garantivá y es ella quien nos introduce a través de un discurso inicial en las ideas que sustentan su proyecto. Discurso este algo caótico, con descripciones sobre cómo se ha llegado a preparar este espectáculo, que para el público pueden ser desconcertantes, pero que vale para llegar a la conclusión en esa deriva metateatral que prepara el terreno para el epílogo. Esa conclusión se ahorma con cuestiones que parecen hacer referencia, por ejemplo, al «Experimento Milgram», que pretendía responder a preguntas como: «¿Podría ser que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto solo estuvieran siguiendo órdenes? ¿Podríamos llamarlos a todos cómplices?». Además de este asunto, de vital importancia ética, se nos induce a la comparación entre las medidas de control sanitarias que estamos padeciendo y que, también, tienen implicaciones sobre nuestros derechos y la manipulación de los totalitarismos. Sigue leyendo

La señorita Doña Margarita

Petra Martínez y Juan Margallo revisitan esta obra de Roberto Athayde sobre una autoritaria maestra en los años setenta

Foto de Susana Martín

Esta obra 1973 del brasileño Roberto Athayde es como una ventana sarcástica a un tiempo absolutamente superado en cuanto a la cuestión educativa y, por eso, produce irrisión —no demasiada, como vamos a ver— y, en algunos, amargos recuerdos de experiencias traumáticas. Los que hemos «sufrido» el autoritarismo decadente de algún maestro anticuado de los ochenta capaz de sacar la mano a pasear y de imponer procedimientos didácticos incongruentes para unos niños, intuimos unos modos enteramente deleznables del pasado. Pero hoy, los que estamos al frente de la marabunta, vivimos unas situaciones completamente diferentes. En el presente, por legalidad y por moralidad, es totalmente inviable que dentro de un aula ocurra —salvo excepción flagrante que se solventaría ipso facto, con castigo ejemplar para el docente— lo que, en cierta medida, refleja esta obra. No solo se ha desvanecido el autoritarismo, si no que nos hemos pasado al otro lado, al de la negación de la auctoritas. Vaya por delante que La señorita Doña Margarita me parece, en diferentes aspectos, un montaje descuidado. La escenografía no es digna de alguien con el currículum que ya arrastra Alessio Meloni, porque no se sabe si quiere jugar al naturalismo, o a un extravagante simbolismo con todos esos libros colándose por la grieta de la pared. Espacio desangelado y caótico, que no te permite conectar con una época tan determinada como la que se expresa. Porque aquí no hay duda, se habla de 8º de EGB (Ley de 1970) y una banderita de la España franquista. Sigue leyendo

El pájaro azul

En el Teatro Fernán Gómez, Álex Rojo adapta la célebre obra de Maeterlinck sobre la búsqueda de la felicidad

Podemos considerar el azul como el color del modernismo, así tituló Rubén Darío su colección de cuentos y de poemas que publicó en 1888, y que se considera el libro fundacional del movimiento estético; aunque sea en la vertiente hispánica. En esa misma obra encontramos un relato que lleva por nombre «El pájaro azul», tal y como años más tarde, en 1906, llamaría a su drama el belga Maurice Maeterlinck. El gran dramaturgo simbolista derivaba su arte hacia las extensiones modernistas, pues le infunde mayor fantasía y, sobre todo, una esperanzadora visión de la vida. Afirma Alexander Theroux en su ensayo Los colores primarios, que el azul es «un color misterioso, el tono de la enfermedad y de la nobleza, el color más raro del reino natural». Y añade: «A los bebés que lloran los calma más fácilmente una luz azul… El Hada Azul del Pinocho de Disney es un gran consuelo para los niños». Y luego, claro, en los últimos tiempos se han puesto de moda los índigos, esos «muchachos especiales». Reconozcamos que por mucho que Álex Rojo se haya empeñado en darle a su versión un aire más humorístico, sagaz y directo, no deja de ser una obra infantil, un cuento de hadas que, además, contiene una enorme cantidad de personajes; lo que conlleva unas grandes dificultades a la hora de concretar el relato. Pero creo que lo que más juega en su contra es que el cine nos ha acostumbrado a propuestas enormemente vistosas, llevando lo fantástico hasta el paroxismo. Pensamos, evidentemente, en El mago de Oz o Dentro del Laberinto, solo por poner dos ejemplos que tienen que ver con el camino, con la superación de pruebas y con enseñanzas básicas sobre nuestra existencia. Sigue leyendo