La señorita Doña Margarita

Petra Martínez y Juan Margallo revisitan esta obra de Roberto Athayde sobre una autoritaria maestra en los años setenta

Foto de Susana Martín

Esta obra 1973 del brasileño Roberto Athayde es como una ventana sarcástica a un tiempo absolutamente superado en cuanto a la cuestión educativa y, por eso, produce irrisión —no demasiada, como vamos a ver— y, en algunos, amargos recuerdos de experiencias traumáticas. Los que hemos «sufrido» el autoritarismo decadente de algún maestro anticuado de los ochenta capaz de sacar la mano a pasear y de imponer procedimientos didácticos incongruentes para unos niños, intuimos unos modos enteramente deleznables del pasado. Pero hoy, los que estamos al frente de la marabunta, vivimos unas situaciones completamente diferentes. En el presente, por legalidad y por moralidad, es totalmente inviable que dentro de un aula ocurra —salvo excepción flagrante que se solventaría ipso facto, con castigo ejemplar para el docente— lo que, en cierta medida, refleja esta obra. No solo se ha desvanecido el autoritarismo, si no que nos hemos pasado al otro lado, al de la negación de la auctoritas. Vaya por delante que La señorita Doña Margarita me parece, en diferentes aspectos, un montaje descuidado. La escenografía no es digna de alguien con el currículum que ya arrastra Alessio Meloni, porque no se sabe si quiere jugar al naturalismo, o a un extravagante simbolismo con todos esos libros colándose por la grieta de la pared. Espacio desangelado y caótico, que no te permite conectar con una época tan determinada como la que se expresa. Porque aquí no hay duda, se habla de 8º de EGB (Ley de 1970) y una banderita de la España franquista. De la misma forma, se puede considerar que el vestuario, un traje chaqueta con estampados del mapa político de nuestro país, tampoco alcanza la categoría de guiño gracioso, pues no se da ninguna relación con lo acontecido. Por otra parte, se ha decido sustituir la clásica —y actual, y útil— pizarra verdosa para escribir con tiza, por un retroproyector de trasparencias para acetato que permite dar mayor fluidez a las escenas; aunque, es justo reconocer, se trata sin pericia por parte de la actriz, quien obstaculiza con su cuerpo, en ocasiones, lo proyectado. Estas pinceladas con chistes gráficos destinados a la actividad mnemotécnica no se explotan dramatúrgicamente y se pasa por ellos con rapidez incongruente. Esa rapidez también se observa en los cambios dentro del texto, en esa mezcolanza difusa de las materias. Pues se pasa de la Biología a la Geografía soslayando las Matemáticas sin ahondar en ninguna de ellas. Está claro que Petra Martínez es una intérprete con mucha experiencia y que sabe zafarse con gran habilidad de algunos equívocos que, en cierta medida, concuerdan con el personaje. Doña Margarita es una locuela, una maestra paradójica, una diletante incapaz de profundizar en nada y que arregla sus elucubraciones absurdas sobre esto y aquello con exabruptos insolentes. Su sonrisa, perfectamente esbozada por la actriz, es a la vez macabra y entrañable. Y esa ambivalencia es la que dinamiza un espectáculo breve, que se agota en sí mismo y que no parece destinarse a ningún lugar. Es, de alguna manera, un esperpento, una caricatura del ejemplo del docente soberbio, subido a una tarima y que ha terminado por despreciar a sus discentes. Quizás debería producir más risa; pero no se logra un ritmo de extravagancias lo suficientemente veloz como para concatenar el desbarajuste discursivo entre las pilas de libros que se desordenan tanto en sus manos como en su cabeza. Lo mismo da explicar Matemáticas con el libro de Biología en la mano, que viceversa. Los insultos son realmente deliciosos y los esputa sin pudor contra un público que se metamorfosea con benevolencia en pupilaje. Los propios espectadores entran al trapo, cuando se les anima a cantar y a seguir la lección. Es el instante en el que Petra Martínez es capaz de atrapar la función saliéndose del guion establecido para dirigir su propia enseñanza casi improvisada. Momento este que soluciona con agilidad. Luego, el resto, está remarcado por su lema: «¿Quiénes el premio merecen? Los que obedecen»; y por una obsesión paradójicamente lúbrica con las iniciaciones sexuales y las imaginaciones sicalípticas de esos adolescentes en el tramo final de la educación primaria. Doña Margarita, henchida de vesania, no renuncia al gesto soez y a una terminología sexual auténticamente turbadora. La verdad es que no llega a perder los papeles, desafortunadamente —pues le falta ese punto de desborde total—; pero no cede en sus insinuaciones. Ella bien conoce a la caterva de salidos que tiene delante. Curiosamente, el texto encaja algunos anacronismos de carácter tecnológico que se sueltan con gran naturalidad. Y aunque no sea una cuestión en la que se penetre demasiado, sí que da pie esta obra para reflexionar sobre la obligatoriedad de acudir a la escuela y la libertad de elección. Es un aspecto que introduce excelentemente la trama y que somete irónicamente al grupo. Entre los vicios y las virtudes, creo que el diálogo intergeneracional queda envejecido y desfasado. Todo ha cambiado mucho como para que una representación de tono paródico sobre la educación de otros tiempos, resulte provocadora. Y como ocurre con los espectáculos de Juan Margallo, quien dirige el espectáculo con mano invisible, y de su mujer (o viceversa) Petra Martínez, nos regalan una coda que mejora en este caso concreto la propuesta. Su charla espontánea con el respetable es una delicia y reconforta que estas gentes del teatro compartan sus anécdotas tan curiosas como ilustrativas de otras épocas de la farándula. Solo por esto, ya te marchas con buen sabor de boca.

La señorita Doña Margarita

Autor: Roberto Athayde

Adaptación y dirección: Juan Margallo

Reparto: Petra Martínez

Diseño de espacio escénico y vestuario: Alessio Meloni (AAPEE)

Diseño de iluminación: Leticia L. Karamazana

Ayudante de dirección: Aída de la Rocha

Fotografía y vídeo: Susana Martín

Producción ejecutiva: Kike Gómez

Gráficas: Marcos Moreno

Ilustraciones: Quique Santana

Realización de escenografía: Miguel Delgado / Prevee

Realización vestuario: Taller Paloma de Alba

Impresión de tejido: Textilfy

Distribución: Amadeo Vañó (Cámara Blanca)

Una producción de La Estampida con la colaboración de Nara y Cámara Blanca

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 28 de marzo de 2021

Calificación: ♦♦

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