Música y mal

Lola Blasco nos invita a explorar su melomanía a través de varias piezas clásicas, creadas por compositores repletos de máculas morales

Música y mal - Foto de José María Sánchez Moral
Foto de José María Sánchez Moral

Ante una propuesta en aparente tan directa y con título tan elocuente, uno puede situarse desde diferentes posturas, pues si la autora es capaz de tomar distancia —muy irónica, como vamos a ver—, más distancia podemos tomar nosotros como espectadores. El montaje es breve y uno se queda con ganas de más, pues la selección musical es excelente, tanto como su intérprete, el pianista Alexis Delgado Búrdalo; además de que la estructura de vasos comunicantes que se bosqueja, con aire falsamente espontáneo delante de nosotros, nos introduce por vericuetos en los que se aúna de forma desequilibrada la estética y la moral, la historia y el costumbrismo, el misterio y el arte, la música y la palabra, la intimidad y el erotismo. Podría seguir. Lola Blasco, que no hace tanto nos mostró su Siglo mío, bestia mía, y que tiene por ahí rondando su En palabras de Jo… Mujercitas, que dirige Pepa Gamboa, la cual echa también aquí una mano en la dirección, en este trabajo personalísimo. En uno de los enfoques que podemos considerar quizás debe estar la sospecha de ese prurito cristiano —y ahora tan posmoderno—, de la culpa, del afán pietista por el pecado, y por la incapacidad para integrar el mal en la concepción de Dios. En definitiva, tal y como discurre la teodicea, cómo podemos justificar al Todopoderoso en su bondad absoluta si permite el holocausto nazi, por poner el ejemplo que aquí nos compete. Y, desde la posición de los creyentes y de los biempensantes, qué pleitesía debemos rendir por las víctimas del orbe pasadas, presentes y futuras, nosotros que a todas luces somos unos blancos privilegiados (o viceversa), y algunos, encima, hombres, y encima, heterosexuales. Porque si se trae a colación esta cuita referida a los músicos deleznables que crearon composiciones maravillosas, entonces será puesto que existe la duda. Que sea una duda razonable de Blasco o que sea un problema que nos quiere trasladar a nosotros, como ocurre con el invento este la «cultura de la cancelación», pues poco importa. Sea como fuere, lo cierto es que es una función mucho más esteticista que moralista. Se filosofa poco éticamente. Aquí se da un despliegue culturalista que tiene que ver con gustos personales, habitualmente considerados refinados, de lo que antes se podía denominar alta cultura, sin que uno fuera condenado de elitista. La dramaturga salta al escenario para comandar su propuesta. No diré que es una actriz esplendorosa, porque le falta un punto de soltura y de agilidad física (se da en ella cierta constricción); pero sabe estar en escena e infunde confianza en cuanto que ha hecho propio su discurso y nos lo traslada como alguien que está seguro de lo que afirma. Nos invita a una «noche lírica», un ejercicio entre diletante y académico. Ocho episodios para diez temas. Una disposición de recursos bastante sencillos, que logran, muy afortunadamente, no caer ni en la conferencia, ni en la vaguedad. Diferentes tonos para acometer historias que van y vienen a lo largo del tiempo; aunque la mayor parte se la lleve el periodo nazi y sus adláteres. Las ideas románticas trufan el espectáculo con los grandes conceptos de la estética: lo bello, lo sublime, el genio,… para traernos a Wagner introducido por Nietzsche, y para que el filósofo alemán, después, nos lleve con Así habló Zaratustra a 2001: Una odisea del espacio, para que el simio haga uso de la tibia como si fuera una daga a ritmo que marca Strauss. Por otra parte, tan «cachonda» se siente la intérprete —así penetra la música clásica en el ser a la insondable belleza— que procede con la Sonata erótica, de Erwin Schullhoff, quien murió en un campo de concentración en 1942. Una de las dicotomías —que no quedan resueltas— se establece entre «Música o palabra». El mal parece apartarse de esa disyunción, casi como ocurre a lo largo del montaje; ya que su autora trufa su texto de atrocidades, que las expone sin crudeza, con sutil ironía, alejándose rápido, sin descripciones truculentas o teatralizadas. El mal está, sobrevuela; pero no se sostiene hasta la angustia, y eso provoca un efecto de cinismo (como criticaba Sloterdijk en su magna obra). También sobrevuela la idea periclitada a partir del Romanticismo, aunque el Barroco hiciera sus grandes aportes a la cuestión, sobre la relación entre la Belleza y el Bien en el arte. Una vez que la Belleza no es el fin primordial del arte, otros valores estéticos, otras sensibilidades, otros afanes entran en juego y, entonces, la inmoralidad personal puede ser perfectamente compatible con la degustación de las sinfonías más sublimes. Caso reseñado de Mengele o del propio Hitler, y toda su exquisitez a la hora de ajusticiar el «arte degenerado». Lo que aquí se concita daría para tanto que resultaría interminable, y en este sentido, desde las salvaguardas de nuestra situación de individuos insignificantes y anónimos, es oxigenante recapacitar sobre los contextos en los que fueron creadas ciertas composiciones musicales (lo mismo podríamos decir de la literatura, la danza, la arquitectura, la pintura, etc.). Por otra parte, la escenografía de Antonio Marín es didáctica y simbólica, porque el retablo con los retratos y otras ilustraciones de los protagonistas se impone como una «encumbración» de un canon que el revisionismo puritano (de izquierda a derecha) quiere descomponer (y si no, echemos un ojo a lo que plantea la Universidad de Oxford al respecto). En cualquier caso, es como si nos adentráramos en el apartamento de la creadora para elucubrar con ella. Hace poco, reflexionaba por aquí al referirme a la obra Hannah Arendt en tiempos de oscuridad, sobre la «banalidad del mal» en el famoso «Caso Eichmann». De alguna manera, Lola Blasco parece buscar nuestra complicidad, para que pueda seguir con su excitación y su sofoco de sus noches líricas, sin que Pepito Grillo la perturbe.

 

Música y mal

Texto: Lola Blasco

Dirección: Lola Blasco y Pepa Gamboa

Elenco: Lola Blasco y Alexis Delgado Búrdalo

Selección musical y arreglos: Manuel Bocos

Iluminación: Juanjo Llorens

Escenografía: Antonio Marín

Vestuario: Rafael R. Villalobos

Ayudante de dirección:  Julen G

Ayudante de escenografía: Jon Setien Lorente

Visuales: Elena Juarez

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 11 de abril de 2021

Calificación: ♦♦♦

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