Laila Ripoll adapta la novela de Luisa Carnés para recuperar la memoria de aquel realismo social de los conflictivos años treinta previos a la guerra civil

Inadecuado y hasta espurio me parece encajar a la fuerza a Luisa Carnés (1905-1964) en el grupo del 27 y hasta en las Sinsombrero. No diré que su condición de mujer no influyera en su olvido; pero no estaría mal observar lo que le ocurrió a muchos escritores y escritoras de aquellos inicios del «realismo social», allá por 1928. Si observamos la nómina, acordaremos que la práctica totalidad han sido defenestrados. Contemplemos algunos ejemplos: José Díaz Fernández (autor de El blocao), César M. Arconada, Andrés Carranque de Ríos; o Matilde de la Torre y Rosa Arciniega. Si hasta María Teresa León ha caído en el abandono (tampoco intente comprar las obras completas de su ínclito marido). Sigue leyendo
Apenas hace unos meses 





Quizás haya pocas dudas al considerar La broma infinita (1996) la mejor novela del final del siglo XX; aunque, realmente, cuando uno la lee, más le parece la mejor de nuestra época que aún dura. Que David Foster Wallace se suicidara en 2008 era más que previsible; pues la depresión lo atenazaba y las pastillas que tenía que ingerir para contenerla lo llevaban a pasar meses fuera de juego. Desde entonces, hemos ido descubriendo mucho de su obra inédita, gracias, en parte, a la pequeña editorial Pálido fuego.