La Política

Una alegoría insidiosa y sagaz sobre nuestra democracia y nuestro país dirigida por Patricia Benedicto en Nave 73

La Política - FotoParece lógico, en estos tiempos de supuesta crispación —diría, por ejemplo, que nuestro parlamento es una sospechosa balsa de aceite comparado con otros hemiciclos y otras épocas—, donde las trincheras de la nimiedad se cancelan y se la cogen con papel de fumar, tratar sobre la Política en su encarnación alegórica; aunque se entrevera indefectible y filosóficamente con «lo político». También es cierto que dada la tendenciosidad de gran parte del teatro tildado de «político» que trufa nuestra escena, cualquier espectador avisado acuda a ver la propuesta de la compañía La trapecista autómata, con los prejuicios afinados y a flor de piel. Y sí que encontramos varios detalles más escorados hacia un prototípico lado de nuestra historia, fundamentalmente en algunas frases de los últimos minutos, que recuerdan a proclamas de corte guerracivilista, cuando el discurso principal, como vamos a ver, se maneja desde una perspectiva teórica muy distinta. Y, además, la gansada grotesca de proceder con la «Gasolina», de Daddy Yankee, que es ya un lugar común de corte clasista, y que está muy relacionado con la visión peyorativa que se tiene del reguetón, por estar vinculado, en general, con estratos sociales bajos. Es decir, no me choca tanto como inserción dentro de la sátira —y hasta ahí me parece justificable— como el hecho de optar por un tema tan manido. En cualquier caso, creo que Patricia Benedicto ha escrito un texto con gran solvencia intelectual, complejo en bastantes aspectos, en cuanto que sus insinuaciones tienen largo recorrido, y muy bien enhebrado, pues los temas se van colando con astucia. Además, en la dirección, se aprovechan excelentemente los pocos elementos escenográficos —hablamos de una producción de poco presupuesto— para resignificar toda una serie de símbolos sin caer en redundancias estériles. Véase, el mapa de España representado en esos céspedes de soláriums de piscina, con su nevera portátil y su silla plegable, para que la señora Política, en bikini, pueda tomar el sol, que es lo más apreciado de nuestro querido país. O el uso de la comida basura de marcas muy reconocidas. Sin faltar, nuestra querida bandera, como un objeto de merchandising explotado para que la patria como fetiche no descubra su vacío. Y, sobre todo, el agnus dei sobre el que asienta sus posaderas la protagonista, y que nos sirve, tanto en el sentido vulgar, para referirse a la masa borreguizada; como en el sentido religioso, pues si la hegemonía del catolicismo ha caído desde el punto de vista estético (que no moral), otras religios posmodernas hacen su mismo papel, o sea, religar. Resulta muy oxigenante escuchar, en la disposición de ideas, sin concretar en casuísticas históricas o presentes, que podrían desvirtuar, por populacheras, el fin de la pieza, una postura cínica —muy acogida, también, al escepticismo— que hace de la política el culmen de la adaptación pragmática y utilitarista. Inicialmente, aparece Elena Corral vestida de negro, con su golilla, retrotrayéndonos al siglo XVI de Felipe II, momento en el que se va configurando la idea de España como nación. Busca su mejor gesto para su próximo retrato, mientras su sirvienta sostiene un espejo. Ella es la Política en persona, transfigurada en ese instante en una monarca, que observa a las fuerzas «revolucionarias», amotinadas, como tantas veces, pedir, a las puertas de su casa, el fin del Antiguo Régimen. Y ella, que es muy astuta, se va a convertir en la Democracia que esas gentes esperan. Que quieren votar, pues que voten —total, votar, para no elegir nada—; y si se ponen brutos, pues un poco de fútbol. La actriz que, en los primeros lances, se muestra comedida; va ganando, después, una energía fantástica hasta reconocer su hipocresía y su vesania. Corral despliega su encanto y su habla alcanza el ritmo apropiado de la soflama, y de la sinceridad desnortada de sus planes. El dibujo del trampantojo que pretende imponer por deseo propio de esos que se consideran ciudadanos, es una paradoja fenomenal y que nos sitúa en ese lado abstracto del pensamiento, del origen de la teoría política, donde las contradicciones parecen inherentes a cualquier sistema. No parece que quiera dejarse ningún tema en el tintero. Así, realiza una defensa de la guerra acogiéndose a la famosa proclama de Carl von Clausewitz: «La guerra es la continuación de la política por otros medios». Así lo retomó Carl Schmitt, como bien se nos recordó en la obra Shock II, que pudimos ver hace unos meses. O, por otra parte, las cuestiones que ya fueron dirimidas la pasada temporada por Lola Blasco en su obra Música y mal. Sí, la maldad de la Política se deleita con el arte. Y, ante todo, una crítica irónica absoluta de todo, desde el feminismo hasta la estupidez del pueblo, pasando por el uso descarado de las técnicas de manipulación propias de la publicidad más ridícula. La repetición de los sacrosantos términos de nuestra sociedad, como «democracia», aplicado a todo lo que es bueno, honrado, igualitario, etcétera. Es mano de santo. Ciertamente, el discurso da para mucho y mantiene una distancia que evita el populismo, en general, que podría ganarse al público con gran facilidad. No, el espectador es atacado e impelido a recapacitar sobre su propio sistema y, sobre todo, lo que ha aceptado sin rechistar apenas. Es más, como no podía ser de otra forma, es insultante para todos aquellos que, en lugar de reflexionar, tienen fe en algo tan humano como la política. Aporte de gran trascendencia es también el papel de Laura Lorenzo, la criada que va a permanecer, no solo vejada y humillada por su señora, sino en absoluto silencio. Ese silencio arrastrado durante toda la función, guiñolesco, como los gestos de esa actriz que representa a la mujer unidimensional, ejemplo idóneo de la gran estafa. «Qual es el rey, tal es el reyno», frase atribuida a Platón y que se convirtió, a partir del siglo XVI, en un emblema para detallar las características del quehacer de los mandatarios, se inscribe como subtítulo sugerente de este montaje. Algo similar al Cuis regio, eius religio. Hagámonos cuenta, entonces, de las revoluciones burguesas vencedoras y metamorfoseadoras para el idealismo de un pueblo que está ciego ante los verdaderos poderes fácticos en la sombra. No sé hasta qué punto la falta de elementos visuales puede hacer que se pierda parte del contenido que se anhela transmitir; y puede que ahí todavía haya camino para la creación. Igualmente, da la sensación de ser un texto que podría adaptarse en adelante al devenir de los tiempos, siempre con esa propulsión satírica. Definitivamente, La Política debe tener más vida, más allá de este ciclo de «clasicOff» de la Nave 73.

La Política

Dramaturgia y dirección: Patricia Benedicto

Reparto: Elena Corral y Laura Lorenzo

Diseño de luces: Roberto Cerdá

Vestuario: La trapecista autómata

Espacio escénico: La trapecista autómata

Producción: La trapecista autómata

Sala Nave 73 (Madrid)

Hasta el 21 de julio de 2021

Calificación: ♦♦♦♦

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