En lo alto para siempre

Juan Navarro y Gonzalo Cunill crean una dramaturgia performativa y extraña para recrear el universo del escritor David Foster Wallace

En lo alto para siempre - FotoQuizás haya pocas dudas al considerar La broma infinita (1996) la mejor novela del final del siglo XX; aunque, realmente, cuando uno la lee, más le parece la mejor de nuestra época que aún dura. Que David Foster Wallace se suicidara en 2008 era más que previsible; pues la depresión lo atenazaba y las pastillas que tenía que ingerir para contenerla lo llevaban a pasar meses fuera de juego. Desde entonces, hemos ido descubriendo mucho de su obra inédita, gracias, en parte, a la pequeña editorial Pálido fuego. Así ha ocurrido con su primera novela, La escoba del sistema y, sobre todo, con la recopilación que realizó Stephen J. Burn en Conversaciones con David Foster Wallace, donde se nos dan pistas más que suficientes como para ahondar en aquel creador peculiar. Parecido ocurre con la película El final de la gira (2015), de James Ponsoldt, en la que atisbamos las debilidades del novelista; pero también su inteligencia. Conociendo bien al autor, no puedo afirmar que Juan Navarro haya atinado con la atmósfera del escritor estadounidense, más bien creo que lo ha llevado más hacia un terreno que nos devuelve otra vez a esas funciones de Rodrigo García. Navarro y Gonzalo Cunill han participado en, por ejemplo, 4, del dramaturgo argentino. Ambos también han aparecido en la última propuesta de Jan Lauwers. Pienso que son experiencias que marcan la dramaturgia que se muestra en los Teatros del Canal.

Si observamos la primera parte, comprendemos que la ironía no procede de visiones kafkianas (así se refleja en la novela El rey pálido) o repletamente absurdas, donde la paranoia y la repetición inciden en una auténtica descomposición del ser humano. Es una especie de diálogo entrecortado de dos individuos achantados por la ingenuidad, por pensamientos pueriles y ocurrencias que pretenden marcar unas coordenadas existenciales vagas, más que nihilistas. En Foster Wallace hallamos un realismo que se nos aviene con todas las incongruencias de la sociedad de consumo horadando el raciocinio hasta provocar el gesto paralizante o estupefaciente. Lo que vemos en escena está deslavazado, un tema va hacia otro en una conversación intergeneracional y azarosa de la que es complicado sacar una conclusión firme. La cuestión es que Gemma Polo, a quien conocemos por sus trabajos con José y sus hermanas (Los bancos regalan sandwicheras y chorizos o Arma de destrucción masiva) se muestra convincente con su rostro de alucinación y su hachimaki como declaración de intenciones; mientras que su compañero deambula hacia una locura infantil. La impresión es de que podrían haber charlado sobre cualquier cosa una vez han abierto la espita y se dejan llevar por recuerdos e impresiones: viajes, música, ejercicios de autoayuda, recurrencias sexuales, pruritos epidérmicos y algo más. Tras ellos, un bodegón ahormado por un ruido insolente. De hecho, Rodolfo Castagnolo se sitúa en el extremo para esforzarse con el violín pasado por el filtro del sintetizador y afanarse con otros sonidos que nos fuercen hacia una suerte de sensaciones encontradas. La escena, si fuera exprimida, daba pie para avanzar hacia territorios más ambivalentes y, en definitiva, más wallaceanos. Porque la segunda parte es un estereotipo de la performance más machacona. Una actividad tópica con decenas de micrófonos sobre el suelo para que los intérpretes vociferen. Si es una metáfora del dolor y el sufrimiento mental, entonces es algo tan molesto como corriente. Únicamente escucharlos al final como un matrimonio cínico en su disolución negociando la potestad sobre el vástago da alguna pista de las posibles causalidades.

Cierra el tríptico una parte final que se acoge estrictamente al relato «En lo alto para siempre» que pertenece al libro Entrevistas breves con hombres repulsivos (1999). No creo que sea su mejor pieza, máxime cuando en el volumen encontramos textos como «La persona deprimida» o «Sin ningún significado» que son más elocuentes. De cualquier manera, Cunill adopta un tono sencillo, embriagador y cerúleo. La piscina y su trampolín como placentera tumba para la infancia y como impulso para la madurez de un tipo depresivo que sospecha (hay que echarle imaginación) una sensación de vértigo frente a ese azul mortífero. «Feliz cumpleaños. Tu decimotercer cumpleaños es importante», comienza. Polo decora una maqueta de chalet con sus golosinas, sus velas, sus rotuladores para pergeñar una casa okupa vandalizada y que observaremos a través de una cámara mientras ella pandea el susodicho trampolín. Aceptemos que en la meticulosísima descripción de algo aparentemente anodino —algunos espectadores son sacados a escena para que se acomoden en unas tumbonas mientras nuestro narrador continúa con el cuento— se esconde en el último párrafo: «El trampolín asentirá y tú saldrás despedido, y los ojos de piel podrán cruzar a ciegas un cielo empañado de nubes, la luz horadada se vaciará detrás de esa piedra afilada que es la eternidad. Que es la eternidad. Pisa la piel y desaparece. Hola».

Es difícil abstraerse de la imagen del grandullón David Foster Wallace con su icónico pañuelo cubriendo su cabellera balanceándose en el estertor. No puedo deshacerme ni de esa visión, ni de su inmensa literatura; no obstante, opino que este espectáculo va por otros derroteros y que, como suele ocurrir con muchos de los planteamientos performativos tan habituales de nuestros días, se excede en el desparrame. No le niego la gracia a la primera parte, ni el atractivo somnoliento a la tercera; aunque me falta una síntesis más racional. Puesto que es un error tomar al escritor estadounidense por demente. No, él era profesor de Literatura y de escritura creativa, un académico bastante brillante y sagaz, como demostraba en algunas de sus conferencias. Otra cuestión es que sufriera recaídas severas que lo apartaran de su cometido. Consideremos el atrevimiento de Juan Navarro como algo a tener en cuenta y quedémonos con esos momentos de extrañeza.

En lo alto para siempre

Dirección y creación: Juan Navarro

Dramaturgia: Juan Navarro y Gonzalo Cunill

Interpretación y creación: Gonzalo Cunill, Gemma Polo y Rodolfo Castagnolo

Música: Rodolfo Castagnolo

Espacio escénico: Juan Navarro

Asistente espacio escénico: Manel Barnils

Diseño de iluminación y dirección técnica: Ferdy Esparza

Construcción escenografía: Construcciones Master Barna

Vídeo: Cristian Wise

Vestuario: Nieves Casquete

Producción: Cielo Drive S.L. y Associació Teatral Mousiké

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta 6 de marzo de 2022

Calificación: ♦♦

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