La correspondencia entre Antón Chéjov y su esposa, la actriz Olga Knipper, se transforma en un montaje que rezuma romanticismo
Partamos de que ya nos topamos con la pareja Casany y Valls cuando se enfrascaron en la estupenda Vania, de Carles Alfaro. Ahora, estos dos estupendos actores (ambos con el Premio de las Artes Escénicas de la Generalitat Valenciana a la Mejor Interpretación en 2020) parecen observarse a sí mismos fuera de aquellos personajes para atenazar la conflagración del amor epistolar en el contexto del frío, de la enfermedad, del enardecimiento, del cansancio y de la esperanza en un futuro que románticamente se manifiesta imposible; pero que románticamente hay que afrontar con agonía. Esta obra será una historia fulgurante y repleta de amor para aquellos que no conozcan a Chéjov, su vida, sus obras y su contexto sociocultural; y será una correspondencia alusiva para aquellos que vayan al teatro con un bagaje y puedan imaginariamente completar la cantidad de huecos que aquí se sortean. Sigue leyendo
Todo va tan rápido que esta obra no es que nazca vieja —tampoco hay que pasarse—; pero antes de tomártela con precaución o, incluso, con temor; uno prefiere aceptarla con gracia. Da la impresión de estamos esperando a que ocurra verdaderamente algo catastrófico para que nos tomemos en serio —que le exijamos a nuestros legisladores que dejen de ir con la lengua fuera y se pongan las pilas, si es que todavía no están corrompidos por la venalidad— la potente tecnología que se ha puesto en nuestras manos y en nuestra memoria. Quizás cuando llegue el gran apagón o cuando nos hagan el tocomocho en algunas elecciones o cuando nuestros hijos se vuelvan definitivamente imbéciles (alguna generación ya está perdida. Eso está claro). 

Esta historia trata, ante todo, de la pobreza. De cómo vive un homosexual en la podredumbre. Que va de la pobreza se entiende si uno no se deja arrastrar por las corrientes de «pensamiento» actuales. Luego, el lector, confirma en el epílogo que fuera del pueblo depauperado las cosas son de otra manera. ¿Acaso no hay homofobia en las clases medias? Por supuesto, pero en un grado muy menor. ¿O acaso la educación, el civismo, la instrucción en un ambiente de bienestar, no sirven para nada? Ya que esta obra forma parte de un proyecto educativo, así que su confianza en la transformación —muy ilusa, ya se lo digo yo— en la educación, es importante. Con algunos pueblos, con algunas ciudades de provincias, pasa igual que con los barrios opresivos que son como sectas; aunque luego, en muchos casos, ciertos partidos políticos tomen esa putrefacción moral como sello de pedigrí supuestamente anticlasista: «Ser de barrio X» (genuinidad a costa de distintos ostracismos). Teatralmente esto se quiso desarrollar en
Tampoco nos dejemos engañar otra vez más por el atractivo de los clásicos, no vaya a ser que esta obra de corte anticapitalista no sea capaz de desembarazarse de los clickbaits que tanto abundan en la prensa más putrefacta. La obra de Marianella Morena, quien dirigió 

