La compañía gaditana sitúa a tres militares veteranos ante la tesitura de darle sentido a una vida sin guerra
Foto de Víctor Iglesias
Parecía difícil que, después de cuarenta años, La Zaranda pudiera pulir más un estilo genuino y tan deudor de los parámetros valleinclanescos y becketianos que sondean la perspectiva grotesca y absurda. Pero han logrado recoger el testigo conceptual de trabajos anteriores como El grito en el cielo y Ahora todo es noche, donde los espectros de la senectud desesperanzada se sostenían sobre un espacio inasible. La morosidad que solían imprimir a sus espectáculos se ha reducido y se ha ganado en concisión. También, Eusebio Calonge ha trazado toda una serie de símbolos existencialistas que se definen por la circularidad con un interés creciente, algo que se echó de menos en El desguace de las musas. El dramaturgo ha firmado un texto tremendamente ajustado y definido por los persistentes reinicios hasta el final. Sigue leyendo →
Perigallo Teatro propone un juego metateatral sobre su propio acto de creación y las dificultades que tienen para salir adelante las compañías más modestas
Foto de Chuchi Guerra
De entre los centenares y centenares de pequeñas obras que se presentan en Madrid en sus decenas de salas, de vez en cuando, van apareciendo montajes que superan la categoría de efímero por méritos propios. Me refiero a piezas donde prima el buen hacer o una concepción que se sale de lo general, del mero hecho de contar una historia más. Así que podemos considerar Cabezas de cartel como un espectáculo que anhela percutir en el farragoso meollo de la crítica al mundo teatral. Ese lugar repleto de egos revueltos en una lucha sin cuartel. Ciertamente, digamos que, por su visibilidad, los intérpretes tienen más momentos para quejarse de lo suyo: su eterna precariedad, la falta de papeles para mayores —peor, dicen, si son mujeres—, la falta de oportunidades para los desconocidos (o para los feos, o para los extranjeros racializados, o para los muy bajos, o para los muy altos, o para los ciegos, o para los sordos, o para los discapacitados intelectuales, o para los mediopensionistas). Sigue leyendo →
Oriol Tarrasón presenta en el Teatro Fernán Gómez una visión sobre la tercera edad esperanzadora atravesada por la comedia
Foto de Javier Naval
Si hace unas semanas Mario Gas se ponía al frente de un elenco septuagenario con Los secuestradores del lago Chiemsee, de Alberto Iglesias, ahora le toca Oriol Tarrasón acometer un desvelamiento de los tópicos sobre la tercera edad. Nadie podrá acusarlos ya de edadismo, que es otra más de las discriminaciones de nuestro mundo discriminante (y quejumbroso, claro); puesto que el protagonismo se lo llevan todo unos individuos que pretenden alargar su existencia como si la vigorosidad no decayera. Así ocurre que en Otra vida se anhela ofrecer un panorama antitópicos; para, a la postre, no profundizar en ninguno de ellos. Quizás esta moda de rejuvenecer a los ancianos embarcándolos en la multiaventura o en el acometimiento de aquellas actividades que nunca han realizado o que podrían continuar haciendo como si el cuerpo respondiera igual, no sea más que otro aldabonazo de la sociedad de consumo. Sigue leyendo →
Andrea Garrote elabora un espectáculo de alto contenido crítico y satírico a través de una profesora que sufre las consecuencias de sus propias enseñanzas sobre la filosofía de Foucault
Foto de Sandra Cartasso
Obviemos el eslogan: «mejor espectáculo unipersonal de la década»; porque es poner el listón demasiado alto. Y no digo que, si nos detenemos a escuchar, a rememorar, a leer y a desentrañar no concluyamos que Pundonor es una propuesta intelectualmente solvente; aunque el efecto autofagocitante se disuelva en cierta medida con una historia algo corriente. Es decir, que la recursividad y la metafilosofía (expresada en la propia actuación) funcionan paradójicamente. La profesora Claudia Pérez Espinoza se convierte en el epítome de su propia alocución. Su locura le da la razón a Foucault; aunque, graciosamente, podamos afirmar que ha sido el lenguaje foucaultiano el que ha provocado toda una paranoia en nuestra protagonista. Haciendo un juego de palabras, diríamos que Claudia ha perdido a Spinoza al caer en las garras de un proyecto filosófico que pretende cuestionar cualquier discurso asentado en la historia y en el racionalismo, y no ofrecer una respuesta firme a esa crítica. Sigue leyendo →
Juan Navarro y Gonzalo Cunill crean una dramaturgia performativa y extraña para recrear el universo del escritor David Foster Wallace
Quizás haya pocas dudas al considerar La broma infinita (1996) la mejor novela del final del siglo XX; aunque, realmente, cuando uno la lee, más le parece la mejor de nuestra época que aún dura. Que David Foster Wallace se suicidara en 2008 era más que previsible; pues la depresión lo atenazaba y las pastillas que tenía que ingerir para contenerla lo llevaban a pasar meses fuera de juego. Desde entonces, hemos ido descubriendo mucho de su obra inédita, gracias, en parte, a la pequeña editorial Pálido fuego. Sigue leyendo →
Una función esquelética en el Teatro de La Abadía sobre el golpe de estado fallido, que firman Javier Cercas y Àlex Rigola
Si Àlex Rigola abraza desde hace tiempo la autoficción (véase Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero), el estilo sobrio que rompe la cuarta pared para sumar al público (véase Vania) y hasta la política (véase, Un enemigo del pueblo), encontrarse con Javier Cercas, un deambulador de los márgenes (no)ficcionales de la literatura, entonces su encuentro es aplastantemente lógico. Pero también debo reconocer que el dramaturgo catalán ha encadenado una serie de propuestas, desde mi punto de vista, fallidas. Y 23-F. Anatomía de un instante es una más, en lo que debemos tomar ya por una defenestración del prestigio. Sigue leyendo →
Lucía Miranda continúa su experimentación con el teatro documental verbatim para abordar caleidoscópicamente nuestra relación actual con el acceso a la vivienda
Foto de Javi Burgos
Ya que en los últimos años hemos asistido a varios proyectos basados en el teatro documental verbatim, podríamos distinguir un procedimiento más estricto y otro más entreverado por la dramaturgia. Al primero correspondería Port Arthur, obra que recrea milimétricamente el interrogatorio de un asesino; mientras que al segundo se ajustaría Lucía Miranda con Fiesta, fiesta, fiesta, donde trataba los conflictos de la chavalería en los institutos, y la propuesta que ahora nos compete. La dramaturga se impone toda la parafernalia investigadora, muy propia del periodismo, para recabar testimonios que trasladará tal cual a la escena. Esto es un truco, evidentemente, como bien sabe cualquier periodista, publicista o marrullero profesional. Sigue leyendo →
Alberto Iglesias firma un texto meramente anecdótico para un montaje dirigido con torpeza por Mario Gas en los Teatros del Canal
Con todo el respeto para nuestros mayores, esta propuesta cae en el tópico de la complacencia de una manera abrumadora. Es una obra que parece dirigirse con tanto ahínco hacia el estamento provecto, que quiere demostrar su ancianidad desde el minuto uno. Debe ser que cuando uno pasa la frontera de los sesenta y pico pierde el sentido del humor más incisivo y la blandura en las expresiones se asienta, como si uno sufriera un golpe de ingenuidad. Y eso que hablamos de unos jubilados que han encerrado a su asesor fiscal, porque sus «malos» consejos los han dejado secos. Los secuestradores del lago Chiemsee de Alberto Iglesias no tiene fuste, carece de trama, de nudo, y de interés; es lenta y muy larga, y solo puede hacer gracia a las almas cándidas que se ríen de los achaques del prójimo. Sigue leyendo →
La compañía Els Joglars cumple sesenta años sobre los escenarios y lo celebra con un montaje poco atrevido sobre la cultura woke
Foto de Pablo Lorente
Debemos tomar este nuevo espectáculo de Els Joglars —en su sexagésimo cumpleaños— como la segunda parte de un díptico que iniciaron con Zenit en 2017. En aquella obra atendían al desbarajuste de los medios de comunicación en relación a la tan traída posverdad. De alguna manera, ¡Que salga Aristófanes! remite a la estupefacción que ciertos ciudadanos están percibiendo sobre el agrietamiento de algunos hechos hasta ahora casi incuestionables. La idea de que todo parece ser relativo, de que todo depende de quien lo observe o de cómo les dicten sus entrañas qué opinar. Igualmente, entonces, porque tampoco ha cambiado apenas la perspectiva y la estética de la compañía, podría criticar aspectos muy similares de aquel montaje en referencia este. Es decir, bien está que alguien, dentro del seguidista y cobarde mundillo teatral actual, que parece no querer salirse ni una coma de su exquisita moralidad creadora, que los ancianos del lugar pongan en solfa las supuestas corrientes sobre, principalmente, la cultura de la cancelación. Pero digamos que, una ridiculización —más que una sátira— a la totalidad de la conocida mundo woke, parece una vía fácil destinada a la risa de tu rebaño. Porque no debemos confundir los fundamentos de algunas políticas o corrientes de pensamiento (loables en muchas de sus concepciones) con los desatinos por los que discurren sus voceros o intérpretes bisoños, quienes suelen descacharrar cualquier viso de sensatez. ¿Acaso no podemos encontrar validez en algunas, incluso muchas, de las propuestas feministas, animalistas, ecologistas o sobre el uso del lenguaje en determinados ámbitos? Creo que es, otra vez, una oportunidad perdida para dar la pelea con la consistencia que se necesita para rebatir la insolencia, la estupidez, la falta de sentido común y las desnortadas teorías que han llevado a cuestionar hechos realmente incontrovertibles como la categoría biológica ‘sexo’ o la obsesión con el heteropatriarcado como chivo expiatorio de cualquier mal, que sitúan los cambios exclusivamente culturales como la pócima mágica para alcanzar el bien. Nos acercamos a ese tenebroso territorio estadounidense, donde muchas escuelas y bastantes universidades son auténticos campos de batalla donde las ideologías de todo cuño quiebran la posibilidad del entendimiento y de la negociación. Parece que ha saltado por los aires esa concepción que Habermas define como «situación ideal de habla». Por todo ello, Els Joglars no puede hacer una satirilla, por muy oportuna que sea, ya que ellos tienen prestigio, y eso supone un colchón suficiente como para no arredrarse. Digamos claramente que han hecho una comedia de cara a su parroquia en la grandiosa Sala Roja de los Teatros del Canal, ni más ni menos. Menudo altavoz como para rascar tan poco. Así es muy fácil ganarse los aplausos. Dicho esto, el oficio pervive y el fundamento esencial del montaje tiene su aquel. Nuevamente, Fontserè se enmascara en don Quijote, por mucho que tome prestado el espíritu de Aristófanes y sus obras, aquellas donde hasta Sócrates, el hombre más sabio, podía ser criticado. El actor tiene sus tics medidos y se mete en el papel hasta sus últimas consecuencias; pero ser un viejo catedrático de Clásicas cuestionado por las formas y los contenidos de sus clases también tiene bastante de individuo pasado de vueltas, que tampoco es capaz de leer el presente y sigue pensando que posee la piedra filosofal, cuando, quizás, lo que atesore sea puro y simple autoritarismo. Los alumnos de hoy pueden ser tan estúpidos como siempre debido a su edad; pero no hay duda de que han ganado muchísimo poder gracias a cambios legislativos y, también, a los tsunamis que se pueden organizar a través de las redes sociales. Esto no quita para que el profesorado haya podido quedarse anquilosado en su incuestionabilidad. Así que podemos considerar lo más descacharrante el hecho de que a este catedrático lo hayan internado en un centro de educación psico-cultural. Algo similar a esos cursillos de nuevas masculinidades, que son «el curar la homosexualidad» de la izquierda wonderful, o sea, maoísmo de manual. Y qué mejor para la cura de este docente enloquecido, que permitirle plasmar una performance sobre las fiestas dionisiacas evocando a Aristófanes y a todos sus personajes. Expresado de esta manera, verdaderamente suena muy bien, y parecería que la confluencia del mundo literario-imaginario con la crítica a la realidad (vuelta con el caballero cervantino) podría llevarnos lejos. Pero el desarrollo de la idea no transcurre con un humor que esté a la altura; porque es demasiado blanco y blando. Si además el recurso fálico es la gran apuesta (el cipote-tótem se pasea con orgullo, pero sin más). A Xevi Vilà y a Angelo Crotti, otros internos, no les queda más remedio que colgarse unas ostentosas vergas cual sátiros juguetones. También está por ahí Dolors Tuneu, como paciente y como musa, para contribuir a la propia performance; aunque careciendo de un papel consistente. Por su parte, Pilar Sáenz, como directora del centro, y Alberto Castrillo-Ferrer, un funcionario que viene a contemplar la susodicha actuación, poseen diálogos más cómicos y absurdos, pues llevan su ideología hasta el esperpento. No es ya que este puritanismo ateo conlleve la implosión de cualquier atisbo de racionalidad, es que termina por dar pena, si no fuera por las consecuencias legales. De este último hay que valorar también su dirección de escena, pues el movimiento del elenco por esas pasarelas que configuran la escenografía de Anna Tusell puntean la función como guiñoles. En definitiva, ¡Que salga Aristófanes! es un ejercicio inane para el cometido que debiera tener, es decir: ser rompedor.