Finados y confinados

Nieve de Medina pretende documentar la muerte de sus dos hermanos en el contexto de la pandemia a través de una dramaturgia insignificante

Finados y confinados - Foto de Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Hace un año, en Movistar, un programa de humor negro (El cielo puede esperar), pretendió emular funerales de famosos que seguían vivos. Era una forma de homenaje antes del final definitivo. Más allá de que resultara llamativo o gracioso, volvió a evidenciar lo complicado que es, una vez nos apartamos de la parafernalia tan efectiva y efectista de las distintas religiosas, realizar un acto estéticamente (en su sentido más profundo y simbólico) meritorio para despedir a los muertos. Hoy en día, los funeral planner (como las wedding planner) pueden logra que el evento tenga un toque de distinción y que permita que el trago sea más hermoso y hasta memorable —siempre con el riesgo de convertirlo en otra feria más de las vanidades contemporáneas—. En general, fuera de las liturgias consagradas y apabullantes en su hondura eclesiástica, la improvisación y la torpeza, la concatenación de tópicos y las improvisaciones inconvenientes, convierten los sepelios en un acontecimiento confuso (también hipócrita o ridículo, según el caso). No hay fe; pero parece que hay un por si acaso. La obra de teatro que presenta Nieve de Medina está configurada por una dramaturgia carente de ideas sugestivas. Es un espectáculo sin pies ni cabeza que, sencillamente, aprovecha el contexto pandémico en el que aún vivimos. No se puede pergeñar un montaje con elementos tan vacuos. Primeramente, es conveniente —aunque no debería ser necesario— dejar constancia de que esto pretende ser una crítica teatral, no un juicio moral sobre las intenciones emotivas de su autora con algo tan fatídico como la muerte tan seguida de dos hermanos suyos. Si uno lee el programa de mano puede atisbar una incursión sugerente sobre una de tantas historias trágicas que se han dado dentro de tantos hogares españoles desde que se decretara el confinamiento: «Dejé pasar 4 días y me salté el confinamiento cruzando el Madrid más fantasmal que yo he conocido. Me presenté en la que fue la casa de mis padres, llena de dolor, intentando gestionar un duelo nuevo sin haber superado el anterior». O, un tema que sumaría complejidad y que nos deja sin plasmación escénica: «Ambos vivían con un tercer hermano, Pablo, uno de mis hermanos pequeños, un personaje anónimo de la movida madrileña. Un artista plástico que se malogró a golpe de vida y al que diagnosticaron esquizofrenia paranoide con una discapacidad del 65 %». Sorprende mucho que una propuesta de teatro-documento documente tan poco. Que terminemos por no saber prácticamente nada de los fallecidos, ni de los vivos como Pablo, solo ya en ese hogar, al que vemos en vídeos pregrabados, en un leve y poco afinado juego de realidad-ficción. Porque, eso sí, nos tenemos que tragar vídeos hechos con el móvil, caseros, descuidados, improvisados e insignificantes a montones, proyectados sobre unas pantallas estrechas y pequeñas que se suspenden en la enormísima Sala Negra de los Teatros del Canal. Vídeos que todos, de alguna manera, hemos contemplamos a miles; puesto que, demasiada gente nos enseñó su intimidad durante aquella época de aislamiento. Tampoco faltaron propuestas más o menos artísticas, hechas, precisamente, con esos medios audiovisuales tan a la mano (véase Madrid, interior, de Juan Cavestany). Uno intenta descubrir entre la morosidad de las imágenes anodinas por un piso envejecido algún atisbo humano, alguna historia personal, alguna concreción. La preocupación de Nieve por ese hermano enfermo que se enfrentaba al silencio de ese largo pasillo. Si repasamos las pocas acciones que se suceden —puesto que la hilatura es endeble a más no poder—, descubrimos, justamente, lo que refería más arriba. Hay una necesidad ritual de hacer algún gesto; pero no se sabe más que caer en lugares comunes que solventen el trance. Recitar —en vídeo, nuevamente, en el cementerio— la «Elegía a Ramón Sijé», de Miguel Hernández para insertar al final el nombre del finado, poco nos dice; porque se mantiene el círculo familiar. Leer los últimos guasaps de aquel hombre en la UCI de una manera tan corriente y anodina, no implica espontaneidad escénica; sino falta de profesionalidad. Tampoco se quiere caer en el patetismo, lo cual honra a su creadora; aunque lanzar a su propio sobrino —Pablo de Medina Bellido—; primero como a alguien atormentado —no esperen una interpretación— por la situación y, después, cantando una canción más que normalita con tres acordes a la guitarra, es algo que para el fuero interno se puede contemplar; para llevarlo a un teatro se requiere otro lenguaje. Y ese es claramente el grandísimo problema de esta función: no hay símbolo, no hay metáfora, no hay alegoría. El público está cautivo, conmocionado (a quien más y a quien menos el coronavirus le ha tocado cerca) e incapaz de no responder al reclamo (o de llorar, directamente), cuando a falta de velas que encender en esa vigilia artificial, se le invita a tomar una tisana en las múltiples tazas que han repartido sobre el tapiz como un acto de ritual zen, mientras suena el «Hallelujah», de Leonard Cohen. Podría convencernos Elena Zarzosa (la novia de José, el hermano de Nieve que ha muerto de covid en el hospital) con la sencillez de su baile al son del «Tango to Evora», de Loreena McKennitt; pero se incluye de forma algo abrupta. Otro asunto es la arenga de Eugenio Gómez —que él sí sea actor marca la diferencia—, expresada con tono provocativo y firme, muy bien insuflado: «Nos domesticaron. Gota a gota. Palabra a palabra… Nos han arrancado la dignidad… (sin protestar)». Este texto es el ejemplo de lo que supone crear, imaginar, buscar caminos literarios y no dejarse devorar por la realidad rácana. Es un texto que daría para hablar, para discutir, si implicara una dialéctica, una crítica dramática. No obstante, termina por sonar como un apóstrofe que se va a llevar el viento. Es un paréntesis, una cápsula que no tiene el recorrido suficiente como para cambiar la atmósfera de tanta endeblez teatral. Nieve de Medina, enfundada en blanco, como una sacerdotisa, al igual que el resto del elenco, ha dispuesto un montaje carente de dirección clara, compuesto de fragmentos azarosos y poco trabajados. ¿Cuál es, en definitiva, el discurso? ¿Qué nos quiere decir la artista a nosotros que hemos vivido unas experiencias parecidas? ¿Dónde está lo peculiar que merezca saltar a las tablas?

 

Finados y confinados

Dramaturgia, espacio escénico y dirección: Nieve de Medina

Reparto: Elena Zarzosa, Nieve de Medina, Eugenio Gómez, Pablo de Medina Bellido y Pablo de Medina

Producción ejecutiva: Belén Bernuy

Iluminación: Miguel Ángel Camacho

Espacio sonoro: Álvaro Gómez

Coordinación técnica: Álvaro Gómez

Edición de audiovisuales: Clara Martínez Malagelada

Diseño de vestuario: Silvia García-Bravo

Ayudante de dirección: Paz Buelta

Ayudante iluminación: Paloma Cavilla

Asistente vestuario: Cristina Montero

Coproducción: Teatros del Canal

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 7 de noviembre de 2021

Calificación:

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