La última noche del mundo

Fabrice Murgia dirige una propuesta excesivamente narrativa sobre el fin del sueño en la humanidad

la dernière nuit du monde, fabrice murgia © kvde.be
Foto de Kurt van Der Elst

Si aceptamos la definición del tan traído transhumanismo, como una etapa transitoria de intervenciones corporales en su sentido tanto paliativo como meliorativo, antes de alcanzar el posthumanismo; La última noche del mundo (La dernière nuit du monde), de Laurent Gaudé, propondría otro paso más hacia la superación de esos límites intocables: el sueño. Asunto de una complejidad gigantesca por lo que supone para los seres humanos (y el resto de animales) que, como ocurre en la ciencia-ficción más simplona, se resuelve con la pastillita de turno y sus inevitables efectos secundarios negados a priori. Quizás debamos pasar por alto que no se indague mucho más en lo que supondría falazmente vivir casi en un continuo (el tiempo, evidentemente, no se detiene si seguimos conscientes). Aquí se plantea dormir cuarenta y cinco minutos al día, y dejar el asunto zanjado (luego se avanza hacia los quince). Esto traería a colación la mirada ya tan tópica de Byung-Chul Han y su «sociedad del cansancio», definida por el rendimiento de unos «individuos» encantados con su «autoexplotación». Todo este mogollón, a priori, daría para una dramaturgia fascinante; pero ni el texto, ni la dirección, ni otros asuntos, lo favorecen. La distopía crece en la televisión con Black Mirror y Years and Years o, en cine —más próxima a la obra que nos comete—, Disomnia. En teatro parece que Esteve Soler es quien más se está empeñando con la cuestión (véase Contra la democracia o Dis7opía). De todas formas, existe un gran empeño en mantenerse bien distanciado de lo que presumiría avanzar hacia un relato genuinamente distópico; es decir, repleto de conflictos. En La última noche del mundo no se dan dialécticamente suficientes cortapisas que contrapongan esta intervención farmacológica. Los gobiernos de los principales países del planeta entran al trapo como si no hubiera un mañana, y se nos dice que la población se pone a ello gustosamente, salvo algunos grupos de resistentes. La repetición verborreica ocupa casi todo el tiempo y uno se pierde en su sentido. Se mezclan aspectos que no encajan, introducir a los samis (pueblo originario de Laponia); ya sabemos que ellos viven con una enorme disparidad sus horas de luz y de noche a lo largo del año, así que pueden dar testimonio de esa experiencia. Por otra parte, se da cuenta de las intenciones de la empresa responsable de las pastillas con un discurso dictatorial que no cae por su propio peso. Cuesta pensar que esté al frente de este espectáculo alguien que nos había mostrado hace unos años un montaje tan sugerente como La tristeza de los ogros. Sinceramente, no encuentro suficientes motivos para valorar positivamente un montaje con una dramaturgia tan rácana y latosa. Sí, es un aburrimiento. Por otra parte, quizás Fabrice Murgia ha pecado de soberbio al lanzarse a interpretar en español su papel de Gabor, un publicista encargado de «vender» al mundo las bondades de la pildorita. El actor no domina nuestra lengua tanto como para darle fluidez a su personaje. Los errores en las conjugaciones, por ejemplo, son múltiples (también en los sobretítulos); los términos que resultan incomprensibles a nuestros oídos también son abundantes. Ello hace que su expresión se vea constreñida. Y eso que tenemos a alguien que está hablando de manera casi ininterrumpida. Personalmente hubiera preferido leer lo que decía (al fin y al cabo, es machaconamente lo mismo), como sucede cuando su compañera se expresa en francés (Nancy Nkusi). El papel de ella sería anecdótico si no cantara unas dulces canciones que hermosean la función. El encaje de su historia de amor —ella ha desaparecido del hotel donde estaba convaleciente. Probablemente sea una disidente de tamaña locura— no se puede observar ni desde el onirismo (que todo fuera un sueño o una paranoia, propia de alguien que solo ha dormido cuarenta y cinco minutos, o que ha sufrido algún efecto secundario del susodicho somnífero), ni desde la sicopatología (las imágenes violentas de él, nos hacen pensar en un asesinato). Todo es demasiado confuso; pero ni mucho menos como para considerarlo absurdo o surrealista. La frialdad monolítica de ambos individuos en su disposición escénica nos destina a la escucha de la narración, de la fábula. Se cuenta y se cuenta. Ella, al fondo, mira a cámara y observamos su rostro en la gran pantalla. Esta pantalla, precisamente, es la muleta que permite dar algo de chance al cuento. Grabaciones de periodistas —algunos españoles, como Susanna Griso—, nos inducen a creer que estamos en España; aunque luego salgan distintos personajes (hablando en francés) que tienen muy poco recorrido y parecen estrafalarios. La señora sami que debe fingir todo tipo de respuestas favorables al estado de la cuestión y la máxima responsable del asunto, apoyando el fingimiento de que todo va estupendamente. Ellas son apenas unos esbozos. Después de asistir a la circularidad de lo contado, uno puede especular, por supuesto, con ese afán de superar ciertos límites. Unos lo buscan por cuestiones económicas, por lograr mayores beneficios si se apura en la extensión de las jornadas laborales (las guardias de 24 horas de algunos empleos, por ejemplo) o en la restricción de los descansos. Luego los hay que se mantienen en vigilia; porque el vicio les va en ello, casos tenemos de jugadores (los coreanos se llevan la palma) de videojuegos que petan al pasar de las 72 horas (o más) en su afán lúdico. Lo curioso es que esta propuesta propone muy poco. Lanza la idea y después se desparrama con la disertación anfetamínica y los ojos sangrantes (los párpados se ven incapaces de cumplir su función salvadora) sobre la luz y la sombra, y aquello de la «noche fragmentada», como epítome de una nueva era. El encadenamiento de metáforas no se materializa sobre las tablas, más allá del trabajo de iluminación coherente y sobrio de Emily Brassier. Sobre qué campos concretos se anhela reflexionar, queda subsumido en el caos de las iteraciones. El teatro belga se nos abalanza con su aura vanguardista, y muchos pierden el criterio y el raciocinio —suele ocurrir en la mollera del español medio—. Si hemos de exigir el máximo a estos creadores, lo contemplado nos lleva al tedio de la insignificancia.

La última noche del mundo

Escrita por Laurent Gaudé

Dirigida por Fabrice Murgia

Reparto: Fabrice Murgia y Nancy Nkusi

Escenografía: Vincent Lemaire

Iluminación: Emily Brassier

Creación de sonido: Brecht Beuselinck

Sonido: Célia Naver

Videocreación: Giacinto Caponio

Regidor: Marc Defrise

Ayudante de dirección: Véronique Leroy

Difusión: Fransbrood Production

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Coproducción: Centro Dramático Nacional, Théâtre National Wallonie-Bruxelles, Théâtre de Namur, Mars – Mons arts de la scène, Théâtre de Liège, Central – La Louvière, Théâtres en Dracénie, Théâtre L’Aire Libre, Riksteatern y Scène Nationale

d`Albi

Colaboran: Shelterprod, taxshelter.be, ING y tax-shelter del gobierno federal belga

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 24 de octubre de 2021

Calificación:

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