Una vez terminado el curso, llega la hora de repasar lo más destacable de la esfera teatral

Al final siempre ocurre lo mismo, los montajes excelentes se reducen a un escueto puñado; pero, si echo la vista atrás y comparo esta temporada con las cuatro o cinco anteriores, parece que la cosecha ha sido, en general, peor. Puede ser por diferentes motivos, entre otros, mi propia percepción subjetiva (puedo estar equivocado) o que la crisis no se ha terminado para el mundo teatral (seguramente nunca pase ya y sea necesario acostumbrarse a esta situación), o, también, que cuesta más atrapar a un público que vive sometido por muchas tentaciones «culturales», como, por ejemplo, las series de televisión. La clave sigue siendo el espectador. Y la crítica, claro. Aunque no pueda competir en influencia contra cientos de retweets claqueros. Merece la pena hacer un repaso para recalcar cuáles han sido los mejores montajes y señalar, además, alguna obra que, por distintos motivos, si no ha sido grandiosa sí que ha conllevado detalles sobresalientes. Primeramente, es justo reconocer que algunas de las versiones o adaptaciones de clásicos (antiguos o de nuevo cuño, de aquí o de otros lares) han ofrecido facturas encomiables. Como fueron La fiesta del viejo, con la idiosincrasia argentina para traer a la actualidad El rey Lear (lo pudimos disfrutar durante muy pocas fechas en El Umbral de Primavera). Sigue leyendo





Posiblemente a Michael Frayn le interesó enfocar el dilema ético sobre los avances científicos a través de Heissenberg y su Teoría de la incertidumbre; porque esta le venía excelentemente como metáfora para encarar un asunto que hoy posee gigantescas reverberaciones; tantas, que algunos transhumanistas ya le ponen fecha de extinción a nuestra especie para alumbrar la siguiente. Ahí es nada. Lo cierto es que Hiroshima y Nagasaki fueron «fechorías» pergeñadas por los estadounidenses y que las investigaciones de Oppenheimer y el proyecto Manhattan resultaron expeditivas. Pero, Copenhague, estrenada en 1998 ―también contamos con una versión cinematográfica realizada para la televisión en 2002― pretende habilitar un discurso filosófico sobre las decisiones trascendentales del científico que, como humano, discurre más allá del laboratorio y que es consciente de que el paradigma puede cambiar radicalmente. Seguramente si es conveniente volver a esta obra es porque es necesario recordar que en la próxima ocasión el daño será realmente irreversible. Es más, podemos llegar a pensar que aquel fatídico final de la Segunda Guerra Mundial fue el ejemplo que la humanidad requería contemplar para cuidarse de la hecatombe que nos autodestruya definitivamente. El caso es que Claudio Tolcachir ha recogido el testigo, y sin realizar una apuesta arriesgada ―desde luego, todo es muy comedido―, ha fraguado un montaje que técnicamente no tiene tacha, que resulta satisfactorio, adecuado y tan conciso como le permite el texto.
La edición número diecinueve del Festival Clásicos en Alcalá se inaugura con esta propuesta de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que ya fue presentada la temporada anterior en el Teatro de la Comedia. Un montaje que ante todo nos gana por el ambiente que se propicia y que es fundamental para que nos adentremos en una colección de textos clásicos universales (fundamentalmente del XVI y del XVII) y que son bien conocidos. Para un grupo reducido de privilegiados espectadores, sentados en larguísimas mesas que, a su vez, se sitúan sobre el escenario del Teatro Salón Cervantes, acompañados de los seis anfitriones que se van a transformar en múltiples personajes que aparecerán y se difuminarán para mutarse en otros y en otros más. Seremos, por tanto, comensales a la vera de una copa de vino para brindar por la imaginación; pues esta es el rasgo definitorio del ser humano. Ya que el espectáculo está inspirado en la obra La especie fabuladora, de Nancy Huston. En la persuasión que supone sentarse junto a los intérpretes, que te susurren versos al oído, que se paseen con enjundia por encima de esos enormes tablones esquivando jarras y vasos, está un encanto que apenas decae en algunos momentos. Concretamente al actor Aleix Melé, le ha tocado la ingrata tarea de ser el «interruptor» oficial, el aguafiestas que rompe la magia de las declamaciones, para realizar un homenaje emotivo de las invenciones que se le ocurrían a su abuelo ―testigo de acontecimientos célebres sucedidos a miembros de la Generación del 27―. 