Noemi Rodríguez aplica su sagaz ironía para pergeñar una dramedia sobre una pareja de treintañeros en crisis

Hasta la fecha el modelo de parejas separándose se movía desde la hondura de Bergman en la madurez (Escenas de la vida conyugal) hasta cualquier diatriba adolescente sin recorrido posible como en la serie Dawson Crece en los noventa, atravesando catástrofes frecuentes con hijos de por medio, como en Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach. Faltaba concretar cómo se destruyen las uniones de los posmodernos deconstruidos. Al final de las cosas, hemos de concluir, es la definitiva etapa de una trayectoria de trituración. No discurriremos sobre asuntos biográficas de la artista, pero digamos que ahora se presenta en solitario firmando texto y dirección.
¿No es fantástico observar a este tipo de creadoras recogiendo algo de cable? Sabíamos que acabaría ocurriendo; en su día le sucedió lo mismo a los burguesitos del Mayo del 68: no se busca la revolución, ni siquiera individual, solo se aspira a una satisfactoria vida (de ocio y buen capital social) en nuestra sociedad de consumo. Noemi Rodríguez, como otras tantas, se ha encargado de aniquilar cualquier atisbo de «masculinidad» (sea eso lo que sea) en muchachos ya de por sí dispuestos a ello. Véase, ante todo, Man Up, y no recordemos más Blast. Seguramente en Generación Why había comenzado a reconocer algunos errores de perspectiva cuando se cuestionó con sus amigas la necesidad de recuperar la sensatez en esta época de multiaventuras.
La función tarda en entrar en harina y deambula por la humorada caótica que le interesa a la escritora, ese modo de congraciarse con los asistentes y demostrarnos el aire autoficcional que recarga el proceso (ruptura, deterioro, desgaste). Los dos personajes se encuentran grabando un vídeo promocional para una empresa lituana. Han alquilado una nave en Getafe y han tenido que impostar la sonrisa para caer en los topicazos kitsch que desde hace tanto tiempo se estilan en Las Vegas con el sonsonete de Elvis y otros hits. Las repeticiones, las variaciones, los cambios de ese decorado que ha ideado Pablo Chaves y que después ofrecerá otros hallazgos, sirven para que el desamor se vaya revelando sin ambages. Rodríguez se escuda en sus habituales mohínes payasescos, en sus imitaciones y en esa forma tan particular de apuñalar con el sarcasmo. Es su dominio y lo trabaja con tesón. Además, como autora, vuelve a poner de manifiesto que sabe introducir un análisis vitriólico sobre el mundo actual. Esta vez, por fin, habla sobre la abundancia de deseo o, si se quiere, sobre esa imposibilidad generacional para profundizar en el desarrollo de una pareja, de ser incapaz de sostener las rachas duras, de aceptar, incluso, el tedio y de confiar en alcanzar cotas superiores de intimidad, todo ello antes de recurrir a alguna de las infinitas ofertas del mercado sexoamoroso que suelen contener altas dosis de adrenalina en sus fases incipientes (estupefacientes). Así, la escuchamos, mientras sondea la vía conservadora de la vida. Es su crítica a las rarezas y a las insignificancias que se han instalado en la izquierda desnortada. Frente a ella está Alejandro Jato, brioso y, en ocasiones, seductor, algo más joven, intentando zafarse de la condición de aliade a la vez que utiliza el femenino plural («juntas»), cuando a estas alturas es demasiado tarde para rebuscar en su ser alguna señal de virilidad. Remata poniéndose una camiseta que reza: «Nobody Knows I’m a Lesbian». Luego la directora se ríe afirmando: «somos dos lesbianas». Entre el griterío de ambos y las discusiones, nos adentramos en el patetismo absoluto: curro, género, porvenir, existencia, esencia… el vacío estampándose en sus rostros. Hasta ahí la pieza se ajusta al estilo de Rodríguez y nos divierte lo justo con un desbarajuste que ocupa demasiados minutos.
También es cierto que la dramaturga acostumbra a guardarse cartas en la manga y aquí logra que el último tercio mejore notablemente el planteamiento. Como si se hubiera inspirado en la obra Las apariciones de sus amigos Delgado-Hierro y el susodicho Chaves, nos trasladamos al futuro, a los años cincuenta de nuestro siglo, a una residencia en el sur de Francia. Ella, que padecerá un cáncer terminal por fumar en exceso, nos acoge con una coreografía concebida por Amaya Galeote en homenaje paródico pero emotivo a La Veronal. Un gesto introspectivo que favorece la entrada de su viejo amante, todo un hombre de familia, como era de esperar. La melancolía impregna el cuadro y el sosiego es extraordinario, todo un contraste muy eficiente con el tono anterior. Una ensoñación que continúa con un incendio en su plató de rodaje. Los dos instantes cruciales trastocan a esos personajes para rendirse a la evidencia de que ha llegado su fin.
Texto y dirección: Noemi Rodríguez
Reparto: Alejandro Jato y Noemi Rodríguez
Escenografía: Pablo Chaves
Iluminación: Paloma Parra AAIV
Vestuario: Cecilia Molano
Espacio sonoro: Marc Álvarez
Coreografía: Amaya Galeote
Ayudante de dirección: Noelia Castro
Ayudante de escenografía y vestuario: Beatriz Gago
Diseño de cartel: Emilio Lorente
Fotografía y vídeo: Bárbara Sánchez Palomero
Realización de escenografía: Beatriz Gago, Cárpatos Decorados, Mambo, Scnik y Tossal
Realización de vestuario: El Sótano Vestuario
Producción: Centro Dramático Nacional, Barco Pirata y Noemi Rodríguez
Teatro María Guerrero (Madrid)
Hasta el 15 de noviembre de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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