El colectivo Cultura i Conflicte arma otra pieza de teatro-documento para ahondar en dilemas morales sobre la dictadura chilena

Hace unos pocos días Manuela Infante utilizaba Los huesos para abordar con una antropóloga forense la indagación de los miles de desaparecidos durante la dictadura chilena. Ahora es el colectivo Cultura i Conflicte quien nos pone delante la historia de Verónica Estay, que recurre desde el campo de la semiótica a explorar el concepto de posmemoria (vivimos en la época de los pos-) ideado por la investigadora Marianne Hirsch para hacer referencia a cómo se transmite el trauma a las siguientes generaciones que no han atravesado una catástrofe como el Holocausto nazi. Nuestra autora, que es profesora en la Universidad de París Cité, será encarnada por Marta Marco para discurrir inicialmente en los entresijos de la metateatralidad.
Comenzar el espectáculo con el Canto de la Sibila, con una serie de imágenes de fondo de Esparraguera, supone introducirnos en la atmósfera del juicio, pero también de la posible redención. Más allá de que sea de origen pagano, no deja de remitir a una visión cristiana que inevitablemente va a planear sobre la obra. Porque, en realidad, la pregunta que sobrevuela es si se puede perdonar a alguien que ha propiciado asesinatos. Siempre que se trata el tema, nos viene a la cabeza el caso Eichmann que quedó igualmente reflejado en una pieza titulada Hannah Arendt en tiempos de oscuridad.
El propio Erol Ileri alude a su performance anterior, Hay alguien en el bosque, para que la entrevistada comprenda que su misión tiene que ver con adentrarse en esas disyuntivas éticas que nos plantea la existencia cuando nos enfrentamos al horror y a la maldad. Aunque no se cabe afirmar que la factura de la propuesta sea muy vistosa, con una pantalla grande y un atrezo sencillo, la dramaturgia (asesoría de Marc Angelet) y la dirección de Joan Arqué logran sumergirnos en un proceso de averiguación que va in crescendo. Los testimonios consiguen llevarnos a una situación imposible de resolver dada la complejidad del contexto. Es cierto que el montaje combina con astucia lo estrictamente teatral y otros procedimientos que derivan en el documental, como si requirieran apuntalar los hechos y hasta la «verdad». Creo que ahí el enfoque pierde, porque el material ya contiene un conjunto de revelaciones sumamente potentes. Así lo comprobamos en cuanto aparece Pep Cruz en la redacción de la revista Cauce en 1984 para dar cuerpo a Papudo Valenzuela, un suboficial que desertó y que formaba parte del Comando Conjunto, organización dedicada a la persecución de opositores al régimen pinochetista. Su declaración es tenebrosa, con todas esas especificaciones sobre torturas y alusiones a la Operación Cóndor (como se indicó en Shock 1), pero su actitud es propia de alguien indolente. El intérprete afronta la difícil tarea de marcar matices en sus dos papeles esenciales, todo ello sin imitar el acento chileno. Recordemos que ya tuvo que meterse en la piel de un juez nazi en la obra de Bernhard Ante la jubilación. Luego, casi al final, adoptará el rol del Fanta, el tío de Verito (V. Estay). Desde la cárcel, entre libros, se mostrará hasta cariñoso, convencido de que se encontraba entre la espada y la pared, de que convertirse en delator de comunistas condenó a muchos a la aniquilación, aunque, asimismo, gracias a su labor, se pudieron salvar algunos camaradas como los padres de nuestra protagonista. Ese es el dilema. ¿Qué podemos echarle en cara a ese tipo? ¿Qué debería haber hecho en esa tesitura? ¿Qué opciones le quedaban? ¿Qué haríamos nosotros por resguardar nuestro pellejo? Por otro lado, Gemma Martínez interpreta con verosímil inquietud a la hija del preso. Camila Estay se ve sometida a la habitual contradicción de quien siente afecto por su progenitor y, a la vez, debe reprobar a un hombre capaz de asumir dos personalidades tan distintas o que directamente es un psicópata. Que ella se comporte así favorece la genuina disputa entre unas primas que hasta entonces no se conocían.
Uno de los aspectos sugestivos de este proyecto está relacionado precisamente con cómo esa posmemoria actúa como un motor de búsqueda y de indagación, es decir, de los silencios y los tabúes en la familia de Verónica ─llegaremos a ver al padre en México, pero no a la madre, con quien había perdido el contacto─. Interesa observar de qué manera alguien concibe que debe solventar su propio conflicto interior hasta el punto de crear el colectivo Historias Desobedientes Chile.
Todos los factores que confluyen en el espectáculo confieren un atractivo singular que nos coloca en diversas posiciones incómodas dignas de consideración.
A partir de la historia de Verónica y Camila Estay
Dramaturgia: Cultura i Conflicte
Dirección: Joan Arqué
Reparto: Pep Cruz, Erol Ileri, Marta Marco y Gemma Martínez
Asesoría de dramaturgia: Marc Angelet
Audiovisuales y creación musical: Erol Ileri
Dirección de arte: Magda Puig Torres
Dirección de producción: Oscar Balcells y Judit Codina Serra
Investigación y guion: Teresa Turiera-Puigbò
Investigación, documentación y audiovisuales: Cultura i Conflicte
Diseño de luces: Toni Ubach
Escenografía: Víctor Peralta
Vestuario: Nídia Tusal
Diseño sonoro: Marc Jodar y Erol Ileri
Ayudante de producción y arte: Mariona Signes
Voz de periodista Mónica González: Valentina Lazo
Jefe técnico: Jordi Domènech
Distribución: Marta Riera Pi
Una producción de Cultura i Conflicte y Teatre de l’Aurora
En coproducción con El Canal, Centre d’arts Escèniques, Salt-Girona y Grec 2026 Festival de Barcelona
Teatro de La Abadía (Madrid)
Hasta el 1 de noviembre de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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