Celia en la revolución

La novela inconclusa de Elena Fortún ha sido adaptada para el teatro con una dramaturgia algo ingenua

Foto de marcosGpunto

Aunque el tiempo pase, no hace falta más que indagar en el imaginario sentimental de nuestros antepasados más próximos para comprobar el efecto que produjo en su momento la lectura de aquellos libros que tuvieron a Celia como protagonista y a Elena Fortún como su autora. La importancia de las primeras lecturas en una persona marca direcciones, hábitos y recuerdos verdaderamente indelebles. La recuperación de la novelista se puede palpar, por ejemplo, en el renombramiento de la antes conocida como Biblioteca Pública de Pacífico y, ahora también, con esta adaptación teatral de aquella obra inconclusa con la que pretendió zanjar la serie; y con un montaje dedicado a su biografía que verá la luz en los próximos meses. Pero la cuestión, creo, a la hora de valorar la propuesta que podemos ver en la sala grande del Teatro Valle-Inclán, no debe radicar en la conjunción de los elementos extraliterarios, ni en lo que ha supuesto para España la guerra civil que aún colea; sino en lo que artísticamente se ha logrado manifestar. Y es que la dramaturgia es tan ingenua como la protagonista. Llevar esta historia, que básicamente transcurre durante el periodo del enfrentamiento fratricida, hasta las dos horas y con un ritmo moroso, lleno de diálogos explicativos en demasía, nos hace pensar hasta qué punto es un texto adecuado para trasladarlo a escena con un público masivamente adulto en las butacas. Sigue leyendo

El jardín de los cerezos

Una propuesta visualmente muy atractiva de Ernesto Caballero donde se pretende modernizar a Chéjov

Foto de marcosGpunto

Encontrar el punto preciso entre la nueva perspectiva y la vigencia de un argumento que se nos escapa en el tiempo más allá de que los temas rebroten como en cualquier clásico. Hasta qué punto la versión de Ernesto Caballero recae ante todo en el ambiente creado por su equipo artístico. Porque la escenografía de Paco Azorín es extraordinaria, ya que cada una de sus propuestas a lo largo de la función encajan en un gran atractivo visual. Una combinación de detalles que van desde una gigantesca casa de muñecas, a la abertura en diagonal del enorme parqué para crear una vereda mientras caen las hojas y nos amplían la mirada hasta un horizonte tan lejano, pasando por ese pequeño tren que simula el viaje inicial de los protagonistas o esas enormes pantallas que jalonan el escenario (allí se plasman los vídeos ilustrativos de Pedro CHamizo). Una atmósfera otoñal, taciturna, macilenta en ocasiones, iluminada por Ion Anibal con preciosismo. A ello se añade el vestuario de Juan Sebastián Domínguez, quien salva casi todas las estridencias, apegándose a una elegancia contemporánea, un tanto casual y pija, claro (podemos fijarnos en el vestido diseñado por Ulises Mérida que lleva Carmen Machi). Además, el movimiento ideado por Carlos Martos logra que esa amplitud de la escena lo sea aún más. Las pegas que se pueden poner tienen que ver más con aspectos textuales; pues, aunque resulta ágil al oído (recorte mediante para ajustarlo a una disfrutable hora y cincuenta minutos), no parece que se haya actualizado el lenguaje (por ejemplo, el tratamiento de los señores y de los criados) tanto como para que sea coherente con lo visto. Sigue leyendo

Inconsolable

Fernando Cayo interpreta el monólogo escrito por el ensayista Javier Gomá sobre el fallecimiento de su padre

Foto de marcosGpunto

El Teatro María Guerrero le abre sus puertas durante casi un mes a un primerizo que viene avalado por su presencia sociocultural como pensador; aunque, a priori, no parece suficiente. Tampoco a nadie puede llevar a engaño, puesto que este texto ha sido publicado en el periódico El Mundo y también en el libro La imagen de tu vida. Por lo tanto, Ernesto Caballero ha considerado que era digno de tal honor y de tal privilegio. A mí me ha parecido un exceso difícilmente justificable. Sigue leyendo

Jardiel, un escritor de ida y vuelta

Ernesto Caballero intenta desagraviar al dramaturgo tanto artística como políticamente

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Cada vez que se repone una comedia de esas que se supone que se han asentado en el tiempo, surgen siempre varias cuestiones que insistentemente han de ser resueltas. Por un lado, está el asunto de la comedia en sí como subgénero, parece que siempre hace falta justificarse, sobre la consideración menor que se tiene respecto a la tragedia; por otra parte, se dirime acerca de lo difícil que es hacer reír. Con Jardiel Poncela, además, se unen las reticencias políticas, las cuales son disuadidas con aquello de que fue un adelantado a su época, un precursor del absurdo y un etcétera de virtudes que resultan insoslayables. Sigue leyendo

El laberinto mágico

El ciclo de novelas sobre la Guerra Civil de Max Aub encuentra una versión teatral que recoge todas sus esencias

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

A la hora de llevar a las tablas un ciclo tan extenso como este que nos concita en el que Max Aub a través de seis novelas (de longitudes diversas) y otros cuentos y piezas breves en los que quiso revelar su visión de la Guerra Civil, no creo que sea necesario exigir una fidelidad respecto al relato. En este caso lo más importante es recoger el espíritu, la atmósfera que se nos quiere trasladar desde el terreno de los perdedores de los que, como escritor comprometido con la izquierda (muy crítico luego), se sentía deudor. La versión de José Ramón Fernández podría haber tenido muchos recorridos posibles, pero desde luego no hubiera valido cualquiera. La función que nos ofrecen en el Teatro Valle-Inclán condensa y amalgama las sensaciones de la desesperación, el arrojo y la claudicación con verdadera consistencia. Esto que por un lado nos puede fascinar en cuanto que nos compromete y nos reclama hacia esa historia de nuestra historia ya cada vez más lejana; por otra parte, nos mantiene en una distancia prudencial debido, y esta quizá sea la única gran pega que se le puede poner a este espectáculo, a la falta de unos protagonistas más concretos, más redondos, con los que pudiéramos profundizar no ya solo en el evento, sino en las entrañas personales de algún individuo peculiar. En definitiva, la disolución que se produce ante lo grupal. Todo ello no evita que podamos trazar un línea argumental sobre una compañía de teatro que desde Valencia se propone viajar a Madrid en plena guerra, con entusiasmo y desconcierto a partes iguales. Sigue leyendo