Juan Mayorga continúa en el Teatro de La Abadía abordando el poder de las palabras en un drama de menos fuste que otros anteriores

Antes de recurrir a los temas recurrentes del propio Juan Mayorga, me viene a la cabeza La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Aunque sea porque hallo efluvios en algunas de las concepciones de aquel novelista. Puesto que quiero creer que nuestro dramaturgo nos exige ver más allá y que tenemos que desvelar ciertos códigos en el uso concreto de algunas expresiones y de algunos silencios. Los cuatro personajes que pasarán delante de nosotros ─y todos aquellos clientes como espíritus que, en gran medida, se refieren a seres que poblarán otras obras del autor: la gafas de nadar perdidas, que nos recuerdan a Intensamente azules o las referencias a María Luisa o el jugador de ajedrez que remite a Reikiavik─ se dividen en ángeles y en cuerpos «unidimensionales», como señalaba Marcuse, para hacer referencia a esas personas cosificadas, instrumentalizadas por la sociedad.
Martín regenta un bar corriente, es un camarero en un local que lleva mucho tiempo abierto, donde se llegaban a dar comidas; pero que ahora tira con una breve clientela habitual. Nuestro protagonista acude a diario, un Sísifo que madruga, como tantísimos currantes de este cariz, para ejecutar las mismas faenas, tediosas, repetitivas, intrascendentes… si acaso alguna charla con alguno de esos acodados de siempre o formalizar una colección de objetos perdidos o de dibujos sugerentes en los manteles de papel como hace él. Una condena, un encarcelamiento sin escapatoria y un diálogo interno, supongo, que permita no desvariar con imaginarios imposibles que manifiesten otras vidas posibles. Hay que seguir una jornada y otra más. Así, Javier Gutiérrez, el españolito convencional, el Alfredo Landa del siglo XXI, se inserta en ese tipo anodino. Frente a él, Gerardo, un señor que está sentado en la primera mesa y que ha estado hablando con un amigo. Luis Bermejo, vuelve a trabajar con su compadre, como hace unos meses en El traje. Expresión escurridiza, dubitativa, con esa manera tan extraordinaria que posee el actor para concretar la sorpresa. Este le ha dado un buen consejo, suponemos, al comensal que estaba con él. El camarero ha reparado en la escena y ha considerado que alguien que se ha expresado con tanta convicción ─o eso ha creído─ es idóneo para que le preste ayuda, como si fuera un detective privado. La función parece sencilla y, de hecho, es menos compleja que otras, tiene menos recorrido; no obstante, posee algunas pistas sugestivas.
Ángela, la mujer de Martín, aguarda en casa, en silencio, con cara de pasmo, deprimida. Antes acudía al bar a colaborar con mucha diligencia; pero un día se apagó. Natalia Hernández nos trae algunos de los rostros de estupefacción que nos entregó en 1936. Ahora se las tiene que ver con alguien que debe desanudar ese conflicto interior que carcome el espíritu. Ella sale por las mañanas, ¿adónde irá? Lo cierto es que más adelante, a través de un flashback, llegamos a conocer cómo era cuando tenía más ánimo, cuando era capaz de tener una conversación con su marido, con ese hombre tan insustancial y sin mundo, tan simplote, sin grandes deseos ni objetivos en la vida; aunque no cargue con el peso de la taciturnidad. Dialogan, como cada día, sobre los avatares espontáneos y charlas escuchadas de las gentes con las que se han topado en el establecimiento. La frase clave es: «Deberíamos haber ido a los yugoslavos. Allí se juega a cualquier hora. Y se juega de verdad. Mientras las mujeres bailan». Quedará en la memoria de esta malhadada como un disco rayado tras una bomba. Aquellos yugoslavos remiten a un lugar, donde alguien era feliz; sin embargo, seguramente ya no exista, como la propia Yugoslavia (‘eslavo’ está relacionado con ‘slovo’ que significa palabra). Un limbo, un recuerdo inventado, como esos que todos atesoramos y a los que alguien con una acendrada melancolía puede apelar para salir del atolladero. Es ahí cuando aparecen los sempiternos mapas de Mayorga, como han aparecido en otras obras, como en El cartógrafo. Si Ángela sale con uno por las mañanas a descubrir ese territorio ignoto donde se «juega de verdad»; probablemente haya que darle un plano que «funcione» mejor. Es el momento en el que aparece la muchacha, la hija de Gerardo, que, en alguna medida elabora un paralelo con la otra pareja; pero también vale de ayudanta. Ella, que es un poco inútil con las tareas domésticas, ofrece claves magníficas a la esposa desvariada y le da un nuevo mapa. Alba Planas se mueve y se expresa en su breve rol con frescura y seguridad.
El poder de las palabras adecuadas en los seres convenientes, en el instante preciso, como ocurría, por ejemplo, en El Golem, se ejecuta con sustancia taumatúrgica en el teatro. Quizás las vertientes política y social queden demediadas, y la psicología se sobreponga como procedimiento de urgencia. En este sentido, el drama queda un tanto difuso.
El bar que ha plasmado en su escenografía Elisa Sanz se ajusta con hiperrealismo. Más persuasiva es la pasarela superior, que en la semioscuridad que ha perfilado Juan Gómez-Cornejo podemos imaginar algún recoveco laberíntico. La factura, desde luego, es más que idónea para un montaje que parece no esconder más de lo que insinúa. De todas formas, se une a otros proyectos que nos permiten apreciar un conjunto conceptual verdaderamente inquietante.
Texto y dirección: Juan Mayorga
Reparto: Luis Bermejo, Javier Gutiérrez, Natalia Hernández y Alba Planas
Ayudante de dirección: Ana Barceló
Ayudante de dramaturgia en prácticas: Francisco Flecha Rodríguez
Diseño de escenografía y vestuario: Elisa Sanz (AAPEE)
Diseño de iluminación: Juan Gómez-Cornejo (AAIV)
Música y espacio sonoro: Jaume Manresa
Ayudante de escenografía y atrezo en prácticas: María Teresa Ferrara
Taller de realización: Mambo Decorados
Movimiento escénico: Marta Gómez Rodríguez
Producción: Teatro de La Abadía
Producción ejecutiva: Sarah Reis
Ayudante de producción: José Luis Sendarrubias y Gema Iglesias
Ayudante de producción en prácticas: Mauricio Arjona
Fotografía: Javier Mantrana
Distribución: Traspasos Kultur
Producción en gira: Mónica Regueiro | Producciones Off
Teatro de La Abadía (Madrid)
Hasta el 6 de julio de 2025
Calificación: ♦♦♦
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