Los que hablan

Pablo Rosal sienta a Luis Bermejo y a Malena Alterio a descubrir la estupefacción del lenguaje oral

Unos introvertidos recalcitrantes que han quedado por Tinder, dos extraterrestres recién llegados a nuestro planeta, dos androides en un laboratorio dedicado a la inteligencia artificial, dos «jarrones vacíos» ―en palabras del dramaturgo― para insuflarles el hálito vital, Adán y Eva reconociéndose en el Paraíso (en el principio era el verbo), dos gólems amasando su lengua. Cada uno se podrá imaginar lo que quiera. Aunque también, dada la imperiosa presencia del metateatro en nuestra dramaturgia contemporánea, Los que hablan puede pasar por un mero ejercicio interpretativo que nosotros debemos resignificar en el espacio teatral para otorgarle una validez. En este último sentido, me recordó a Premios y castigos, de Ciro Zorzoli, donde los actores realizan ejercicios de interpretación como si fueran marionetas huecas. Y aunque parece que es el absurdo el que impera en las reacciones y en los cambios de tema, y que nos pueden aproximar a Ionesco, lo cierto es que funciona más en la dirección de Jacques Tati; porque encontramos más estupefacción infantil, más incapacidad en la propensión de las palabras y un trabajo con el silencio muy limitante. Si hace gracia en el inicio, no es tanto, creo, por una pretensión cómica que nos hiciera situarnos en una obra a la manera de Mihura o Jardiel Poncela. Sigue leyendo

Mundo obrero

Un viaje irónico para resituar en el tiempo a los trabajadores españoles desde la industrialización hasta el presente

Foto de Sergio Parra

A nadie puede llevar a engaño que Alberto San Juan haya escrito un itinerario muy particular, lógicamente sesgado y tendente a destacar ciertos acontecimientos de la lucha obrera y a obviar otros. Se dicen verdades como puños, y se encubren otras verdades dolorosas y contraproducentes a la causa. Pero el conocido actor posee una marcada y notoria ideología de izquierdas que es para él una ética y una estética. Y por eso, junto a otros en cooperativa, saca adelante el Teatro del Barrio; para ser altavoz, desde las tablas, de una visión política que hoy se empacha en la teoría y se ahoga en la práctica. Por lo tanto, aquí asistimos a un espectáculo coherente con unos presupuestos bien definidos desde hace tiempo. Un teatro-testimonio, propio del documental, donde cada personaje se presenta y nos orienta en la fecha; o sea que no es el contexto o la escenografía (bastante escueta y mínima; pero suficiente. Su responsable es Beatriz San Juan) la que nos pistas sobre el suceso. El hilo conductor de este montaje musical y cabaretero es la pareja conformada por Pilar y por Luis. Sus descendientes irán conformando una saga también de Pilares y de Luises. Al son del folclore se presentan, como los parias, como los «hijos de puta», un chico y una chica de diez años, procedentes de Extremadura y de Andalucía respectivamente, y que han ido a caer en la Escuela Libre de Barcelona que fundó Ferrer i Guardia. Iniciamos el viaje en 1909, año en el que fusilaron a este pedagogo. Un aspecto muy interesante de la función es que, al menos, en los primeros compases, toma la perspectiva de los anarquistas. De ahí la insistencia en la educación y en el desarrollo del pensamiento, en el coraje individual y en la solidaridad sin perder el estatus personal. Asimismo, por supuesto, la mujer, tan dueña de sí misma que es capaz de llevar la voz cantante con una integridad genuina y digna. Por eso, Pilar Gómez, quien ha tenido éxito fenomenal con su interpretación de Emilia Pardo Bazán, exprime aquí todo su gracejo, su agilidad primorosa, tan parajismera que solo hace que infundir entusiasmo. Su compañero, Luis Bermejo, vuelve a demostrar su vis cómica, en una plétora de papeles que imprimen matices cazurros, ingenuos, pánfilos e, incluso, bonachones. Luchadores ambos en un fulgurante recorrido por el siglo XX con parada en el presente, conversando con Durruti, escuchando de fondo las proclamas de José Antonio Primo de Rivera o las alocuciones por Radio Pirenaica de María Teresa León. Aparece un vídeo donde se patentizan los procederes de Fraga frente a la violencia policial. Ciertamente, por el periodo franquista se pasa raudo ―aunque se le quiere dar continuidad a toda la trama, lo cierto es que los saltos entre los diferentes escenarios históricos son un algo abruptos; por eso se echa en falta una cohesión mayor―. Así que es mejor concentrarse en cómo las luchas obreras de principio de siglo, cruentas muchas veces, se han transformado ―gracias a la magia de los poderes fácticos―, en una disolución. El trabajador, desintegrado, autónomo o asalariado, vive en soledad su penuria, afanándose por adaptarse al sistema. Con el paradójico estilo burgués y pijo de los que aparentan ser aquello que nunca serán. Y ese es el gran mérito del texto, enfrentarnos a un pasado de probidad, de rebeldía y de pundonor; mientras nos miramos en el espejo del hoy, con los ojos del estrés y las palpitaciones de ansiedad, con la lengua fuera e inermes, en una «sociedad líquida» que se nos escapa entre los dedos. La derrota del mundo obrero está siendo descomunal y aún queda la puntilla robótica. Por lo tanto, la obra contiene un meollo muy apreciable. Además, para regodearnos en el tema, Marta Calvó se inmiscuye en multitud de personajes, ya sea de cabaretera del Barrio Chino; ya sea como Simone Weil; ya sea de vecina farruca en una comunidad de vecinos. Por su parte, Alberto San Juan también se multiplica y lo hace con roles muy distintos, todos ellos interpretados con empaque; a veces con altivez y otras con esa sonrisa entre franca y embaucadora. Además, pone voz a las canciones escritas para la ocasión por Santiago Auserón ―otro de los detalles que apuntalan la propuesta―. Coplillas que narran el estado de la cuestión de forma bien sencilla y elocuente. El otro aspecto que imprime carácter a toda la historia es la ironía, que es la mejor forma de evidenciar el absurdo al que hemos llegado. Desde luego, las escenas finales son magníficas por su naturalidad; precisamente porque en las conversaciones corrientes nuestra última hecatombe bursátil se ha deglutido: la alienación es todo un rasgo definitorio. Todos ya urbanitas, modernos. Atrás, los años en que eran devueltos los «pueblerinos», cuando llegaban en tren a la capital. Atrás, el hambre y los edificios sin inodoro preparados para el derrumbe. Atrás, la construcción del barrio de Orcasitas a golpe de carreteras cortadas. Hoy, a la espera de que la chispa de la indignación vuelva a prender en los choznos de aquellos que no tuvieron más remedio que jugársela para ganar el necesario pan.

Mundo obrero

Texto y dirección: Alberto San Juan

Reparto: Luis Bermejo, Marta Calvó, Pilar Gómez y Alberto San Juan

Música: Santiago Auserón

Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan

Iluminación: Raúl Baena

Composición musical: Santiago Auserón

Espacio sonoro: Adrián Foulkes

Movimiento escénico: Paloma Díaz

Fotografía: Sergio Parra

Ayudante de dirección: Ana Belén Santiago

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 4 de noviembre de 2018

Calificación: ♦♦♦

Los mariachis

Pablo Remón continúa su andadura dramatúrgica con esta representación sobre la decadencia política en plena meseta castellana

El buen sabor de boca que me había dejado El tratamiento, la obra que hace tan solo unas semanas estrenó Pablo Remón, tenía necesariamente que marcar un fuerte prejuicio a la hora de asimilar su nuevo trabajo. Y hay que reconocer, ya de primeras, que el tono humorístico baja y que la estructura dramática se desvanece en una de las subtramas. Todo ello apreciado dentro de un mundo, un estilo peculiar que convence a un público que va reconociendo las virtudes de este «nuevo» dramaturgo. Los mariachis contiene una virtud extraordinaria plasmada con verdadera sutileza artística, y es haber creado una especie de paralelismo rancio y rural de la supuesta elegancia de los advenedizos urbanos enfangados en las veleidades políticas. Una réplica deshidratada y polvorienta de eso que Sergio del Molino ha bautizado tan exitosamente como «La España vacía». Y el fondo, por lo tanto, va como sigue. Por una parte, conocemos a tres hermanos envueltos en su idiolecto y en la concentración absurda de su microcosmos abultado por ciertas incapacidades para el raciocinio que comparten genéticamente. Sigue leyendo

Vania (escenas de la vida)

Àlex Rigola nos «encierra» con los cuatro personajes principales de la obra de Chéjov, para adentrarnos en la esencia de su angustia

Vania dialoga consigo mismo más allá de sus dramaturgistas. Mientras Daniel Veronese en Espía a una mujer que se mata «encierra» a los personajes del drama en un reducto de apenas unos metros cuadrados; Rigola «encierra» a sesenta espectadores en un gran cajón para toparse con cuatro actores que no renuncian a su nombre y que se aproximan al papel que les toca representar con una engañosa timidez. Lo verdaderamente trascendental de esta adaptación es la búsqueda denodada del poso existencial y, por lo tanto, esa casa de campo rusa, esa dacha luminosa que habitamos, es como un decantador catártico que da cuenta de lo esencial. En aquel 1899 en el que Chéjov publica su Tío Vania, cinco años antes de morir de tuberculosis, se concentran las síntesis del irracionalismo. O acaso no podemos percibir a Kierkegaard, con aquellos dos hombres sumidos en el denominado «estadio estético», buscadores de placer y entregados a la seducción. Sigue leyendo

El minuto del payaso

Luis Bermejo en su, quizás, mejor actuación: un monólogo sobre las vivencias de un clown en horas bajas

el-minuto-del-payaso-18829La abundancia de monólogos en las salas de teatro, justificados más por cuestiones económicas que por razones artísticas, te lleva a un punto en el que inevitablemente comparas y te das cuenta de que la desembocadura es la parálisis. Los actores nos cuentan, más que representar, una historia, un relato, unas veces envueltos en una escenografía espectacular, otras, directamente abrigados con la intemperie. Pero desde el punto de vista de la creación dramática, la repetición de esquemas es una constante. Esto no quita para que se pueda disfrutar, para que uno pueda quedar cautivado por la historia que le cuentan, aunque del teatro uno espera mucho más, como arte que es. El minuto del payaso es comandado por un actor al que los directores tanto de cine como de teatro han encasillado en el personaje tristón, endeble y taciturno. La temporada anterior lo disfrutamos en Jugadores y nos inspiró su interpretación en Magical Girl. Pero en esta obra, al menos, enfundado con esa nariz roja y una peluca extravagante, se permite un destape que nos descubre otras facetas interpretativas de Bermejo. Se percibe todo un pulimiento de los detalles después de tantas funciones, una integración natural de los tics y gestos que ha construido para este papel que, sin duda, lo hace brillar. Sigue leyendo

Jugadores

Jugadores, de Pau Miró, explora los avatares de unos individuos unidos por el póker

Avilés 21/08/2014 Jesús Castejón, Miguel Rellán, Ginés García Millán y Luis Bermejo juegan una peligrosa partida de cartas llena de dramas y fracasos ©FotoMarieta

El juego y la soledad, o viceversa, sintonizan las vidas del profesor universitario, que accede a que su anticuado piso sirva como centro de reuniones, el actor fracasado, el enterrador enamorado de una prostituta ucraniana y un barbero en paro. Pau Miró desarrolla los personajes a través de tramas de alguna manera incompletas, con grandes elipsis que implican excesos narrativos en detrimento de la representación, para centrarse en la inconsistencia vital de cuatro hombres abocados a jugársela mientras la madurez los atraviesa. Nos enteramos de la denuncia que mantiene al profesor suspendido de empleo y sueldo, de que el barbero teme perder a su mujer, de que el actor no encaja en ningún papel y de que al enterrador le gustaría marcharse a Ucrania; pero nada de esto nos hace sospechar hacia dónde se dirige la obra. Ellos poseen los rasgos inequívocos de los jugadores y su constante aproximación al límite, al abismo y al riesgo con que frecuentemente se ganan las grandes partidas. Sigue leyendo