El grito

El sufrimiento de una mujer debido a la negligencia de una clínica de fertilidad sube a escena en un montaje altamente maniqueo

Cuando uno quiere defender una idea o una injusticia y se olvida de que existe no solo un lenguaje artístico, dramatúrgico, sino también un espectador adulto y capaz de atar cabos con inteligencia y madurez; entonces se escribe un texto maniqueo e inconsecuente con las loables luchas politicomorales. La obra de Itziar Pascual y Amaranta Osorio, quienes habían demostrado su buen hacer con Mi niña, niña mía, está repleta de hipérboles, omisiones inverosímiles y explicaciones innecesarias. Y si no fuera porque la productora Pilar de Yzaguirre ha configurado un equipo de profesionales de alto nivel, creo que El grito se hubiera quedado en espectáculo fallido. Vaya por delante que esta historia se basa en un hecho real; pero que eso no es razón suficiente como para exigir ni fidelidades ni verosimilitudes forzadas. El caso es que nuestra protagonista, llamada Aina Lóguez Amat, que es interpretada con viveza y muy buena disposición y credibilidad a lo largo de toda la función —su interpretación es la que mejor sostiene toda la trama— por Nuria García, se ha enamorado de su jefe (y viceversa). Trabajan ambos en una tienda de colchones, a ella la han convertido en empleada con contrato fijo y está enormemente ilusionada. El primer disloque brumoso lo hallamos en el personaje de él, llamado Rubén Torres, y en la caracterización que realiza Óscar Codesido, quien no encuentra una posible naturalidad, pues se ve algo constreñido en un papel que no sabemos cómo tomarlo. Sigue leyendo

Circo de pulgas

La compañía Matarile presenta su nueva obra, un posdrama sobre los raros, los monstruos y los marginados

El tiempo pasa y aún seguimos con lo nuevo, con lo contemporáneo, y con lo moderno. Con la disyuntiva entre lo performativo y el texto. Pero a esto que llamamos posdrama habrá que ponerlo en su sitio de una vez, porque la fórmula está completamente desgastada o, más bien, la han desgastado la publicidad, Youtube, los memes y todas esas combinaciones de dadaístas que tanto nos entretienen mientras nos roban la cartera. El mundo es posdramático y los de Matarile pretenden seguir con esa estética encerrados en un teatro. Dura competencia. El problema, si somos lo suficientemente exigentes, es que esta forma de expresión escénica que se viene abalanzando hacia nosotros desde finales de los sesenta, en la onda del posmodernismo francés vive anquilosada en un esquema redundante. Y el esquema se viene esbozando desde las vanguardias históricas y en el ámbito español con La deshumanización del arte, de Ortega. Sigue leyendo