Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach

Nao Albet y Marcel Borràs han creado otro artefacto cargado de referencias cinematográficas para desarrollar un espectáculo cautivador

Foto de Luz Soria

Si del apabullante artificio que han dispuesto Albet y Borràs, hemos de tomar una referencia inequívoca para poder deconstruir críticamente lo observado, parece evidente que el nombre del guionista y director (y judío, por supuesto) Charlie Kaufman debe salir a colación desde el principio. Este genio ha escrito los guiones de El ladrón de orquídeas (ahí tienen un juego metaliterario sobre la acción de escribir), Cómo ser John Malkovich, otra virguería ontológica, o, la fundamental Synecdoche, New York (tampoco debemos perdernos su última maravilla, Estoy pensando en dejarlo). Desconozco si este autor ha influido a nuestros dramaturgos o si sus efluvios han viajado por otros derroteros hasta llegar a su mollera fantástica; pero las claves esenciales están ahí. Y hablamos de metacine, de la concepción posmoderna de la realidad que imprimió Baudrillard con su idea de simulacro, del cuestionamiento de la verdad auténtica en la conjunción ficcional del teatro y todo un etcétera sobre la teoría metafísica del acto propio de actuar. Si a esto, claro, le sumamos algunos procedimientos como el contrapunto, que indefectiblemente nos lleva por la vía violenta a Tarantino, entonces vamos atando cabos. Porque se nos ha concedido contemplar el frontal y el envés del atraco, con la repetición de escenas, en una coreografía de la confusión que se aclara para tergiversarse en un giro que va más allá de lo que se cree esperar. Sigue leyendo

El ángel exterminador

Blanca Portillo dirige una versión sobre la cinta de Buñuel más festiva y espectacular que surrealista

Foto de Sergio Parra

Hace un par de años asistíamos a una versión de esta misma obra recogiendo el título de aquel cuadro de Gericault, La balsa de Medusa, en el que se inspiró Buñuel; un montaje mucho más coqueto, aunque seguramente más efectivo que este que nos presenta Blanca Portillo. Tanto su perspectiva como la versión de Fernando Sansegundo sobredimensionan el film de 1962 para trasladarlo a la actualidad en un teatro, el Español, en absoluto idóneo para que los espectadores lleguen a adentrarse en la asfixia absurda de sus protagonistas. Para empezar, señalaremos varios hándicaps que entorpecen la función. Primero, los personajes quedan lejos, más de lo debido; puesto que se recluyen tras dos mamparas que el escenógrafo Roger Orra, a quien hay que valorar por el espacio grandioso —todo un salón de diseño contemporáneo, luminoso y amplio—, ha situado en el medio de las tablas y que me parecen un error garrafal por dos razones. Sigue leyendo