Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero

Àlex Rigola aborda la cuestión de la muerte con otra performance deslavazada en la estética de la autoficción

Ya no queda más remedio que quitarse el velo, apartar los marbetes esplendorosos, disolver las estelas del éxito y contemplar críticamente el suceso más allá del empaquetado, más allá del prestigio de La Abadía y más allá de la puesta de largo del 38º Festival de Otoño. Àlex Rigola ha emprendido un camino estético que ya se ha rastreado por esta página con su Vania, con su Enemigo para el pueblo y con esa función un tanto insignificante que se expuso hace unos meses sobre La gaviota, donde ya se intuía claramente que la senda recorrida no daba ya para más. Pero hete aquí que el dramaturgo quería quemar todas las naves de la autoficción y la puesta en escena rácana a más no poder. Ya directamente la representación teatral, lo de la propuesta dramatúrgica e, incluso, la ficción, quedan reducidos a la lectura y a la confesión con ínfulas sublimes. Mutatis mutandis, si cambiamos la sala de La Abadía por un palacio de congresos o un centro de eventos y anunciamos que ahí se va a discurrir acerca de cómo afrontar la muerte, pues pasaría por un acontecimiento divulgativo con aire conciliador. Puede que esta comparación resulte exagerada; no obstante, más exagerado puede resultar que tengamos que seguir considerando teatro todo aquello que transcurre en el recinto denominado teatro. Sigue leyendo

Ante la jubilación

Se nos queda algo anticuado en su trascendencia ética el valorado texto de Thomas Bernhard que dirige Kristyan Lupa

Foto de Felipe Mena

Esta obra es un claro ejemplo de que algunos acontecimientos teatrales requieren un público idóneo para completar el proceso de ida y vuelta. Así, Ante la jubilación se observa desde el Madrid de 2018 como una tragicomedia desencajada de la historia y descontextualizada. Digamos que no nos dice tanto como debiera, porque nosotros no estamos «contagiados» por el zeitgeist alemán. No estaría mal desenmascarar a un magistrado franquista blanqueado por nuestra joven e imperfecta democracia sin separación de poderes. Que al ministro Filbinger, un auténtico hipócrita, se le descubriera su pasado como juez nazi tiene su punto, y permite una inspiración dramatúrgica que entronca con una sociedad aún en proceso de transformación, allá por 1979. Nos situamos el día 7 de octubre, aniversario de la muerte de Himmler. Como todos los años, Rudolf celebra una cena, y este no será distinto. Durante más de tres horas asistiremos a una cotidiana secuencia, densa en algunos momentos, para diluir una atmósfera entreverada de patetismo y drama, de cínico humor soterrado en la evidencia de una manifestación entre macabra y cutre, nostálgica de una estética y de una visión del mundo que pudo acabar con los fundamentos de Europa. Sigue leyendo