La extinta poética

Alegoría sobre la descomposición humana a través de una familia dominada por los ansiolíticos

La Extinta PoéticaEn una inversión de los papeles tradicionales, es la novia, inquieta y solitaria, quien espera al futuro esposo con su blanco vestido algo arrugado. Regresan Eusebio Calonge y Paco de La Zaranda, pero esta vez para movilizar o ser movilizados por la compañía Nueve de nueve, para presentarnos a una familia paradigma de la descomposición social de nuestros días. Como suele ser habitual en sus modos de trabajo, la falta de un argumento concreto propende a la abstracción de los personajes y, en este caso, se ha incidido de forma pesimista y caricaturesca en ciertos modos de vida, exagerados, desde mi punto de vista, y hasta estereotipados. Puesto que no es una familia concreta, sino el símbolo de una masa empastillada ─de hecho, así se presentan sus miembros, encerrados en el círculo vicioso de los efectos secundarios que son paliados por otras pastillas, y vuelta a empezar (no hay remedio definitivo)─ parece que el prisma desde el que se aproximan es el de la pura desolación, el de aceptar que esta sociedad nuestra es pura enfermedad, pura grosería de la que nada se puede esperar. Discurso bastante asentado en ciertos sectores culturales y sociales, principalmente de generaciones provectas, que parecen abrumados por la estética del espectáculo soez. No estaría mal que abrieran más los ojos y los oídos, y que apartaran con su inteligencia esas tupidas capas de estulticia; descubrirían que la sensibilidad, la excelencia y el gusto siguen ahí. Por lo tanto, detecto una tendenciosidad que evita redondear el complejo entramado metafórico que debería enhebrarse. Si el padre, la madre y la hija viven sometidos por sus padecimientos y por esa abulia galopante que ocupa un devenir sin sentido; la hermana deficiente, lanzada a escena a través de una grúa hospitalaria, como una cigüeña sin rumbo, parece poseer un alegato, formado de insinuaciones. Puedo entender cómo, a pesar de sus dificultades motoras o de su disartria, intenta avanzar ─cuando paradójicamente el resto se ralentizan narcortizados─ en una especie de lucha titánica; pero no que se autodenomine Ofelia, una inocente Ofelia, frente a las malas bestias. ¿Hasta qué punto es necesario que se exprese así, cuando ya es suficientemente potente como cuerpo en plena metamorfosis lírica hacia el baile del cisne? Digamos que la obra posee una estructura paralela si nos fijamos en los caminos de las dos hermanas. La que pretende casarse, Carmen Barrantes, con sus auriculares anestesiándola o excitándola en un baile perpetuo que es capaz de sostener hasta esputarnos angustia, va de cabeza a su boda. Los preparativos son de una podredumbre pasmosa: observar a la madre, Laura Gómez-Lacueva (casi una yonqui en la desmemoria de su rutina), preparando su vestido desde una tela florida, cual cortina de salón antiguo, rememorando el fulgor poético de su matrimonio, recurriendo, ahora con inevitable sarcasmo, a Neruda («Me gusta cuando callas porque estás como ausente…»); o contemplar al padre, Rafael Ponce (ejemplo de cochambre), embutirse en un traje sacado de cualquier sitio, son puro esperpento. Lástima que la fracasada celebración nupcial no se desarrolle más (el humor se vertebra mejor y dinamiza el espectáculo), a cambio de reducir una primera parte excesivamente lenta y falta de atractivo más allá de la presentación de los personajes. Por el lado de la muchacha retrasada, ella, también, como Ofelia, ha caído en desgracia, aunque Ingrid Magrinyà representa cierta pureza que le permite mantenerse en contacto con la «extinta poética» que de alguna manera nos une culturalmente, a la forma nietzscheana, con nuestros instintos primitivos, con lo dionisiaco, antes de ser subsumidos por la maquinaria de eso llamado progreso. La actriz ofrece una meritoria actuación en cuanto a sus destrezas corporales (insuflada por el ritmo de Kylie Minogue), tanto en lo espástico como en la plasticidad de su ballet. Bien, pues, estas dos tramas, creo que deberían estar más cohesionadas conceptualmente; si no, es cuando se cae en el mero maniqueísmo de presentar la fealdad de los urbanitas asfixiados por el ritmo inhumano frente a la poiesis en su sentido excelso.

Si comparamos el texto de Eusebio Calonge que presentó la temporada anterior, El grito en el cielo, con La extinta poética, podemos observar cómo su estilo, sus inquietudes y esa mirada acibarada de la vida continúan presentes; pero en esta ocasión pienso que su propia dinámica de trabajo no ha logrado que los diversos elementos en juego condensen una alegoría mayor y que esa comicidad expelida de lo serio se concatene con más brío. Hay que darse cuenta de que no venos a unas personas, sino a su esencia degradada por los usos contemporáneos, sean estos individuos más culpables o no de caer en esa rueda demoledora de la cotidianidad tecnológica (a veces cuesta mucho salirse por la tangente), que permea hacia fuera a través de cuerpos, gestos y miradas sumidos por la moribundez espiritual. Se nos muestran como extraídos de un cómic de Robert Crumb, donde lo grotesco, el griterío y toda esa animalización valleinclanesca, pueden producir un estimulante desagrado en muchos espectadores. Al día siguiente de su estreno en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español, se presentaba en Tribueñe La rosa de papel, y uno comprende cómo los vasos comunicantes de la dramaturgia que busca ir más allá siguen vivos.

La extinta poética

Autor: Eusebio Calonge

Dirección: Paco de La Zaranda

Reparto: Carmen Barrantes, Laura Gómez-Lacueva, Ingrid Magrinyà y Rafael Ponce

Espacio escénico: Paco de La Zaranda

Diseño de iluminación: Eusebio Calonge

Coordinación técnica: Carlos Samaniego

Producción técnica: Hernán Romero

Espacio sonoro: Torsten Weber

Fotografía: Bruno Rascão

Diseño de publicidad: Víctor Iglesias

Comunicación y prensa: Lemon Press

Producción ejecutiva: Kike Gómez y Padam Producciones

Teatro Español (Madrid)
Hasta el 18 de diciembre de 2016

Calificación: ♦♦♦

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