¿Quién es el Señor Schmitt?

Sergio Peris Mencheta dirige a Javier Gutiérrez y a Cristina Castaño en una comedia que mezcla géneros como el teatro del absurdo o el suspense

El programa de mano ya lo deja claro: «…una obra meramente existencialista, prescindiendo de filosofadas metafísicas…». Una forma sofisticada de reconocer que lo presentado es para todos los públicos; aunque el marchamo que arrastra Peris-Mencheta en los últimos tiempos va por otros derroteros, no tenemos más que fijarnos en Lehman Trilogy o en La cocina. Digamos que este texto firmado por el francés Sébastien Thiéry me parece lingüísticamente ingenioso, pero vacío y redundante, si lo que esperamos es atisbar algo que vaya más allá, como ocurría con los claros antecedentes literarios de los que bebe; es decir, Ionesco o Sartre. ¿Quién es el Señor Schmitt? es un montaje que se expone descontextualizado respecto de un ambiente social o político. Es un divertimento de equívocos absurdos, en una realidad que se agota enseguida, porque la trama es unidireccional. Nada kafkiano a lo que asirnos para que el misterio o la incongruencia de la vida dialoguen con lo que observamos. O sea que el juego se pone en marcha con una llamativa interrelación entre el aviso ―con la voz del director en plan bien agresivo (no queda otra)― para que el respetable apague su maldito móvil y la propia acción de la obra, donde suena un teléfono que no debería hacerlo, pues la familia Carnero carece de él. Enseguida entendemos que Javier Gutiérrez se acoge a ese tono furibundo que domina tan bien y que lo hermana con José Luis López Vázquez, y que se lo hemos visto desarrollar mucho más en el cine (véase Campeones) o en la televisión (por ejemplo, Estoy vivo), donde prima su vertiente de perdedor; que en el teatro, donde ha demostrado en su dilatada carrera que es un actor con múltiples registros y matices (sirva recordar Los Mácbez). Sigue leyendo

La fuerza del cariño

Lolita y Marta Guerras se ponen al frente de una adaptación algo complaciente que firma Magüi Mira

No paramos de encontrarnos versiones teatrales de obras que se han hecho verdaderamente populares en el cine. Este es otro caso más de aquella cinta tan oscarizada que dirigió James L. Brooks en 1983 (con un guion que él mismo realizó a partir de la novela de Larry McMurtry). Es luego cuando el dramaturgo Dan Gordon, en 2007, la convierte en libreto. En el imaginario y en el recuerdo de muchos espectadores estará la mentada película, y rápidamente considerarán que la intervención de Magüi Mira adquiere otro cariz muy distinto. No es plan de establecer todas las diferencias, y lo adecuado será juzgar lo que vemos en el Teatro Infanta Isabel. Y lo primero es que el ritmo lleva los sones del rock and roll y que sobre esa ola cabalga alocadamente Marta Guerras, una Emma porrera, insensata e incapaz de mantener una conversación seria y comedida con su amadísima madre. Hay que reconocer y afirmar tajantemente que la actriz va ganando en agilidad escénica y aquí está excelente con esa habilidad que tiene para hablar rápido y gesticular tan expresivamente. Ya dejó una fantástica sensación con su anterior trabajo, Mecánica, y aquí vuelve a demostrar que es una interprete muy sagaz, muy suelta y con una gran capacidad para tocar la fibra sensible. Yo creo que en esta propuesta arrastra mucho el protagonismo hacia sí, a pesar de que el público vaya a prestar una atención preponderante en Lolita. La veterana actriz posee un atractivo innegable y, además, en las últimas temporadas está encadenando también buenas actuaciones (véase Fedra). Sigue leyendo

Lorca, la correspondencia personal

Juan Carlos Rubio pone en marcha un montaje que aprovecha excelentemente los textos más personales del poeta

Foto de Gerardo Sanz

Con el Año Lorca en Madrid de este 2019 para conmemorar la llegada del escritor a la capital de España, los espectáculos a los que hemos podido asistir han sido varios y por eso, quizás, el enfoque se distorsiona y la sorpresa se devalúa. Puedo recordar El sueño de la vida, un montaje que partía de la obra inacabada Comedia sin título, de la que aquí resuenan esas famosas palabras del preámbulo. Pero lo que vamos a observar sobre las tablas del Lara, se puede relacionar más estéticamente con una propuesta llamada Federico hacia Lorca, de La Joven Compañía, que estuvo a cargo de Miguel del Arco, y que también buscaba trazar un itinerario biográfico del poeta. Y por añadir una función más, en gran medida, se puede vincular a Los amores oscuros, aquel espectáculo entreverado de música y cante que se adentraba en sinuosidades más morbosas. La tendencia parece, es incidir en una especie de hagiografía repleta de subjetividad y de lirismo, en un constructo etéreo y sacrificial, alegórico hasta la náusea. Lorca como panoplia de símbolos incuestionables del teatro, de la poesía y de la libertad creativa, una vez consiguió expurgar sus demonios en torno a la homosexualidad. Ciertamente, Juan Carlos Rubio ha elaborado un mosaico de fragmentos lorquianos a través de su correspondencia y de algunas interpolaciones de obras teatrales y poéticas, que se nos muestra de manera muy atractiva y que al oído resuena con hermosura y fluidez. Sigue leyendo

La culpa

El último texto del norteamericano David Mamet es un breve ejercicio dramático con tintes religiosos y poco fuste

Foto de Sergio Parra

Debemos recordarnos permanentemente que el autor firmante de esta obra es el mismo que, entre las más recientes en nuestra escena, ha escrito Oleanna o Muñeca de porcelana. ¿Cómo es posible que un experto en trabar conflictos morales a través de diálogos absolutamente medidos en forma, fondo y ritmo haya cometido este desatino? La culpa, en inglés The Penitent (si se hubiera traducido literalmente, probablemente se hubiera afinado más con la intención; pero hubiera perdido gancho comercial. Acierto de Bernabé Rico. Buena versión, en general), apenas se resuelve en una hora y cinco minutos; un visto y no visto. Y precisamente, su brevedad es un lastre; porque las elipsis son excesivas y luego no queda más remedio que explicar lo que debería resultar patente en un desarrollo teatral lógico, donde se muestre la vivencia de esos personajes. David Mamet pretende unir, por un lado, el drama psicológico con el atisbo del thriller; y, por otra parte, interrelacionarlo con cuitas religiosas que se esbozan tan tímidamente, que no es posible considerarlo como un verdadero leitmotiv de la trama. Además, de ello, se intenta aderezar con ínfulas de proceso kafkiano y con acusaciones de homofobia. Entonces, con estos ingredientes, ¿qué falla? Insisto, falla el oxígeno, el vuelo del argumento y ese punto de desvelamiento casi palmario que nos evite la explicación de lo casi evidente. Sigue leyendo

El mago

Juan Mayorga firma y dirige esta obra sin fundamento ni enjundia sobre una mujer hipnotizada

Foto de marcosGpunto

Cuesta creer que un autor como Juan Mayorga considere que su nuevo texto está listo para subir a las tablas. Si no fuera porque es un dramaturgo experimentado y exitoso, diríamos que El mago está firmado por un bisoño. ¿Qué se ha pretendido plasmar en esta comedia? En principio, nada trascendente y tampoco nada entretenido. Contamos con Nadia, una mujer que acaba de llegar a casa y, por lo visto, ha sido hipnotizada en un espectáculo de magia. A partir de ahí, al espectador se le envuelve con toda una serie de explicaciones de cada situación que va ocurriendo. Por ejemplo, dar por hecho ―y convertirlo en un hilo narrativo del que tirar―, que ella (una doble, se supone) permanece aún en aquella función, subida a un estrado, junto a otras dos chicas; mientras ejecuta todas las instrucciones del hipnotista y que la susodicha materializa disciplinadamente y por duplicado. La coyuntura se alarga con diversas cuestiones paradójicas y fantasiosas, evidentemente, que se encauzan por los derroteros de un absurdo suave y que debería provocar la carcajada. No es así, puesto que cada paso está flanqueado por diálogos que pretenden justificar lo que vemos ―por increíble que sea―, en lugar de permitir su vuelo y su agilidad. Sigue leyendo

Lehman Trilogy

Una complaciente mirada sobre los famosos banqueros en un espectáculo musical dirigido por Sergio Peris-Mencheta

Foto de Sergio Parra

La crisis se ha terminado porque Grecia ha dejado atrás su rescate. La democracia resurge en su cuna y aquí no ha pasado nada. Esto parece que es lo que se nos quiere transmitir en la prensa de los últimos días. Por eso, el Lehman Trilogy de Peris-Mencheta me parece un show demasiado complaciente con la historia de unos banqueros que se inmiscuyeron en cada una de las grandes decisiones que tomó Estados Unidos durante el siglo XX. Y que, incluso, se pueden considerar los promotores de una forma de vida de la que todos somos deudores en la actualidad. En forma de musical, el cuentecillo se disfruta más y entra suave en nuestras conciencias, tan acostumbradas a esa esquizofrenia que nos sitúa en disposición de admirar a los tipos que nos van a esclavizar. Es el enajenamiento por la picaresca, por la astucia. Es envidia, al fin y al cabo, por el triunfo hacia los cielos del poder. Por eso, en gran medida, esta trilogía termina por reírse de nosotros; puesto que una obra de más de tres horas, que podría servirnos para comprobar las distorsiones no ya del propio sistema (si asumimos, entre otros aspectos, la acumulación originaria de capital y el subsiguiente amasamiento de pasta en manos de unos pocos); sino del uso torticero y criminal de sus principales adalides. Sigue leyendo

Consentimiento

Un drama de parejas donde la validez de la justicia se pone a prueba en una indagación de las insidias humanas

Foto de marcosGpunto

El envoltorio de comedia ajustada a los cánones más que manidos de la lucha entre sexos que Nina Raine ha utilizado para indagar en el alma humana, está cargado de trampas y es conveniente no caer absolutamente en ellas. Señalemos que la estructura fundamental está compuesta por dos matrimonios con hijos y otros dos individuos dispuestos a entenderse amorosamente. El primer truco de la dramaturga es cargar las tintas sobre los varones. Ellos son personajes redondos, complejos en la simpleza de esos machos estereotipados que ya no deberían engañar a ninguna fémina. Tipos con poder, pertenecientes al mundo judicial (abogados, fiscales), encantados con su cómoda vida familiar convencional, adornada por las inexcusables aventuras. Seres que en el fracaso sacan la furia y el lloriqueo de unos púberes malcriados. Ellas, sin embargo, no sobredimensionan su esbozo. Así, María Morales (Raquel) es un «poco» abogada, apenas aporta su visión del asunto cuando tiene oportunidad; pero su papel no tiene demasiado recorrido. Su interpretación mantiene la solidez habitual. Sigue leyendo

Sensible

La autodestrucción de una mujer comida por los celos en un drama que aúna teatro y danza

Por mucho que se insista, es muy complicado considerar la novelita epistolar de Constance de Salm, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, publicada en 1824 —aunque la hubiera estado escribiendo diez años antes—, como una cumbre literaria del Romanticismo. Primero porque la explosión de emotivismo y sufrimiento agónico de una aristócrata devorada por los celos, se consume en la reiteración de unas cartas, muchas de ellas, exageradas, pueriles y hasta insensatas —muy propias de ese movimiento estético. Segundo, porque posee un final de cuento de hadas estomagante. Entonces, ¿qué ha visto Juan Carlos Rubio en esta colección de textos para lanzarse a crear un espectáculo como Sensible? Pues seguramente el desgarro, el impulso y lo abisal. Que no es poco como motor, aunque puede ser, por lo comentado, insuficiente encima de un escenario. Pero hay que felicitar al director por las decisiones que ha tomado en su versión; puesto que ha mejorado la obra original y su persuasión con creces. Sigue leyendo

El cíclope y otras rarezas de amor

Ignasi Vidal firma este enredo coral y algo naíf sobre las relaciones de individuos en crisis

Foto de David Ruiz

El buen sabor de boca que nos dejó El plan era razón suficiente para esperar un texto bien trabado en la nueva obra de Ignasi Vidal. Pero la decepción llega enseguida, porque el lenguaje que emplean sus personajes es, por una parte, manido y, por otra, inverosímil. Se le quiere dar a la función ese aire cinematográfico propio de las comedias románticas americanas que nos llevan atufando durante todas estas décadas, y que juega al encaje de diversas historias en un panorama coral. Ya se sabe, hay que hacer coincidir a unos con otros para que dé la impresión de que el mundo es un pañuelo, un microcosmos lleno de magia y encanto. Así nos encontramos con una decena de piezas, de situaciones concretas que se van cerrando para dar paso a otras hasta que se configura el tejido circular. Sigue leyendo