Siglo mío, bestia mía

El texto simbólico de Lola Blasco sobre un viaje interior se realza con la escenografía acuática de Marta Pazos

Foto de Luz Soria

Que nadie pregunte por qué todo un Premio Nacional de Literatura Dramática en 2016 debe esperar tanto para representarse como corresponde. Lola Blasco viene de presentar su peculiar visión de Mujercitas, y ahora se introduce en su propia obra como actriz. No será fácil para el espectador encontrar las claves propicias para comprender el texto; porque es un teatro simbolista que se aproxima hacia un campo onírico, a través de una utopía, de un no lugar que irremediablemente deberá ser el Mediterráneo. No alcanza el surrealismo; pero sí cierto cripticismo que requiere descodificarse. Encontramos tres fragmentos muy significativos, líricos, potentes, demarcadores de los objetivos primordiales de la dramaturga. Un cuaderno de bitácora intercalado entre las ocho escenas en el que descubrimos pistas fundamentales. Del primero escuchamos (leemos): «Esbozar una sonrisa cuando has dejado descendencia en este mundo produce terror. Tengo una hija». «Estoy escribiendo la historia de un viaje. Mi viaje. Mi siglo. Mi bestia. Es la historia de un viaje y también un alarido, un desamor, una derrota». El problema quizá sea, desde mi punto de vista, que Marta Pazos ha decidido que Blasco se presente en modo Beyoncé rubia a cantarnos y a pasear con baile sugerente, rompiendo el dramatismo brumoso que se ambienta desde el inicio, y, así, el contenido de su bitácora se desvanece. Sigue leyendo

Tribus

La sordera y el lenguaje se convierten en protagonistas de esta obra de Nina Raine, dirigida por Julián Fuentes Reta

Foto de marcosGpunto

Creo que es una coincidencia que la obra de Nina Raine, Tribus, estrenada en 2010, lleve el tema de la sordera de una forma tan gustosamente conflictiva; y que una película titulada The Tribe (2014), del ucraniano Miroslav Slaboshpitsky, apueste por la radicalidad de plantarnos un film sin subtítulos donde sus protagonistas son sordos y se expresan en lengua de signos. Las tribus ofrecen un falso confort mediante un exigente pago de pleitesía. La libertad queda demediada y los límites aquilatan cada una de las acciones de sus integrantes. Viene esta obra a chocar con un contexto, el de nuestro presente, que ha dejado a todas esas personas con graves dificultades de audición, que aprovechaban la lectura de labios, en una situación penosa. Pienso, por ejemplo, en ese alumno con sordera acuciante que tiene a su profesor enmascarado en un instituto corriente (da la risa, cuando al Ministerio se le llena la boca al defender inclusión). Caso loable, y aparte, es el Ponce de León en Madrid, donde los oyentes y los sordos conviven en la configuración de la normalidad. Por otra parte, en los últimos tiempos no han faltado nuevos enfrentamientos teóricos desde la concepción del capacitismo o casos peculiares como el de aquellas lesbianas sordas que con premeditación buscaron descendencia también sorda. Por otro lado, en la disputa constante de las lenguas en España, parece que la de signos (con sus distintas variedades regionales) no cuenta; si bien, es cierto, que es empleada por esta comunidad en un porcentaje bajo. La mayoría usa la lengua oral. En nuestro país hay más de un millón de ciudadanos sordos (el setenta por ciento, mayores de 65 años). Sigue leyendo

Los días felices

Fernanda Orazi se pone en las manos de Pablo Messiez para darnos una clase de interpretación en esta adaptación del Beckett más simbólico

Foto de marcosGpunto

Los días felices de Samuel Beckett puede ser una obra de lo más sencilla; aunque si nos empeñamos en la sobreinterpretación puede resultar tan abstrusa como deseemos. Lo que sí parece evidente es que el texto sigue conteniendo un discurso potente y actual en grado sumo, de hecho, ahora mismo es casi clarividente. Eso sí, hemos de reconocer que su dramaturgo redujo al límite las posibilidades espectaculares y, esa circunstancia, es lógico, provoca que todos aquellos que desean poner sobre las tablas su propia adaptación lo tengan extremadamente difícil para llamar la atención a todos aquellos que conocen la obra. Aun así, Pablo Messiez ha conseguido ofrecernos un montaje preciso, donde todo el peso recae en una interpretación exquisita de Fernanda Orazi. Su Winnie está lanzada por una alocución remarcada en pausas sincopadas, en gestos del rostro medidos, en una expresividad de los brazos que muñequizan a la protagonista, y que se adentra en una logorrea abusada por la reiteración. En la adaptación del argentino Messiez le ha dejado a su actriz que mantenga su acento porteño y le ha concedido algunos dichos que, en cierta medida, a nuestros oídos, potencian irónicamente el estereotipo neurotizante y parlanchín que solemos atribuirles. En el primer acto, una insoportable rutina se desgrana con el hálito del entusiasmo. Inmovilizada de cintura para abajo, encastrada en un montículo de escombros y la sensación, como así será, de que todo puede ir a peor. La vida misma y la vejez consiguiente, la existencia misma y el sufrimiento. Sigue leyendo

Como una perra en un descampado

Clàudia Cedó nos entrega un texto teatral sobre su propia experiencia en su embarazo desgraciadamente fallido

Foto de Kiku Piñol

La medicina y la higiene han avanzado tanto que ya nos hemos olvidado de todos esos niños que hasta hace bien poco se morían al nacer (y sus madres, a veces, también). Que aquello fuera habitual y ahora altamente excepcional ―según afirman las estadísticas―, destina a los futuros padres a tensiones indecibles; pues vivimos bajo una atmósfera de inmortalidad. Nos han sobrevenido miedos antes inexistentes, pues la vida te exponía a situaciones en apariencia inevitables. Clàudia Cedó ha decidido convertir en drama su experiencia personal (sobre un tema parecido se lanzó Gemma Brió con su exitoso Liberto), ese momento en el que se llega a un punto de no retorno, a esos cinco meses de embarazo en los que el líquido amniótico ha desparecido y continuar con el proceso supone un altor riesgo para el bebé. ¿Qué hacer? Este hecho trascendental, duro y moralmente controvertido es explotado con maestría para destinarnos al instante de la agonía. O, al menos, así parece en los primeros compases del espectáculo; porque después, una trama paralela poco fructífera y la falta de hondura en la indagación de la pareja, desinflan el montaje. Primeramente, es conveniente destacar la escenografía de Max Glaenzel, un descampado que inunda toda la tarima de la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán, con el público pisando esa arena sucia ahíta de cachivaches (un capó destartalado, ruedas abandonadas, cajas descompuestas y aparatos estropeados). Estar metidos tan adentro en el espectáculo nos aproxima a ese mundo onírico y tenebroso al que se nos anima a participar. Sigue leyendo

Jerusalem

Pere Arquillué encarna a un desastrado anacoreta en un montaje dirigido por Julio Manrique en el Teatro Valle-Inclán

Foto de David Ruano

Si descodificamos todos los símbolos de esta alegoría es probable que caigamos en la tentación de interpretar la obra como un relato bíblico. En parte, posee un andamiaje que inequívocamente va por esos derroteros religiosos; pero tenemos mucho más, porque la fantasía pagana se imbrica como un contendor de literaturas que nos llevan desde la Odisea hasta Un monstruo viene a verme (no es que sea una influencia, sino que más bien podemos encontrar un paralelo reciente) pasando por la materia de Bretaña, Chaucer, Rabelais, Cervantes, los hermanos Grimm y un larguísimo etcétera que se rinde a la imaginación desmedida y maravillosa. Por otra parte, cómo no descubrir una crítica acibarada a los desastres de la crisis económica ―el estreno data de 2009― en esta Inglaterra preBrexit, donde los chavs buscan sus vías de escape a través de las drogas, el alcohol, la fiesta y, directamente, la nada, antes de volver al curro (si es que lo tienen). Jerusalem ―en referencia al famoso poema de William Blake, todo un himno para los ingleses―, también contiene buenas dosis de Babilonia, como bien establece san Agustín en La ciudad de Dios. La confusión y el refugio se concitan en el medio de ese bosque habitado por un espécimen icónico en demasía. Allí está apostada la cochambrosa caravana de Johnny «El Gallo» Byron, con todos sus enseres repartidos por doquier como si aquello fuera un preludio de vertedero ―Alejandro Andújar se ha afanado para crear una escenografía repleta de cachivaches que nos entretienen visualmente como pequeñas sorpresas―. Sigue leyendo

Man Up

Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez dirigen este desenfadado espectáculo sobre las nuevas definiciones de masculinidad

Foto de marcosGpunto

De un tiempo a esta parte, en consonancia con la última ola del feminismo y el propio devenir de los tiempos de paz y de consumo en Occidente, se habla de las nuevas masculinidades. Pensamiento este, dirigido a una suerte de hombres (¿todos? ¿o solo aquellos que pertenecen a esa seudoclase media de profesiones liberales o poco rudas?) que deben aflorar sus emociones escondidas, su empatía subyacente y sus sentimientos amorfos en esta feria de las vanidades low cost. Sigue leyendo

Celia en la revolución

La novela inconclusa de Elena Fortún ha sido adaptada para el teatro con una dramaturgia algo ingenua

Foto de marcosGpunto

Aunque el tiempo pase, no hace falta más que indagar en el imaginario sentimental de nuestros antepasados más próximos para comprobar el efecto que produjo en su momento la lectura de aquellos libros que tuvieron a Celia como protagonista y a Elena Fortún como su autora. La importancia de las primeras lecturas en una persona marca direcciones, hábitos y recuerdos verdaderamente indelebles. La recuperación de la novelista se puede palpar, por ejemplo, en el renombramiento de la antes conocida como Biblioteca Pública de Pacífico y, ahora también, con esta adaptación teatral de aquella obra inconclusa con la que pretendió zanjar la serie; y con un montaje dedicado a su biografía que verá la luz en los próximos meses. Pero la cuestión, creo, a la hora de valorar la propuesta que podemos ver en la sala grande del Teatro Valle-Inclán, no debe radicar en la conjunción de los elementos extraliterarios, ni en lo que ha supuesto para España la guerra civil que aún colea; sino en lo que artísticamente se ha logrado manifestar. Y es que la dramaturgia es tan ingenua como la protagonista. Llevar esta historia, que básicamente transcurre durante el periodo del enfrentamiento fratricida, hasta las dos horas y con un ritmo moroso, lleno de diálogos explicativos en demasía, nos hace pensar hasta qué punto es un texto adecuado para trasladarlo a escena con un público masivamente adulto en las butacas. Sigue leyendo

Las bárbaras

Lucía Carballal ha escrito un texto sobre esa generación de mujeres que rondan los sesenta en el autoexamen de su vida

Foto de marcosGpunto

Viene muy a cuento uno de los últimos artículos del novelista Alberto Olmos titulado «Pero, ¿qué tenéis todos contra las amas de casa?». Y no, ninguna de las protagonistas de esta obra lo es en puridad. Lucía Carballal ha puesto su mirada de dramaturga en tres mujeres que rondan los sesenta años. La autora ya se ha convertido en una fija de la escena teatral española. En los últimos años ha encadenado, entre otras, Los temporales, Una vida americana o La resistencia, y ha demostrado, ante todo, ser una gran constructora de diálogos. Las bárbaras se adentra en un mundo femenino muy particular y es el de aquellas que han podido vivir «plenamente» en libertad, que han podido escoger y tomar sus propias decisiones sin el tutelaje o la imposición de sus padres (ni de sus maridos). Principalmente, es un texto que nos invita a la reflexión y que se sostiene por una estructura muy sencilla; aunque con una premisa un tanto naíf y hasta traída por los pelos. Porque resulta que Bárbara, una joven arquitecta de treinta y cinco años ha fallecido apenas hace seis meses. Había sido una chica íntimamente relacionada con las tres protagonistas, pues trabajaba en el estudio de una, era sobrina de otra y la tercera terminó siendo su confidente y su albacea. Empujadas por el dolor, por el misterio de un plan aún no desvelado y por el momento adecuado en sus vidas, acuden al Hotel Juventud ―José Novoa se ha encargado de que escenográficamente los detalles vintage, con tonos madera, sillones sinuosos, pinceladas minimalistas y sicodélicas, nos trasporten a los setenta―. La cantante María Rodés, de voz candorosa, tímida y delicada, canta versiones de Mari Trini («Yo no soy esa») o de Alaska. Su presencia es fantasmal y juega a evocar a la fallecida, y me parece una lástima que no se potencien más las situaciones de equívoco. De alguna manera, Bárbara les lanza el examen del feminismo actual (con sus palabros de coaching flower power tan cursis) y la autora aprovecha para lanzar algún dardo irónico y crítico sobre el propio movimiento en sus devaneos teóricos. En cualquier caso, el meollo del argumento, más allá de la trama que se quiere vertebrar y que resulta un poco fantasiosa, es la conversación de las amigas. Veremos que la lección, creo, es tan sencillo como expresar aquello de que la práctica vital, el devenir de los años, resitúa e, incluso, anulan o matizan el anhelo impetuoso, las presuposiciones, los proyectos y todas esas proclamas rebeldes que impone la soberbia de la adolescencia. Las paradojas se sirven en bandeja de plata y quien esté libre de pecado ya sabe. Insisto, como vamos a escudriñar, que no hablamos de todas esas mujeres que quizás han alcanzado, aunque sea tímidamente, su particular áurea mediócritas. Que han encontrado una posición acomodada entre la realización personal ―sin llegar a éxitos mediáticos, ni cimas de grandiosidad―y el candor familiar. ¿No es una trampa del capitalismo rampante chinchar a las mujeres para que se pongan a competir como algunos hombres por una supuesta victoria laboral que tan solo deja réditos económicos y efímeras estelas de admiración envidiosa? La más poderosa en su disposición, la más escurridiza y cínica también, la que soporta mejor su discurso aceptando, sí, las grietas; pero negando la mayor, es Susi, interpretada por Ana Wagener con la dureza imponente que sabe imprimirle a su personaje. La que iba a ser una concertista de piano estratosférica, lo mandó todo al traste cuando se casó con otro pianista igualmente esplendoroso (elegir pareja es absolutamente determinante y nadie puede negar, ahí están los datos, que cuenta la altura, la belleza, la edad y el estatus socioeconómico y que este último, en el caso de muchas mujeres, se puede sobreponer a todo lo demás) que sí haría carrera mundial y con el que tendría dos hijos (que no los quiere tanto como se supondría). ¿Lo dejó por él? No, lo hizo porque se hartó, porque tocar el piano ya no le hacía feliz. Es decir, pudo optar (pudo equivocarse). El clasismo es tónica general en la dialéctica de estas damas. La música clásica otorga aura de alta cultura, de la misma forma que ser la arquitecta más renombrada de España, y más famosa (portada de El País Semanal). Mona Martínez adopta una línea decadente y melancólica con su Carmen, que se transforma en esperanza cuando anuncia su pretensión de ser madre. Mantener un estudio de arquitectura durante la crisis fue una tarea muy dura y al final ha llegado el cierre. Si, además, la que podría haber realizado las tareas de hija adoptiva se te muere, pues es normal que un vacío anide en el estómago que debe ser llenado con algún proyecto ilusionante. El egoísmo y esa sensación autoimpuesta de que si no se logra el combo virtuoso (sean los hijos, el marido fantástico, el trabajo exitoso y el reconocimiento social o lo que se quiera añadir) va a suponer una insatisfacción sofocante. Por eso resulta muy interesante en el reparto de los equilibrios el papel que interpreta Amparo Fernández. Apocada, pero satisfecha. Infravalorada por sus amigas; no obstante, con un pragmatismo más llevadero. Encarna es una administrativa, una abuela persistente (y «esclavizada») que ama a sus nietos, a los que duerme todas las noches a través de una videoconferencia. No sobresale por sus conocimientos, por su cultura o por sus logros extraordinarios. Ella ha vivido para los demás con tanto empeño que una discusión con su hijo le ha provocado una alopecia nerviosa. Más paradojas que el feminismo ambiciona acotar con respuestas y directrices imposibles de llevar a una realidad compleja. Carol López dirige esta propuesta con mano invisible, dejando que las chichas demuestren su profesionalidad. Las bárbaras es una obra de teatro que interesará más a esas mujeres que por edad y por experiencia vital ―que son las que suelen ir a estas salas―, se vean reflejadas en lo que se cuenta. Aunque los marcos referencia están un tanto acotados en una minoría; sí que nos valen como ejemplo verosímil de la falibilidad de unos seres humanos bandeados por las cuitas del deseo.

Las bárbaras

Autora: Lucía Carballal

Directora: Carol López

Intérpretes: Amparo Fernández, Mona Martínez, Ana Wagener y María Rodés

Música: María Rodés

Escenografía: José Novoa

Iluminación: Pedro Yagüe

Vestuario: Antonio Belart

Ayudante de dirección: Xus de la Cruz

Fotografía: marcosGpunto

Diseño de cartel: Javier Jaén

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 24 de noviembre de 2019

Calificación: ♦♦♦

Mary Said What She Said

Isabelle Huppert y Bob Wilson se unen para desentrañar la figura de María Estuardo en una pieza desasosegante

Foto de Lucie Jansch

Adentrarnos en una nebulosa donde se destila el sufrimiento que nos anticipa la decapitación. ¿Consigue Isabelle Huppert transmitirnos el posible sentir de la reina María Estuardo? Si no nos dejamos llevar por la fuerza del fetiche en esta reunión de artistas con ínfulas epatadoras; quizás debamos reconocer que el personaje que se recrea en escena resulta tan estrafalario como el espectro de una mujer que ha sucumbido a la locura o que ha perdido su esencia humana para transformarse en una autómata. Por lo tanto, la distancia que se provoca es máxima con todos los atributos estetizantes con los que procede Robert Wilson. Si estamos dispuestos a dejarnos apabullar por el virtuosismo tan teatral como gimnástico, entonces quedaremos subyugados por la trepidación del inicio. Y es que la música del célebre compositor italiano Ludovico Einaudi, con un ritmo de piano que nos traslada directamente a la tensión de cualquier momento álgido y que se desea mantener durante muchos minutos, viene acompasada con una declamación estratosférica de la actriz. La lectura de los subtítulos se hace inviable, la escucha deviene en una paranoia y el hieratismo de su gesto determina un procedimiento rayano en el surrealismo. El texto queda desbrozado y casi anulado, Huppert parece empeñada en superar el record Guiness de palabras por minuto como una opositora a notaría, como si cada vocablo quemase, como si las sentencias fueran el veneno que se debe esputar inmediatamente. Sigue leyendo