Celia en la revolución

La novela inconclusa de Elena Fortún ha sido adaptada para el teatro con una dramaturgia algo ingenua

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Aunque el tiempo pase, no hace falta más que indagar en el imaginario sentimental de nuestros antepasados más próximos para comprobar el efecto que produjo en su momento la lectura de aquellos libros que tuvieron a Celia como protagonista y a Elena Fortún como su autora. La importancia de las primeras lecturas en una persona marca direcciones, hábitos y recuerdos verdaderamente indelebles. La recuperación de la novelista se puede palpar, por ejemplo, en el renombramiento de la antes conocida como Biblioteca Pública de Pacífico y, ahora también, con esta adaptación teatral de aquella obra inconclusa con la que pretendió zanjar la serie; y con un montaje dedicado a su biografía que verá la luz en los próximos meses. Pero la cuestión, creo, a la hora de valorar la propuesta que podemos ver en la sala grande del Teatro Valle-Inclán, no debe radicar en la conjunción de los elementos extraliterarios, ni en lo que ha supuesto para España la guerra civil que aún colea; sino en lo que artísticamente se ha logrado manifestar. Y es que la dramaturgia es tan ingenua como la protagonista. Llevar esta historia, que básicamente transcurre durante el periodo del enfrentamiento fratricida, hasta las dos horas y con un ritmo moroso, lleno de diálogos explicativos en demasía, nos hace pensar hasta qué punto es un texto adecuado para trasladarlo a escena con un público masivamente adulto en las butacas. Sigue leyendo

Las bárbaras

Lucía Carballal ha escrito un texto sobre esa generación de mujeres que rondan los sesenta en el autoexamen de su vida

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Viene muy a cuento uno de los últimos artículos del novelista Alberto Olmos titulado «Pero, ¿qué tenéis todos contra las amas de casa?». Y no, ninguna de las protagonistas de esta obra lo es en puridad. Lucía Carballal ha puesto su mirada de dramaturga en tres mujeres que rondan los sesenta años. La autora ya se ha convertido en una fija de la escena teatral española. En los últimos años ha encadenado, entre otras, Los temporales, Una vida americana o La resistencia, y ha demostrado, ante todo, ser una gran constructora de diálogos. Las bárbaras se adentra en un mundo femenino muy particular y es el de aquellas que han podido vivir «plenamente» en libertad, que han podido escoger y tomar sus propias decisiones sin el tutelaje o la imposición de sus padres (ni de sus maridos). Principalmente, es un texto que nos invita a la reflexión y que se sostiene por una estructura muy sencilla; aunque con una premisa un tanto naíf y hasta traída por los pelos. Porque resulta que Bárbara, una joven arquitecta de treinta y cinco años ha fallecido apenas hace seis meses. Había sido una chica íntimamente relacionada con las tres protagonistas, pues trabajaba en el estudio de una, era sobrina de otra y la tercera terminó siendo su confidente y su albacea. Empujadas por el dolor, por el misterio de un plan aún no desvelado y por el momento adecuado en sus vidas, acuden al Hotel Juventud ―José Novoa se ha encargado de que escenográficamente los detalles vintage, con tonos madera, sillones sinuosos, pinceladas minimalistas y sicodélicas, nos trasporten a los setenta―. La cantante María Rodés, de voz candorosa, tímida y delicada, canta versiones de Mari Trini («Yo no soy esa») o de Alaska. Su presencia es fantasmal y juega a evocar a la fallecida, y me parece una lástima que no se potencien más las situaciones de equívoco. De alguna manera, Bárbara les lanza el examen del feminismo actual (con sus palabros de coaching flower power tan cursis) y la autora aprovecha para lanzar algún dardo irónico y crítico sobre el propio movimiento en sus devaneos teóricos. En cualquier caso, el meollo del argumento, más allá de la trama que se quiere vertebrar y que resulta un poco fantasiosa, es la conversación de las amigas. Veremos que la lección, creo, es tan sencillo como expresar aquello de que la práctica vital, el devenir de los años, resitúa e, incluso, anulan o matizan el anhelo impetuoso, las presuposiciones, los proyectos y todas esas proclamas rebeldes que impone la soberbia de la adolescencia. Las paradojas se sirven en bandeja de plata y quien esté libre de pecado ya sabe. Insisto, como vamos a escudriñar, que no hablamos de todas esas mujeres que quizás han alcanzado, aunque sea tímidamente, su particular áurea mediócritas. Que han encontrado una posición acomodada entre la realización personal ―sin llegar a éxitos mediáticos, ni cimas de grandiosidad―y el candor familiar. ¿No es una trampa del capitalismo rampante chinchar a las mujeres para que se pongan a competir como algunos hombres por una supuesta victoria laboral que tan solo deja réditos económicos y efímeras estelas de admiración envidiosa? La más poderosa en su disposición, la más escurridiza y cínica también, la que soporta mejor su discurso aceptando, sí, las grietas; pero negando la mayor, es Susi, interpretada por Ana Wagener con la dureza imponente que sabe imprimirle a su personaje. La que iba a ser una concertista de piano estratosférica, lo mandó todo al traste cuando se casó con otro pianista igualmente esplendoroso (elegir pareja es absolutamente determinante y nadie puede negar, ahí están los datos, que cuenta la altura, la belleza, la edad y el estatus socioeconómico y que este último, en el caso de muchas mujeres, se puede sobreponer a todo lo demás) que sí haría carrera mundial y con el que tendría dos hijos (que no los quiere tanto como se supondría). ¿Lo dejó por él? No, lo hizo porque se hartó, porque tocar el piano ya no le hacía feliz. Es decir, pudo optar (pudo equivocarse). El clasismo es tónica general en la dialéctica de estas damas. La música clásica otorga aura de alta cultura, de la misma forma que ser la arquitecta más renombrada de España, y más famosa (portada de El País Semanal). Mona Martínez adopta una línea decadente y melancólica con su Carmen, que se transforma en esperanza cuando anuncia su pretensión de ser madre. Mantener un estudio de arquitectura durante la crisis fue una tarea muy dura y al final ha llegado el cierre. Si, además, la que podría haber realizado las tareas de hija adoptiva se te muere, pues es normal que un vacío anide en el estómago que debe ser llenado con algún proyecto ilusionante. El egoísmo y esa sensación autoimpuesta de que si no se logra el combo virtuoso (sean los hijos, el marido fantástico, el trabajo exitoso y el reconocimiento social o lo que se quiera añadir) va a suponer una insatisfacción sofocante. Por eso resulta muy interesante en el reparto de los equilibrios el papel que interpreta Amparo Fernández. Apocada, pero satisfecha. Infravalorada por sus amigas; no obstante, con un pragmatismo más llevadero. Encarna es una administrativa, una abuela persistente (y «esclavizada») que ama a sus nietos, a los que duerme todas las noches a través de una videoconferencia. No sobresale por sus conocimientos, por su cultura o por sus logros extraordinarios. Ella ha vivido para los demás con tanto empeño que una discusión con su hijo le ha provocado una alopecia nerviosa. Más paradojas que el feminismo ambiciona acotar con respuestas y directrices imposibles de llevar a una realidad compleja. Carol López dirige esta propuesta con mano invisible, dejando que las chichas demuestren su profesionalidad. Las bárbaras es una obra de teatro que interesará más a esas mujeres que por edad y por experiencia vital ―que son las que suelen ir a estas salas―, se vean reflejadas en lo que se cuenta. Aunque los marcos referencia están un tanto acotados en una minoría; sí que nos valen como ejemplo verosímil de la falibilidad de unos seres humanos bandeados por las cuitas del deseo.

Las bárbaras

Autora: Lucía Carballal

Directora: Carol López

Intérpretes: Amparo Fernández, Mona Martínez, Ana Wagener y María Rodés

Música: María Rodés

Escenografía: José Novoa

Iluminación: Pedro Yagüe

Vestuario: Antonio Belart

Ayudante de dirección: Xus de la Cruz

Fotografía: marcosGpunto

Diseño de cartel: Javier Jaén

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 24 de noviembre de 2019

Calificación: ♦♦♦

Mary Said What She Said

Isabelle Huppert y Bob Wilson se unen para desentrañar la figura de María Estuardo en una pieza desasosegante

Foto de Lucie Jansch

Adentrarnos en una nebulosa donde se destila el sufrimiento que nos anticipa la decapitación. ¿Consigue Isabelle Huppert transmitirnos el posible sentir de la reina María Estuardo? Si no nos dejamos llevar por la fuerza del fetiche en esta reunión de artistas con ínfulas epatadoras; quizás debamos reconocer que el personaje que se recrea en escena resulta tan estrafalario como el espectro de una mujer que ha sucumbido a la locura o que ha perdido su esencia humana para transformarse en una autómata. Por lo tanto, la distancia que se provoca es máxima con todos los atributos estetizantes con los que procede Robert Wilson. Si estamos dispuestos a dejarnos apabullar por el virtuosismo tan teatral como gimnástico, entonces quedaremos subyugados por la trepidación del inicio. Y es que la música del célebre compositor italiano Ludovico Einaudi, con un ritmo de piano que nos traslada directamente a la tensión de cualquier momento álgido y que se desea mantener durante muchos minutos, viene acompasada con una declamación estratosférica de la actriz. La lectura de los subtítulos se hace inviable, la escucha deviene en una paranoia y el hieratismo de su gesto determina un procedimiento rayano en el surrealismo. El texto queda desbrozado y casi anulado, Huppert parece empeñada en superar el record Guiness de palabras por minuto como una opositora a notaría, como si cada vocablo quemase, como si las sentencias fueran el veneno que se debe esputar inmediatamente. Sigue leyendo

Shock (El Cóndor y el Puma)

Un viaje impresionante por la historia reciente de Chile y de Argentina con los desafueros del imperialismo sobrevolando en la impunidad

Foto de marcosGpunto

He aquí el montaje más proteico de la temporada y el que logra plasmar dramáticamente una serie de hechos que no paran de confirmarse entre la bruma de la credibilidad, las noticias falsas y los nuevos episodios de una doctrina que quizás, tarde o temprano, también nos golpee de lleno a nosotros (si no nos mantenemos fuertemente unidos). Primeramente, es necesario hacer referencia al libro de Naomi Klein (Montreal, 1970), La doctrina del shock (2007). La periodista y ensayista ya se había hecho muy famosa con su ensayo No Logo (2000). Después, con la obra que nos compete ―y de la que también se realizó un documental de fácil acceso en internet―, generó un buen montón de críticas acerca del alcance de su mensaje. Hay que reconocer que la autora pertenece a esa izquierda minoritaria en el espectro de la América del Norte, junto a otros autores como Noam Chomsky, que está teniendo verdaderas dificultades para desarrollar un discurso creíble ahora que sus fórmulas más «radicales» (strictu sensu) o tienen poco apoyo (por idealistas) o han sido absorbidas por corrientes denominadas populistas. En esto, es justo afirmarlo, el poder de una prensa atenazada presupuestariamente es un factor determinante. Ya sabemos que cualquier proclama que huela a socialismo (incluso a socialdemócrata) y que pueda «infectar» a Estados Unidos, debe ser barrida. Sigue leyendo

Pasión (Farsa trágica)

Ester Bellver se pone al frente de esta crítica a los nuevos héroes de la sociedad de consumo firmada por el filósofo Agustín García Calvo

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La vida deviene paradoja cuando menos te lo esperas y en la misma tarde que asisto a Pasión (Farsa trágica). Iker Casillas, otrora héroe nacional, besuqueador patrio que sujetó en sus manos la copa dorada de campeones del mundo sufre un infarto. En escena, Enrique (recordemos su etimología germánica como ‘jefe de la patria’) aspira a conseguir el «gallo de oro», cuando ascienda la cucaña de la manera más rápida y elegante aprovechándose de sus técnicas animales. En él se focalizan las ilusiones simbólicas del pueblo. Él es el fetiche del orgullo de una sociedad. El deportista como nuevo Aquiles o Hércules, tótem de la fortaleza y el honor de una masa que carece de proyecto vital personal. El aire de farsa enseguida nos remite a lo valleinclanesco y al guiñol lorquiano. La esperpentización de los personajes-tipo, esas figuras bajo el foco expresionista y con el reflejo del público en un espejo deformador de rostros y de cuerpos. Cariz algo infantil. Y propulsión didáctica con cercanía rural, como cuadro viviente de marionetas. Da la impresión de que la cuestión y el argumento no permiten ocupar hora y media; y uno tiende a pensar en una posible pieza ―mucho más breve―, de un retablo. Podemos relacionar esta obra por su tratamiento y por una serie de elementos satíricos y humorísticos, con el trabajo que lleva realizando en los últimos años el Club Caníbal, fundamentalmente con Herederos del ocaso. Para cualquiera que conozca en cierta medida al ¿autor? (siempre un interrogante para él), sabrá que se mueve filosóficamente en la corriente ácrata del anarquismo, muy crítico con el Capital y con el dios Dinero. Sigue leyendo

Top Girls

Una larga y extravagante función que combina la invocación de históricas mujeres luchadoras con el mundo laboral de los londinenses años ochenta

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Que esta obra de los años ochenta pase por actual para algunos espectadores es más producto de una propaganda ciega ante la realidad, que parece negar la posición real de las mujeres en la sociedad presente. Por eso, en verdad, el texto se ha quedado viejo en su denuncia. Pero vivimos tiempos en los que todo se pretende explicar a través de un chivo expiatorio, que hace mucho que despareció: el patriarcado ―no confundir con el machismo, que de ese aún queda mucho. Seguramente se ha querido recuperar esta función de Caryl Churchill, porque el feminismo imperante en estos instantes remite a ese de los setenta y ochenta, el marxista, el que niega la biología y solo acepta la influencia social y cultural en nuestro comportamiento. Entender la complejidad del mundo contemporáneo supone tener en cuenta la tecnología, la economía, la inmigración, el ocio, la cultura del espectáculo y muchos etcéteras que nos alejan de una respuesta certera. Top Girls es una propuesta reduccionista y sesgada que, desde el supuesto socialismo de la autora, aparta por omisión la existencia no precisamente fácil de todos esos varones (la mayoría) que deben luchar afanosamente por salir adelante en una sociedad muy exigente. Al menos hay que reconocer que nos enfrentamos a un argumento extraño, puesto que su estructura viene definida por actos verdaderamente distintos. Tanto es así, que el largo primer acto (casi una hora de duración), es una perfomance abierta que podría reducirse mucho o, todo lo contrario, desbordarse hasta lograr una consistencia y una autonomía. Sigue leyendo

El jardín de los cerezos

Una propuesta visualmente muy atractiva de Ernesto Caballero donde se pretende modernizar a Chéjov

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Encontrar el punto preciso entre la nueva perspectiva y la vigencia de un argumento que se nos escapa en el tiempo más allá de que los temas rebroten como en cualquier clásico. Hasta qué punto la versión de Ernesto Caballero recae ante todo en el ambiente creado por su equipo artístico. Porque la escenografía de Paco Azorín es extraordinaria, ya que cada una de sus propuestas a lo largo de la función encajan en un gran atractivo visual. Una combinación de detalles que van desde una gigantesca casa de muñecas, a la abertura en diagonal del enorme parqué para crear una vereda mientras caen las hojas y nos amplían la mirada hasta un horizonte tan lejano, pasando por ese pequeño tren que simula el viaje inicial de los protagonistas o esas enormes pantallas que jalonan el escenario (allí se plasman los vídeos ilustrativos de Pedro CHamizo). Una atmósfera otoñal, taciturna, macilenta en ocasiones, iluminada por Ion Anibal con preciosismo. A ello se añade el vestuario de Juan Sebastián Domínguez, quien salva casi todas las estridencias, apegándose a una elegancia contemporánea, un tanto casual y pija, claro (podemos fijarnos en el vestido diseñado por Ulises Mérida que lleva Carmen Machi). Además, el movimiento ideado por Carlos Martos logra que esa amplitud de la escena lo sea aún más. Las pegas que se pueden poner tienen que ver más con aspectos textuales; pues, aunque resulta ágil al oído (recorte mediante para ajustarlo a una disfrutable hora y cincuenta minutos), no parece que se haya actualizado el lenguaje (por ejemplo, el tratamiento de los señores y de los criados) tanto como para que sea coherente con lo visto. Sigue leyendo

La geometría del trigo

Alberto Conejero dirige su propio texto sobre las consecuencias de un amor «inconveniente» dentro del ámbito rural

En los últimos años al menos dos obras han tocado el tema de la homosexualidad en el ámbito rural, por un lado, Tom en la granja, y, con mucha más sintonía, Juguetes rotos. Pero Alberto Conejero lo ha hecho con extremada sutileza, tanta, que, en ocasiones, se ha pasado de frenada en las elipsis. Porque lo que debiera ser la trama principal, la vivencia de dos hombres unidos por el amor y por el destino azaroso, queda en segundo plano; para que nos la imaginemos a través de los entrelazamientos de otros personajes, otros familiares, otros allegados, en otro tiempo y de otra manera. Nos situamos en tierras de Jaén ―el propio dramaturgo es de Vilches y de allí se trae esta historia escuchada a su madre―, el calor abrasa y a la casa de Beatriz y de Antonio, un minero, llega, tras quince años de ausencia, Samuel. José Troncoso se imbuye en este individuo venido de París ―parece que la lengua francesa no ha hecho mella en su acento andaluz oriental― a su lugar de origen para emprender un negocio con la reconstrucción del viejo molino. Vuelve también para reencontrarse con ese amigo especial, con el que sostuvo una tímida relación imposible, un atisbo de algo inconcreto. Juan Vinuesa encarna a este dubitativo currante; se desenvuelve con esa peculiaridad del tipo que no quiere desembarazarse de la máscara. Sigue leyendo

El mago

Juan Mayorga firma y dirige esta obra sin fundamento ni enjundia sobre una mujer hipnotizada

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Cuesta creer que un autor como Juan Mayorga considere que su nuevo texto está listo para subir a las tablas. Si no fuera porque es un dramaturgo experimentado y exitoso, diríamos que El mago está firmado por un bisoño. ¿Qué se ha pretendido plasmar en esta comedia? En principio, nada trascendente y tampoco nada entretenido. Contamos con Nadia, una mujer que acaba de llegar a casa y, por lo visto, ha sido hipnotizada en un espectáculo de magia. A partir de ahí, al espectador se le envuelve con toda una serie de explicaciones de cada situación que va ocurriendo. Por ejemplo, dar por hecho ―y convertirlo en un hilo narrativo del que tirar―, que ella (una doble, se supone) permanece aún en aquella función, subida a un estrado, junto a otras dos chicas; mientras ejecuta todas las instrucciones del hipnotista y que la susodicha materializa disciplinadamente y por duplicado. La coyuntura se alarga con diversas cuestiones paradójicas y fantasiosas, evidentemente, que se encauzan por los derroteros de un absurdo suave y que debería provocar la carcajada. No es así, puesto que cada paso está flanqueado por diálogos que pretenden justificar lo que vemos ―por increíble que sea―, en lugar de permitir su vuelo y su agilidad. Sigue leyendo