Farm Fatale

Philippe Quesne trae al Teatro Valle-Inclán este cuentecillo ecologista protagonizado por cinco espantapájaros

Farm Fatale - Foto de Martin Argyroglo
Foto de Martin Argyroglo

Existe una línea de pensamiento que parte —podríamos ir más atrás— de Rousseau —ampliamente mal interpretado—, que se situaría en esa sintonía entre la bondad intrínseca del ser humano y la propia naturaleza —sobre todo aquella que nos resulta cordial y que no debe ser amoldada a nuestras necesidades perentorias—, y llegaría hasta nosotros con esas experiencias de anarquistas primitivistas que acogen pueblos olvidados para confiarse a la renovación agrícola (que no ganadera) a la espera de que el clima contribuya idílicamente. Sumemos por el itinerario a los luditas, a los fans de Thoreau, a los hippies o a cualquiera de esos grupos que caen sin remisión en la falacia del argumentum ad naturam. Sigue leyendo

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Sovrimpressioni

Daria Deflorian y Antonio Tagliarini se inspiran en la película de Fellini, Ginger y Fred, para autoficcionar su propio devenir

Sovrimpressioni - FotoLo habitual en este tipo de trabajos es que la capa de working progress o la metateatral confluya con una realidad, como un solapamiento que nos lleve a observar una relación de ideas, una metáfora de la metáfora. Algo así, observamos la pasada temporada con Richard III Redux, donde actriz y personaje se llegaban a fundir en el propio proceso teatral. Quiero decir que, cuando nosotros visionamos, por ejemplo, Función de noche, la protagonista es Lola Herrera, con todo lo que sabemos de ella por ser alguien célebre, y, a la vez, la Carmen Sotillo que está representando en escena, quien, a su vez, se puede concretar en una y en otras mujeres de la época. Sigue leyendo

El peso de un cuerpo

La dramaturga Victoria Szpunberg ha puesto su experiencia personal para plasmar el trato a los ancianos enfermos en nuestro país

El peso de un cuerpo - David Ruano
Foto de David Ruano

Que Victoria Szpunberg haya querido trasladar su propia vivencia a través de una incursión onírica, nos sitúa en ese kafkiano camino hacia una resolución que se anticipa con creces y que está repleta de dolor. La Ley de Dependencia es una broma de mal gusto, como otras tantas normas y derechos adquiridos que se inmaterializan en nuestra sociedad de consumo. El «vuelva usted mañana» es un martillo pilón en el sistema burocrático.

Cuando el padre sufre un ictus y la hija que vive con él ha de hacerse cargo de un cuerpo moribundo que no parece que vaya a encontrar una salida conveniente, todas las cuitas sobre la mejor muerte se agolpan, mientas aún queda la esperanza de que salga de esta. El peso de un cuerpo es la historia de un ensañamiento moral y social, donde no da la impresión de que tengamos las cosas claras. Sigue leyendo

Lectura fácil

La exitosa novela de Cristina Morales sobre cuatro primas con «discapacidad intelectual» salta a escena de la mano de Alberto San Juan, desde una perspectiva que devalúa su carga política

Lectura fácil - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Resulta no solo sorprendente, sino altamente decepcionante, que alguien como Alberto San Juan, que está embarcado en el Teatro del Barrio, un espacio muy vinculado a las propuestas políticas desde la izquierda; y que una escritora, Cristina Morales, que se ha mostrado plenamente radical desde esferas anarquistas, hayan presentado esta adaptación tan despolitizada, donde ella contribuye con su faceta de coreógrafa antiacademicista con su grupo Iniciativa Sexual Femenina.

Partimos de una novela que ganó el Premio Nacional de Narrativa en 2019 y que, desde mi punto de vista, es una de las mejores obras literarias del siglo XXI. Un texto incisivo, bronco, punki y que dispara en todas las direcciones posibles, además de emplear todo tipo de escrituras. Nos plantea una situación polémica: a Marga, una mujer con discapacidad mental, que vive con sus primas en un piso tutelado, y que también tienen diversidad funcional con distintos porcentajes certificados, va a ser esterilizada, puesto que su lubricidad está desaforada. Así, Carlota Gaviño está cachonda perdida y entrega su cuerpo a la causa masturbatoria. De hecho, ella marca la tónica provocadora de la función: el sexo en diferentes escenas como grandes acontecimientos dramáticos. Sigue leyendo

400 días sin luz

Vanessa Espín ha escrito un drama que refleja, a través de distintas vivencias, cómo transcurre la existencia sin luz durante dos años en el asentamiento de la Cañada Real Galiana

400 días sin luz - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Antes de meterme en harina, me pregunto: ¿saldrá el espectador con una idea más o menos clara de cómo se vive en la Cañada Real? Respondo que en el Teatro Valle-Inclán no se vivencia la atmósfera degradada de aquel lugar único en Europa. El texto de Vanessa Espín es una fantasía, una fábula, hecha de realismo mágico, que sortea en exceso no solo las distintas problemáticas que cualquiera se puede encontrar en un barrio con los servicios básicos limitados; sino que se obvian otros conflictos de más calado, como la droga, o la masificación de algunas zonas. En 400 días sin luz no hay absentismo ni fracaso escolares. Sí, por el contrario, tenemos a unas honrosas mujeres luchando por sus derechos, a una muchacha que saca sobresalientes y quiere ser médica, a una joven rumana que cuida de su abuelo postizo y otros seres que sacan lo mejor del ser humano. No seré yo quien dude de estos personajes; porque, de hecho, algunos son enteramente reales, pero no vaya a ser que los espectadores se marchen a casa pensando que la disyuntiva es únicamente eléctrica. Sigue leyendo

Madre de azúcar

Clàudia Cedó nos lanza de cabeza al debate sobre la maternidad en mujeres con diversidad funcional en un espectáculo sobredimensionado

Madre de azúcar - May Zircus
Foto de May Zircus

El CDN sigue embarcado en la propulsión de proyectos que indagan sobre cuestiones morales de gran calado en nuestra sociedad. Si el año pasado Lengua madre ponía sobre la mesa distintas formas de comprender la maternidad a través de un teatro tan directo como amateur; y Supernormales abordaba la sexualidad de las personas con diversidad funcional; podríamos tomar Madre de azúcar como una síntesis de esas dos. Cloe, la protagonista de esta historia, interpretada por Andrea Álvarez, una mujer que frisa los treinta años y que tiene un «retraso mental moderado del 65%», quiere ser madre (soltera). El asunto merece la pena repensarlo, por supuesto; sobre todo, desde un punto de vista moral. La lástima es que Clàudia Cedó, de quien ya hemos degustado las interesantes Como una perra en un descampado y Calígula murió. Yo no, ha creado un espectáculo que se corrompe en dos aspectos clave. Por una parte, estructuralmente está sobredimensionado. El argumento no da para que se extienda dos horas y cuarto. Se dan repeticiones innecesarias, escenas de transición que sobran, exceso de explicaciones de cara al público, cuando luego podemos entender perfectamente de qué se trata (véase, por ejemplo, la especificación del uso del Implanon, el sistema anticonceptivo que emplean algunas mujeres con diversidad funcional). Resulta paradójico que se tome tanto tiempo en que todo quede claro y se caiga, después, en la redundancia que lía el asunto. Porque, ahí vamos, el segundo aspecto que trastoca el montaje es el contenido. Parece pertinente recalcar las preguntas que nos lanza la autora, que parten de su experiencia individual: «¿Qué da derecho a una parte de la sociedad a adueñarse de los cuerpos de las mujeres con diversidad funcional? ¿Todas las personas con discapacidad están incapacitadas para afrontar una maternidad? ¿Cuál es la capacidad que nos convierte en buena madre o buen padre? ¿Todas las personas que tienen hijos la tienen?». Partamos de lo inverosímil que resulta escuchar el discurso tan armado de la heroína, de quien apenas se nos deja observar cuáles son sus límites, aquellos que la llevan a vivir en un piso tutelado, una vez se «ha desprendido» de los grilletes de su progenitora. Tan solo contemplamos un comportamiento insensato propio de una adolescente buscándose un semental cualquiera a través de Tinder. Dicho esto, Andrea Álvarez encuentra un punto de solvencia magnífico y nos persuade con su furia y con su tozudez. Y creo que es el personaje que está verdaderamente logrado y que los demás orbitan excesivamente a su servicio hasta el punto de desbarrar. Puesto que sí, asistimos al debate con insistencia, incluso hasta sondear respuestas que nos dejan patidifuso, como que se acepte una «asistenta de maternidad» en un entorno tan precario, en el que se deben repartir los recursos. Me parece que el hecho de que algunos intervinientes, en el desenlace, pierdan su aquilatada sensatez busca entregarnos un final dulce para que el respetable se vaya ilusionado. Esto lo observamos en la mamá, que Teresa Urroz acoge con los tics propios del impulso sobreprotector; pero, también, en el director de la asociación que ayuda a estas personas con necesidades, y que es ginecólogo. Un tipo experimentado que Iván Benet interpreta con vigorosidad y valor argumentativo; para después rendirse a una especie de sensiblería incomprensible. Al menos estos dos personajes dan réplica y nos permiten mantener la atención en las disputas sin caer, inicialmente, en el buenismo. Son los malos de la película, los que niegan los derechos fundamentales a esta mujer, los inhumanos. Luego, Maria Rodriguez, una de las tutoras del piso, incurre en esa pendiente resbaladiza —lo hace con creíble potencia—, por la cual empatiza con el sufrimiento de su tutelada, y se convence de que, para ser justos con Andrea, se debe hacer todo lo posible para que cumpla con su deseo. Por otra parte, los compañeros de nuestra protagonista repercuten con humor en la ambientación de esta dramedia. Destaca actoralmente Marc Buxaderas, quien, desde su silla de ruedas, muestra sus enfados con una ironía envidiable. Por su parte, Judit Pardás demuestra su gracia en distintos momentos, no obstante, pienso que se le ha dado demasiado texto para el papel secundario que representa. No así a Mercè Méndez que está muy vivaracha.

Madre de azúcar es un espectáculo vistoso, con una escenografía de Laura Clos que nos permite adentrarnos con realismo dentro de ese hogar tan peculiar. Además, se habilitan diferentes espacios destinados también a la imaginación del público. Quizás, más allá de la propuesta conceptual, habrá que aceptar que el destinatario también ha de ser un espectador con diversidad funcional y que ello conlleva, evidentemente, ciertas licencias o procedimientos para que la historia sea comprensible para el mayor número de espectadores. En cualquier caso, me pregunto: ¿quién busca más satisfacer sus deseos: la chica que tiene un deseo de ser madre o aquellos que anhelan limpiar su atormentada conciencia bienhechora porque deben poner límites a aquellos que los necesitan? Un bebé, que crecerá, es, a la postre, a quien se le deben garantizar sus derechos básicos.

Madre de azúcar

Texto, dirección y dramaturgia: Clàudia Cedó

Traducción: Matilde Castillo

Reparto: Andrea Álvarez, Ivan Benet, Marc Buxaderas, Mercè Méndez, Judit Pardás, Maria Rodríguez y Teresa Urroz

Escenografía: Laura Clos «Closca»

Iluminación: Luís Martí

Vestuario: Bernat Grau

Sonido y música: Lluís Robirola

Vídeo: Clàudia Barberà

Ayudante de dirección: Berta Camps

Ayudante de vestuario: Assen Planas

Asesoramiento vocal y logopedia: Nora Baulida

Asesoramiento cuerpo: Vanessa Segura

Acompañamiento asistencial y regiduría adaptada: Carla Balaguer, Anna del Barrio y Julià Palacios

Fotografía: May Zircus (TNC)

Producción ejecutiva: Marta Iglesias, Anna del Barrio y Roser Soler

Distribución: Roser Soler (Mare de sucre) Caterina Muñoz (Madre de azúcar)

Producción: Teatre Nacional de Catalunya y Escenaris Especials con el soporte de Ajuntament de Banyoles, Diputació de Girona, Fundació Josep Botet, Fundació Support (Girona) y Fundació Obra Social La Caixa

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 9 de octubre de 2022

Calificación: ♦♦

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Canción para volver a casa

T de Teatre se sube a las tablas para interpretar un texto fallido de Denise Despeyroux sobre el reencuentro de unas viejas amigas

Canción para volver a casaDenise Despeyroux lleva muchos años escribiendo obras teatrales caracterizadas en su mayoría por la inclusión de la extrañeza humorística a través de las seudociencias, el esoterismo y el misterio. Siempre ha tomado con distancia estas prácticas, aportando un sentido satírico; aunque uno ya tiende a pensar que alguna confianza debe tener en ellas. Sin ir más lejos, hace pocos meses presentó La omisión del si bemol 3, donde se mofaba del famoso efecto Mozart. Lo que resulta decepcionante en Canción para volver a casa es que estructuralmente el texto sea tan endeble, que lo cómico apenas se fomente o se ambiente con adecuación y que el destino de la propia pieza y de los personajes sea tan increíble como ineficaz. ¿Qué ha pasado? Yo qué sé. Sigue leyendo

Los farsantes

Pablo Remón vuelve a la autoficción para recrear el mundo del cine y del teatro, con sus éxitos y con su precariedad laboral. Un montaje muy largo con un elenco muy resolutivo en las escenas más cómicas

Los farsantes - Luz Soria
Foto de Luz Soria

Después de haber visto todas (creo) la obras que se han representado de Pablo Remón, pienso que Los farsantes resulta anodina, larga y sin fundamento. Después de El tratamiento (2018) que, en esencia, iba de lo mismo; pues uno esperaba que alguien que ha hecho maravillas, como Doña Rosita, anotada, subiera algún escalón más. Pero no, seguimos con la autoficción, el consabido metateatro y las sempiternas quejas del sector artístico. España entera quiere ser actriz. Sigue leyendo

Supernormales

La asistencia sexual para personas con diversidad funcional salta a escena. La dramaturga Esther F. Carrodeguas firma un texto con lenguaje desbravado y sin concesiones, donde todos los prejuicios son cuestionados por los propios interesados

Supernormales - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

La referencia más popular que se manejaba hasta la actualidad sobre los asistentes sexuales era la película Las sesiones (2012), con Helen Hunt. Igualmente, tuvo repercusión en Cataluña el documental Jo també vull sexe! (Yo también quiero sexo!); y ahora es la dramaturga gallega Esther F. Carrodeguas quien aborda el asunto con una comedia enloquecida, mal hablada y controvertida. Una obra en la que participan diferentes intérpretes que se encuentran bajo ese marchamo tan difuso como eufemístico de la diversidad funcional. Sigue leyendo