Iván y los perros

Nacho Sánchez engrandece con su interpretación una historia demasiado infantilizada para el público adulto

«Fue una historia real, la historia de Iván Mishukov, que con solo cuatro años fue consciente de que tenía que escapar de su propia casa, de su madre alcohólica, de su padrastro que lo maltrataba, de los humanos…». Esto lo suscribe el director Víctor Sánchez Rodríguez, quien ha versionado, junto a Juanvi Martínez Luciano, este texto de Hattie Naylor. Podemos aceptar que fue real que se escapara de casa y que sobreviviera en la calle; pero su historia, evidentemente, es la invención de la dramaturga. Por otra parte, ¿qué nos importa? Aquí la cuestión es que lo que presenciamos en escena no es, ni por asomo, verosímil. Es un cuento infantil, lineal y pacato, que pretende evidenciar la bondad de los perros (callejeros, pero no salvajes) y la maldad de los humanos. Debemos contar con que un chaval tiende a olvidar sus experiencias más traumáticas; por lo tanto, es labor de la creadora rellenar lo que supuestamente debió pasar, puesto que no es aceptable dejarlo todo en manos de la memoria del muchacho como si de verdad comprendiera lo que debía o tenía que hacer. Y es que en este montaje, que intenta trasladar el proyecto inicial destinado a la radio, yerra en el enfoque al obviar aspectos que únicamente un público preescolar podría tragarse. Primeramente, porque si no te queda más remedio que utilizar a un actor de 25 años que rememora, como si fuera Lázaro de Tormes o Guzmán de Alfarache, sus andanzas, no puedes, encima, someterlo a unos movimientos que casi parece que está practicando breakdance o parkour. ¿Y el frío… hiela hasta la muerte o no? ¿Y el hambre… angustia o no? Porque en ciertos momentos parece que está en un campamento de verano retozando con la jauría. ¿Qué concepto se tiene aquí de la infancia? La de Tarkovsky no, desde luego. ¿Y el azar? ¿Cómo se libró de la policía, de los vagabundos alcohólicos, de las drogas, de las palizas? Es un relato edulcorado que, encima, resulta no ya solo maniqueo sino aburrido. Es pasar por la batidora a Dickens, a London y a Kipling para ofrecernos algo inconsistente. Bien, pues a pesar de todo, la profesionalidad y las dotes artísticas de su protagonista, son capaces de engrandecer un espectáculo que solamente se tragarían con alborozo unos pequeñajos imaginándose que están todo el día jugando con unos perros que son sus amigos. El auténtico atractivo de la función es Nacho Sánchez, un intérprete preparado para marcar una época y un estilo. Su dominio para transmitir las emociones que permean en su piel es imperioso. Vuelve a manifestar ese asombro de su rostro maravillado, como si hubiera llegado de otro planeta, igual que pudimos admirar en La piedra oscura, en Los temporales o, hace bien poco, en He nacido para verte sonreír. Sabe exprimir cada uno de los instantes con detalles mínimos que se traducen en gestos repletos de delicadeza o en el manejo de la voz para aproximarnos un enfado o un temor de una manera extremadamente peculiar. Lo de este joven es para tenerlo muy en cuenta y para hacerle un seguimiento pormenorizado. Es más, cuando comprendí que el texto no iba a dar más de sí, me concentré exclusivamente en este actor y en su seductora manifestación de verdad dramatúrgica. Luego, además, me ha parecido un acierto la escenografía de Mireia Vila Soriano, quien ha plantado una cortina traslúcida que simbólicamente funciona de maravilla: lo nuboso (con las voces en ruso de la madre y el padrastro), lo gélido (con la iluminación de Luis Perdiguero) y lo revelador (amplificado por el espacio sonoro de Luis Miguel Cobo). Sí, ciertamente, la factura del montaje es magnífica, tan sencilla como efectiva.

Lo que haya encontrado Víctor Sánchez en este texto para que considere que es adecuado para unos espectadores adulto lo desconozco; pero poco se puede extraer de una historia que no se sumerge suficientemente en el sufrimiento, no solo de Iván, sino de todos esos niños —como hemos podido comprobar en esa catástrofe fílmica (otra vez a vueltas con la realidad) que es Lion (2016)— viven a su alrededor y que son abandonados a su suerte igual que en países como Rusia, India, Brasil o, incluso, en nuestra avanzada España.

Iván y los perros

de Hattie Naylor

Versión: Juanvi Martínez Luciano y Víctor Sánchez Rodríguez

Dirección: Víctor Sánchez Rodríguez

Intérprete: Nacho Sánchez

Voces en off: Alla Panferova, Artem Linov, Alevtyna Ilinova, Elena Gabriela, Ion Myeshkova, Maria Vostretsova Sheveli y Maxim Shadrin

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Espacio escénico y vestuario: Mireia Vila Soriano

Iluminación: Luis Perdiguero

Movimiento y ayudante de dirección: Cristina Fernández

Consultora de proyecto: Sara Rey

Distribución: Teresa de Juan

Prensa: María Díaz

Ayudante de producción: Jorge Peiró

Grabación de voces en off: Juanjo Ballester

Producción ejecutiva: José Alberto Fuentes

Una producción de La Pavana Companyia Teatral

Dirección artística: Rafael Calatayud

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 18 de junio de 2017

Calificación: ♦♦

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