Jardiel, un escritor de ida y vuelta

Ernesto Caballero intenta desagraviar al dramaturgo tanto artística como políticamente

Foto de marcosGpunto
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Cada vez que se repone una comedia de esas que se supone que se han asentado en el tiempo, surgen siempre varias cuestiones que insistentemente han de ser resueltas. Por un lado, está el asunto de la comedia en sí como subgénero, parece que siempre hace falta justificarse, sobre la consideración menor que se tiene respecto a la tragedia; por otra parte, se dirime acerca de lo difícil que es hacer reír. Con Jardiel Poncela, además, se unen las reticencias políticas, las cuales son disuadidas con aquello de que fue un adelantado a su época, un precursor del absurdo y un etcétera de virtudes que resultan insoslayables.Tres aristas que podemos ir limando para actualizar el debate y enfrentarlo a un público que comienza a vivir estupefacto en las vertebraciones del posthumor viralizado. ¿Qué debe poseer una comedia para que pueda mirar de cara a una gran tragedia? Trasfondo, crítica, ideas; es decir, aprovechar un envoltorio aparentemente intrascendente, de broma o de burla, para situar al poder, por ejemplo, contra sus propias inconsistencias. Si no, estará destinada a ser una obra olvidable de simplón entretenimiento (hace bien poco me refería por aquí a Pedro de Urdemalas, un ejemplo fantástico de lo que debe ser una comedia revitalizada en la posteridad). ¿Posee Un marido de ida y vuelta virtudes de este cariz? En absoluto. Es necesario rebuscar mucho e imbricar la biografía del autor para sacar algún hecho significativo que nos lleve más allá de los puros juegos del lenguaje y de las situaciones chocantes e irreales. Quizás, Ernesto Caballero, consciente de que a esta obra le faltaba fuste, se decidió a intervenirla. Para ello, ha incluido, principalmente, un prólogo y una excusatio non petita…, destinadas a darle protagonismo al propio autor. Efectivamente, otra vez el recurso del metateatro. Creo que ha llegado el momento de dar un golpe en la mesa y decir basta. Es que da la impresión de que los directores no se resisten a la consabida perspectiva. La lista es larga, repasen el último año. Aquí, además, con redoble. No solo el propio Jardiel sube a escena, sino que Paco Azorín ha erigido unas réplicas de los palcos para que la teatralización sea más teatralizable. Bueno, pues lo que debería durar una hora y media —no da para más—, se alarga hasta las dos horas. Diríamos que si la función fuera para descacharrarse, pues el juicio al que se somete el propio dramaturgo por sus veleidades políticas —todo un despropósito desde el punto de vista artístico y con el que parece que Caballero quiere pedir disculpas a las posibles hordas circunvalantes—, nos habría cortado el rollo, cuando lo único que consigue es adensar un espectáculo que ya desde el principio se nos muestra plomizo. Porque Un marido de ida y vuelta, una obra estrenada en el teatro Poliorama de Barcelona el 6 de octubre de 1939, con la compañía del Infanta Isabel de Madrid, requiere un brío, un ritmo, un tono y unas maneras actorales que la dirección de Ernesto Caballero no ha puesto a funcionar como debiera. Primeramente, como ya se ha señalado, no ayuda a captar al respetable que Enrique Jardiel Poncela, entre brumas, converse con Eloísa, por muy irónico que resulte el encuentro con tan célebre no-personaje. Luego ya, cuando comienza en sí la comedia, se observa a los actores con el freno un poco echado, como si no quisieran, ni por asomo, que se les astracanara el cometido. Lucía Quintana, que posee una sobrada vis cómica (no hay más que recordarla en su exitosa Maribel y la extraña familia o en las obras dirigidas por Alfredo Sanzol) y que sabe gestualizar y acentuar hasta rozar la caricatura de sus personajes humorísticos, aquí, haciendo de Leticia, la futura viuda, parece que le faltaría otra vuelta de tuerca; esencialmente para que su esposo, un Jacobo Dicenta (un tanto alto para hacer también de Jardiel) demasiado seco y apagado (eso de «¡Reuma¡ ¿Has oído? ¡Ja, ja, ja! ¡Reuma!», mientras se muere; pues, en fin, se le podría dar otro aire), nos embelesara. Ocurre parecido con Díaz, ese inútil asesor de vestuario, que interpreta Juan Carlos Talavera con excesiva displicencia. Mientras que a Chema Adeva, como Ansúrez, el médico, le falta un punto macabro para remarcar sus ridículos diagnósticos. Por otra parte, sí considero que están muy bien dirigidos los actores que interpretan algunos personajes secundarios. El principal de todos ellos, Paco Déniz, un mayordomo paradójico, asustadizo y que ofrece el envés de la situación en su justa medida. Muy socarrona resulta Paloma Paso Jardiel, como la tía Etelvina. Igualmente, Pepa Zaragoza, muy expeditiva como Amelia. Baste afirmar que todo el elenco es de una profesionalidad incuestionable, tanto por sus demostraciones pasadas como en esta función; el asunto radica, insisto, en el tono general.

En el tema de la risa, creo que esta obra concretamente ya lo tiene imposible con las nuevas generaciones (no refiero precisamente a los adolescentes). España ha sondeado otros territorios en el humor, alentado por otro tipo de televisión más mordaz y por diferentes modos de expresión en la red, que nos ofrecen un abanico, para quien esté interesado en descubrirlo, mucho más sofisticado y que deja a Jardiel Poncela, sí como un adelantado a su época, pero ahora mismo ya superado. Pienso que podría haber hecho más gracia, pero por lo comentado más arriba, parece que se le ha imprimido una seriedad propicia para distanciarse de los exitosos montajes en los teatros comerciales. ¿Puede jugarse todo al lenguaje cuando cuesta mucho hacer una segunda o tercera lectura? Claro que hay guiños que suenan a los Marx, pero con una historia tan situacional, tan simplona a la postre (cierto es que la censura le había arreado desde la diestra y la siniestra, y que en el 39 poco más se podía ofrecer), encerrada en una fantasía donde un marido hecho fantasma regresa a por su mujer, al ver que su mejor amigo, Paco, ha incumplido su promesa y se ha casado con ella.

Como ocurrió hace unos meses en este mismo teatro con la obra …y la casa crecía, de Jesús Campos García, en un intento también baldío de recuperar cierto tipo de humor, el montaje, desde el punto de vista técnico, supera al texto y al tono de la interpretación. La apabullante escenografía de Azorín, con los palcos al aire, nos llega a deslumbrar, el vestuario de Juan Sebastián Domínguez logra una gran credibilidad en su combinatoria de disfraces y vestidos de los años cuarenta, todo ello excelentemente acentuado por la iluminación espectral de Ion Anibal y el espacio sonoro detallista y peculiar de Luis Miguel Cobo. Por lo tanto, el público, si no sabe a lo que va, podrá aburrirse; y si lo sabe, podrá reírse un rato disfrutando del despliegue espectacular del que es capaz el Centro Dramático Nacional.

Jardiel, un escritor de ida y vuelta

A partir de la obra de Enrique Jardiel Poncela

Versión y dirección: Ernesto Caballero

Reparto: Chema Adeva, Felipe Andrés, Raquel Cordero, Paco Déniz, Jacobo Dicenta, Luis Flor, Carmen Gutiérrez, Paco Ochoa, Paloma Paso Jardiel, Lucía Quintana, Cayetana Recio, Macarena Sanz, Juan Carlos Talavera y Pepa Zaragoza

Escenografía: Paco Azorín

Iluminación: Ion Anibal

Vestuario: Juan Sebastián Domínguez

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Asesor dramaturgia: Ramón Paso

Ayudante de dirección: Juanma Casero y María Lorés

Ayudante de escenografía: Isabel Sáiz

Ayudante de iluminación: Pepe González

Ayudante de vestuario: Cristina Martínez

Diseño cartel: ByG / Isidro Ferrer

Fotos: marcosGpunto

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 12 de febrero de 2017

Calificación: ♦♦

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