Iván López-Ortega plantea en su montaje junto a Macarena Sanz un estudio peculiar de nuestra tendencia a lo morboso
Para que sigamos lanzando loas sobre Iván López-Ortega (acaba de dirigir de manera elocuente Tormenta, de Strindberg), antes de que abandone su condición de joven promesa, debemos contemplar Taxidermia de una alondra, que es su creación más genuina y la que nos puede dar la pista acerca de sus concepciones estéticas y filosóficas. A priori, me animo a relacionarlo con Nao Albet y Marcel Borràs, por aquello de la falsificación y la infinita autoficción, y por todos esos efectos de la autorrecursividad que procura la escritura metaficcional. Mecanismos que hallo igualmente en Las apariciones, de Chaves y Delgado-Hierro. Por otra parte, rezuma la influencia de Pablo Rosal, quien presentó, por ejemplo, en este mismo Teatro del Barrio, su Castroponce. Es decir, ironía, posthumor, paradojas que se ensamblan performativamente en espectáculos de carácter ensayístico y conferencial. Sigue leyendo







