La exitosa novela de Delphine de Vigan es dirigida por Juan Carlos Fisher en el Teatro de La Abadía

Si con mucha frecuencia exigimos sutileza en las propuestas literarias, ya sean novelas o dramas ─ese gesto permite al lector o al espectador completar con su intelecto y su imaginación los huecos esbozados─; el exceso de omisión puede derivar en simpleza. Eso es lo que observo en el texto de Delphine de Vigan. Por un lado, convengamos en que más parece un extenso relato que se ha alargado hasta configurar una novela corta. Procedimientos de tipo editorial que valen para lanzar un producto que considero sobrevalorado.
Ocurre como en la adaptación (también en La Abadía) de la novela de Amélie Nothomb, Una forma de vida, la cual no era su mejor obra; pero venía bajo el halo de su autora. Si Las gratitudes se tomara, insisto, como un cuento, sería aceptable que los personajes fueran planos y cumplieran como peones al servicio de ese concepto de gratitud. En este sentido, el mensaje resulta evidente. Sigue leyendo


No pocas veces se ha recordado aquel célebre paso de Bette Davis por el Festival de San Sebastián en 1989, donde fue galardonada justo antes de que muriera unos días después en París. Anécdota esta que también se recuerda y se repasa en el montaje que se representa en Nave 73. Juan Mairena ha escrito un texto dramático cargado de episodios memorables de una de las actrices más célebres de ese Hollywood que queda ya muy atrás en el tiempo, y que parece que las nuevas generaciones rechazan (o ignoran) en demasía. De ahí que las letras caídas por el escenario de aquel famosísimo letrero, no solamente simbolicen la decadencia y resurgimiento de la intérprete; sino, incluso, una idea de cine que resulta caduca ante los productos mainstream de las últimas décadas. 
Resulta imposible «sujetar» una tragedia tan desnortada como que esta que escribió William Shakespeare cuando era joven, muy influido por Marlowe. Acometer tamaño proyecto siempre será complicado; porque la exageración, casi terrorista, nos lleva por la pendiente. Y no parece que en la versión de Nando López se haya pretendido hacer nada más que algunos ajustes para aguantarse con lo que hay. Tampoco hallamos una gran intervención textual, y eso quizás hubiera resultado más interesante. En muchos aspectos, este montaje se queda entre dos aguas, y ese es un lastre con el que se carga toda función. Para empezar, los Teatros del Canal, evidentemente, no son el Teatro romano de Mérida; por lo que la escenografía de Juan Sebastián Domínguez es más funcional que sugerente; pues el espacio está un tanto desangelado alrededor de los versátiles cajones que sitúa en el espacio. No obstante, la iluminación de Carlos Cremades sí que incide con precisión en el tenebrismo lógico. Luego, si continuamos con los aspectos artísticos, nos podemos preguntar, una vez más, en qué consiste eso de las modernizaciones, o qué se consigue con ello. Es decir, el vestuario de Rafael Garrigós, por qué procede con ese pastiche de trajes de caballero, con unos abrigos hasta los pies, y, por otra parte, otras vestimentas que, de alguna manera, anhelan aproximarse a algo más «romano» o «godo». 

