Ricardo III

Nuevo montaje shakesperiano a cargo de Yolanda Pallín y Eduardo Vasco sobre el malvado monarca

ricardo-iii-fotoPor las investigaciones de los últimos años parece que el bardo inglés deformó más de lo debido la espalda de nuestro protagonista, abundando en su degradación y ofreciendo razones a su misantropía congénita. Desde luego no es un asunto baladí pasar de una escoliosis aguda a una joroba, un brazo inválido y una cojera humillante. También es cierto que en la versión de Yolanda Pallín, más parece alguien que ha sufrido un ictus o una herida de guerra. El caso es que Arturo Querejeta se echa toda la función al lomo y construye su personaje como si fuera un James Cagney henchido de sadismo, alguien que debe valerse todo lo que pueda de la astucia, de la paciencia y de aprovecharse arteramente de su físico, ya sea para generar cierta compasión, como para pasar desapercibido. ¿Quién se puede imaginar a ese individuo como rey? Eso sí, el asesinato formará parte de sus costumbres cotidianas, pura sicopatía. Ricardo III es la disección del malvado que toma motivo en el mal mismo. No es solo ambición o venganza o ira, es un modo de ser; y esto es lo que nos debe espantar. Resuenan sarcásticas las voces del elenco, como una opereta en la que se insistirá más adelante, con aquello del «sol de York» (un juego de palabras sun/son), ante el cuerpo aún caliente de Eduardo, príncipe de Gales, asesinado por el propio Ricardo (igual que a su padre), en el comienzo de la obra. La ambientación propuesta por Pallín y Vasco remite, por ejemplo, al Chicago gansteril de los años veinte avanzando hasta un atisbo de soldadesca nazi. El expeditivo pistoletazo nos va entregando muertos al antojo del futuro monarca. El sentido y el ritmo está tan marcado por el buen hacer de Querejeta que el resto ve reducida su presencia y su ímpetu. Hasta diez actores le acompañan con una solvencia estimable. Adquiere un tono de patetismo procaz la declaración amorosa a la viuda Ana, que Cristina Adúa acoge con tembloroso encanto, estupefacta ante tal despropósito mientras se apoya en el baúl que simula el ataúd de su esposo Eduardo. Similar escena se repetirá con Isabel, la esposa de Eduardo IV, que Isabel Rodes encarna con el punto preciso de pundonor. Cierra el bando femenino Charo Amador, muy firme como Margarita. En el bando masculino, la cantidad de personajes no permite más que pinceladas a muchos de los actores, entre ellos, podemos destacar a Fernando Sendino, que se ocupa sibilinamente y con expresión certera de Buckingham, ese lugarteniente dispuesto para la sevicia. Antonio de Cos se queda con Hastings, un contrapeso vigoroso. José Luis Massó y José Vicente Ramos se transforman en un par de asesinos voluntariosamente despiadados. Mientras que Guillermo Serrano se tiene que ocupar de Brakenbury, el gobernador de la Torre de Londres, entre otros. Todos contribuyen a dar forma a esta compleja tragedia de tintes calderonianos, donde la predestinación juega un papel importante en la sicología y en las decisiones de estos nobles, reforzada, además, por los sueños, las presencias y las visitas fantasmales.

Han pasado justamente dos años desde que Sanchis Sinisterra versionara Sueños y visiones del rey Ricardo III para representarla también en el Español; aquella fue una mirada centrada en lo onírico, mientras que esta que dirige Eduardo Vasco tiende a lo narrativo, reconociendo que el embrollo histórico es morrocotudo si se desconocen los antecedentes; y este hecho provoca que la acción tienda a lo estático y que los parlamentos quieran resolver más de lo debido. Se insiste nuevamente con una escenografía mínima (a cargo de Carolina González), apenas unas maletas, algún baúl, un piano tecleado por Jorge Bedoya, quien también hace labores eclesiásticas. Miguel Ángel Camacho se encarga de la iluminación, asumiendo que no es fácil manifestar la oscuridad intrínseca del villano y, a la vez, la vida que transcurre por detrás de él. Elegante y bien perfilado, sencillo, el vestuario de Lorenzo Caprile.

Como ocurre con otras adaptaciones shakesperianas de Noviembre Teatro, como El mercader de Venecia u Otelo, se pretende hacer encaje de bolillos, recortando aquello que pudiera sonar pretencioso, aburrido o abstruso, intentando no perder la esencia y, además, aportándole ciertos detalles esteticistas, aunque siempre mínimos. El resultado sigue siendo el mismo: no se logra la excelencia, pero se obtiene un entretenimiento al que puede acceder un público más amplio y no tan exigente, que podrá salir tras la pertinente hora y cuarenta minutos de rigor habiendo asistido a un Shakespeare.

Ricardo III

Autor: William Shakespeare

Versión: Yolanda Pallín

Dirección: Eduardo Vasco

Reparto: Arturo Querejeta, Charo Amador, Fernando Sendino, Isabel Rodes, Rafael Ortíz, Cristina Adúa, Antonio de Cos, José Luis Massó, José Vicente Ramos, Jorge Bedoya y Guillermo Serrano

Escenografía: Carolina González

Vestuario: Lorenzo Caprile

Iluminación: Miguel Ángel Camacho

Música: Janácek / Vasco

Ayudantes de dirección: Fran Guinot / Daniel Santos

Producción: Miguel Ángel Alcántara y Noviembre Compañía de teatro

 

Teatro Español (Madrid)
Hasta el 15 de enero de 2017

 

Calificación: ♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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