El bar que se tragó a todos los españoles

Alfredo Sanzol crea una de sus obras más profundas y compactas para biografiar tanto a su padre, un ex cura, como a España

Foto de Luz Soria

La última obra de Alfredo Sanzol se sitúa entre las mejores y más profundas de sus creaciones, y podemos relacionarla claramente con otro de sus importantes hitos: La calma mágica, un texto que parte del padre fallecido. Lo que observamos, entonces, sobre las tablas del Teatro Valle-Inclán, bien puede tomarse como una precuela de aquel doloroso acontecimiento. Pienso que el dramaturgo ha atravesado una etapa marcada por la hipersensibilización, por el humor más amable, matizado respecto de sus esplendorosos comienzos, que le han propiciado éxito de crítica y de público, que le han deparado una serie de premios y que lo han llevado, finalmente, gracias a todas sus andanzas, a dirigir el CDN. Con La respiración, con La ternura y con La valentía, me había desencantado con un autor admirable; pero ahora con El bar que se tragó a todos los españoles percibo que se aúna su parte más punzante, su agudeza en el relato paradójico y su análisis de nuestras costumbres. Ha creado una magna obra, algo sobredimensionada, como vamos a ver, que deambula por el neorealismo con toques mágicos, con esos vaivenes de metateatralidad y de autoficción que se disponen en una aventura, que nos hace pensar en las road movies americanas; aunque termine por decirnos mucho de nosotros y de nuestro pasado. Cuando uno cuenta con una peripecia así en su familia, realmente está obligado a contarla. Resulta que al padre de Alfredo Sanzol, navarro como él, lo mandaron para el seminario con doce años para que, con el tiempo, se pudiera ordenar sacerdote, como así ocurrió. Sigue leyendo

Contarlo para no olvidar

El Teatro Español acoge la dramatización del diálogo que mantuvieron las periodistas Maruja Torres y Mónica García Prieto

Foto de Esmeralda Martín

Irrumpen con grito empoderado, con la reivindicación de la condición femenina. Realmente, no les hace falta, es más, las empequeñece. Su poder está en el arrojo y en la valentía que han demostrado durante tantos años inmiscuyéndose en conflictos bélicos tan cercanos a su genuina humanidad como alejados de las tribulaciones propias de la sociedad en la que viven y a la que pertenecen. Maruja Torres (Barcelona, 1943) y Mónica García Prieto (Badajoz, 1974) decidieron que una conversación tan entrañable como cómplice sería de interés para el público lector. Y ahora, esa charla de compañeras de profesión, y esa confesionalidad de la maestra y de la alumna ―sin la lección de la auctoritas― se recrean dramáticamente en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español. Miguel Rellán ha puesto su empeño ―mucho, dadas las circunstancias generales y particulares― para hacer honor al título de la obra: Contarlo para no olvidar. Y aunque, al final, este diálogo quiere esbozar un timidísimo rayo de esperanza, la propuesta está cargada de entusiasmo y de vitalismo; pero es sombría. Partamos de la realidad a la que hemos llegado a través de varias evidencias (no pondré los datos que lo justifican): los jóvenes ya no leen periódicos (tampoco los universitarios). El periodismo de investigación carece de presupuesto. Sigue leyendo

La respiración

A Sanzol se le ha ido la mano en esta función y se ha puesto cursi hasta la saciedad

la_respiracion_escena_18Alfredo Sanzol es un dramaturgo perfectamente asentado y reconocido en la escena española. Tras un periodo en el que la estructura basada en sketchs de sus obras era la predominante (Sí, pero no lo soy o Delicadas o En la luna) ha pasado, desde Aventura! (2012), a historias que perviven en una única trama y en un solo argumento. Siempre se ha destacado el escritor navarro por su destreza a la hora de trazar diálogos ingeniosos, sorpresivos y repletos de un humor chocante y paradójico, muy basado en lo inverosímil, sin llegar al absurdo. Diríamos que La respiración y su anterior obra, La calma mágica, forman un díptico de la sanación. En aquella, Sanzol se curaba del fallecimiento de su padre y en esta que nos presenta en el Teatro de La Abadía, de su separación. Hablamos de dolor, angustia y parálisis frente a una vida que necesita recobrar el sentido. En ambas obras recurre al mismo proceso psicoterapéutico: la fantasía como forma de huida hacia lugares inexplorados para dejar que los recuerdos torturadores tomen un acomodo más llevadero. Pero lo que en La calma mágica era un viaje iniciático a través de una seta alucinógena, con tintes surrealistas y un relato vivo y zigzagueante; en esta, en La respiración, la protagonista, el alter ego de Alfredo Sanzol, nos sobrepasa con un discurso verborreico, excesivamente expuesto y tajante en el que apenas deja hueco para el requiebro. La situación es clara: sufre tanto que no puede vivir. Su madre intenta introducirla en otros ambientes para airearla, pero no asistimos a ningún proceso mágico o ritual, sencillamente aparecen unos personajes que la acogen con deseos de amor y sexo. Uno se esperaba, conociendo la trayectoria del autor, sus habilidades y su capacidad para el asunto profundo revestido de irónico circunloquio, algo más fraguado, menos evidente, menos cursi. Desgraciadamente parece que Sanzol ha soltado la espita del artista y se ha abierto en canal y nos ha lanzado todos sus sentimientos sin apenas freno. Sigue leyendo