Los hermanos Karamázov

Unas actuaciones fabulosas levantan una versión reduccionista de la obra de Dostoievski

Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Nadie puede dudar a estas alturas que Gerardo Vera conoce su oficio, que domina el arte de la escenografía, que sabe dirigir a sus actores y que es capaz de propiciar momentos de sugerente belleza en sus funciones; pero, ¿qué nos depara una adaptación teatral de una obra realista del siglo XIX compuesta por unas mil doscientas páginas que aquí se reducen a casi tres horas? Si lo importante de esas novelas decimonónicas es el argumento, entonces toda la historia de la literatura está llena de buenos motivos. No, esas obras son valoradas por cuestiones, en absoluto literarias (de hecho, para la literariedad, fueron un retroceso), sino por el ambiente, las ideas, el reflejo de una sociedad, es decir, aspectos sociológicos, antropológicos e históricos. Pretender que en tres horas se pueda reflejar el mundo que plasmó Dostoievski, es como darnos por satisfechos cuando los preadolescentes se leen esas terribles versiones de El Quijote. Lo que leen, evidentemente, no es nada que se aproxime al verdadero valor de El Quijote, que no es que un caballero andante se estampe contra unos molinos, sino su arte literario.

Vera se ha especializado en los últimos tiempos en llevar a escena auténticos melodramas de corte realista, muy inspirados en esa corriente norteamericana de los Eugene O`Neill, Tennessee Williams o Thornton Wilder. Lo hemos visto con La loba, Agosto o El cojo de Innishmaan; es decir, relatos familiares duros y con oscuras rencillas que vienen del pasado. Aquí nos encontramos con Los hermanos Karamázov, una obra donde la trama compuesta por lo religioso, el nihilismo, el sentimiento de venganza, la orfandad y el ansia por el ascenso social queda un tanto deslavazada, puesto que estos elementos apenas pueden tener desarrollo. Aquí, el ajuste a las normas y a las convenciones aristotélicas lo perfilan todo. Lo que Dostoievski elabora en cien páginas en una debate entre el stárets Zosima y los Karamázov, donde el propio Iván (interpretado con una contradictoria melancolía por Markos Marín) expone sus planteamientos nihilistas y que nos dan una idea del mundo interior que lleva dentro, no pueden quedar reducidos a la frase «todo está permitido» y darnos por contentos. En definitiva, únicamente uno puede imaginarse dos formas de llevar a cabo de una manera artística esta novela ─en el caso de que uno lo vea necesario─; o mediante algún procedimiento vanguardista extrayendo las esencias, que no el argumento, o en una versión de doce horas que, al menos, nos aproximara al meollo filosófico del ruso.

Ahora bien, lo que se puede encontrar parte del público que no tenga muy fresca la novela o que no se ofusque con menudencias de teoría literaria, es una colección de actuaciones memorables. Partiendo de Fernando Gil, toda una sorpresa interpretativa, haciendo un Dimitri Karamázov furibundo, salvaje y extasiante; es tal la entrega del actor que uno, a veces, teme que vaya a saltar a la platea a cargarse a algún espectador. Su antagonista, Juan Echanove, vuelve a demostrar su carisma, su atractivo actoral y su capacidad para la expresión cínica; me recordó mucho a su papel en Plataforma, de Calixto Bieito. Luego están los dos actores que todo director desea tener encima de un escenario: Marta Poveda y Óscar de la Fuente. Ambos actuaron la temporada anterior en Los cuentos de la peste y ambos, con su buen hacer, poseen procedimientos dramáticos, sutiles y repletos de intuición, que favorecen la estructuración de las obras donde participan. Marta Poveda, protagonista hace unos meses en Pingüinas, está soberbia como Grúshenka. Su compañero es de los personajes más torticeros de la función y está inmejorable. Lucía Quintana, una actriz que luce mucho más en papeles cómicos, ofrece una actuación satisfactoria. Igualmente, Ferran Vilajosana, aunque le faltaría un poco más de solemnidad como Alekséi, cumple con destreza. El resto, en papeles menos destacados, demuestran su buen hacer y la excelente dirección de Gerardo Vera.

¿Es este el tipo de teatro que debe fomentar el Centro Dramático Nacional? ¿No debería el público aburguesado, tan satisfecho de sí mismo y al que se le presupone un nivel crítico, exigir otra vuelta de tuerca? ¿No es puro esnobismo negar que estas adaptaciones forman parte del teatro comercial, aunque envueltas en la prosapia de los autores clásicos? Los hermanos Karamázov expuestos en el Teatro Valle-Inclán son: fastuosos / convencionales, desbordantes / intrascendentes, emocionantes / vetustos.

Los hermanos Karamázov

Autor: Fiódor Dostoievski

Dirección: Gerardo Vera

Versión: José Luis Collado

Reparto: Juan Echanove, Óscar de la Fuente, Fernando Gil, Markos Marín, Antonio Medina, Antonia Paso, Marta Poveda, Lucía Quintana, Chema Ruiz, Ferran Vilajosana, Eugenio Villota y Abel Vitón

Escenografía: Gerardo Vera

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Vestuario: Alejandro Andújar

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Videoescena: Álvaro Luna

Movimiento: Eduardo Torroja

Caracterización: Pato

Diseño de cartel: Isidro Ferrer

Fotos: Sergio Parra

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 10 de enero de 2016

Calificación: ♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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