En lo alto para siempre

Juan Navarro y Gonzalo Cunill crean una dramaturgia performativa y extraña para recrear el universo del escritor David Foster Wallace

En lo alto para siempre - FotoQuizás haya pocas dudas al considerar La broma infinita (1996) la mejor novela del final del siglo XX; aunque, realmente, cuando uno la lee, más le parece la mejor de nuestra época que aún dura. Que David Foster Wallace se suicidara en 2008 era más que previsible; pues la depresión lo atenazaba y las pastillas que tenía que ingerir para contenerla lo llevaban a pasar meses fuera de juego. Desde entonces, hemos ido descubriendo mucho de su obra inédita, gracias, en parte, a la pequeña editorial Pálido fuego. Sigue leyendo

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Los secuestradores el lago Chiemsee

Alberto Iglesias firma un texto meramente anecdótico para un montaje dirigido con torpeza por Mario Gas en los Teatros del Canal

Los secuestradores del lago Chiemsee - Foto Sergio ParraCon todo el respeto para nuestros mayores, esta propuesta cae en el tópico de la complacencia de una manera abrumadora. Es una obra que parece dirigirse con tanto ahínco hacia el estamento provecto, que quiere demostrar su ancianidad desde el minuto uno. Debe ser que cuando uno pasa la frontera de los sesenta y pico pierde el sentido del humor más incisivo y la blandura en las expresiones se asienta, como si uno sufriera un golpe de ingenuidad. Y eso que hablamos de unos jubilados que han encerrado a su asesor fiscal, porque sus «malos» consejos los han dejado secos. Los secuestradores del lago Chiemsee de Alberto Iglesias no tiene fuste, carece de trama, de nudo, y de interés; es lenta y muy larga, y solo puede hacer gracia a las almas cándidas que se ríen de los achaques del prójimo. Sigue leyendo

¡Que salga Aristófanes!

La compañía Els Joglars cumple sesenta años sobre los escenarios y lo celebra con un montaje poco atrevido sobre la cultura woke

Retrato por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Debemos tomar este nuevo espectáculo de Els Joglars —en su sexagésimo cumpleaños— como la segunda parte de un díptico que iniciaron con Zenit en 2017. En aquella obra atendían al desbarajuste de los medios de comunicación en relación a la tan traída posverdad. De alguna manera, ¡Que salga Aristófanes! remite a la estupefacción que ciertos ciudadanos están percibiendo sobre el agrietamiento de algunos hechos hasta ahora casi incuestionables. La idea de que todo parece ser relativo, de que todo depende de quien lo observe o de cómo les dicten sus entrañas qué opinar. Igualmente, entonces, porque tampoco ha cambiado apenas la perspectiva y la estética de la compañía, podría criticar aspectos muy similares de aquel montaje en referencia este. Es decir, bien está que alguien, dentro del seguidista y cobarde mundillo teatral actual, que parece no querer salirse ni una coma de su exquisita moralidad creadora, que los ancianos del lugar pongan en solfa las supuestas corrientes sobre, principalmente, la cultura de la cancelación. Pero digamos que, una ridiculización —más que una sátira— a la totalidad de la conocida mundo woke, parece una vía fácil destinada a la risa de tu rebaño. Porque no debemos confundir los fundamentos de algunas políticas o corrientes de pensamiento (loables en muchas de sus concepciones) con los desatinos por los que discurren sus voceros o intérpretes bisoños, quienes suelen descacharrar cualquier viso de sensatez. ¿Acaso no podemos encontrar validez en algunas, incluso muchas, de las propuestas feministas, animalistas, ecologistas o sobre el uso del lenguaje en determinados ámbitos? Creo que es, otra vez, una oportunidad perdida para dar la pelea con la consistencia que se necesita para rebatir la insolencia, la estupidez, la falta de sentido común y las desnortadas teorías que han llevado a cuestionar hechos realmente incontrovertibles como la categoría biológica ‘sexo’ o la obsesión con el heteropatriarcado como chivo expiatorio de cualquier mal, que sitúan los cambios exclusivamente culturales como la pócima mágica para alcanzar el bien. Nos acercamos a ese tenebroso territorio estadounidense, donde muchas escuelas y bastantes universidades son auténticos campos de batalla donde las ideologías de todo cuño quiebran la posibilidad del entendimiento y de la negociación. Parece que ha saltado por los aires esa concepción que Habermas define como «situación ideal de habla». Por todo ello, Els Joglars no puede hacer una satirilla, por muy oportuna que sea, ya que ellos tienen prestigio, y eso supone un colchón suficiente como para no arredrarse. Digamos claramente que han hecho una comedia de cara a su parroquia en la grandiosa Sala Roja de los Teatros del Canal, ni más ni menos. Menudo altavoz como para rascar tan poco. Así es muy fácil ganarse los aplausos. Dicho esto, el oficio pervive y el fundamento esencial del montaje tiene su aquel. Nuevamente, Fontserè se enmascara en don Quijote, por mucho que tome prestado el espíritu de Aristófanes y sus obras, aquellas donde hasta Sócrates, el hombre más sabio, podía ser criticado. El actor tiene sus tics medidos y se mete en el papel hasta sus últimas consecuencias; pero ser un viejo catedrático de Clásicas cuestionado por las formas y los contenidos de sus clases también tiene bastante de individuo pasado de vueltas, que tampoco es capaz de leer el presente y sigue pensando que posee la piedra filosofal, cuando, quizás, lo que atesore sea puro y simple autoritarismo. Los alumnos de hoy pueden ser tan estúpidos como siempre debido a su edad; pero no hay duda de que han ganado muchísimo poder gracias a cambios legislativos y, también, a los tsunamis que se pueden organizar a través de las redes sociales. Esto no quita para que el profesorado haya podido quedarse anquilosado en su incuestionabilidad. Así que podemos considerar lo más descacharrante el hecho de que a este catedrático lo hayan internado en un centro de educación psico-cultural. Algo similar a esos cursillos de nuevas masculinidades, que son «el curar la homosexualidad» de la izquierda wonderful, o sea, maoísmo de manual. Y qué mejor para la cura de este docente enloquecido, que permitirle plasmar una performance sobre las fiestas dionisiacas evocando a Aristófanes y a todos sus personajes. Expresado de esta manera, verdaderamente suena muy bien, y parecería que la confluencia del mundo literario-imaginario con la crítica a la realidad (vuelta con el caballero cervantino) podría llevarnos lejos. Pero el desarrollo de la idea no transcurre con un humor que esté a la altura; porque es demasiado blanco y blando. Si además el recurso fálico es la gran apuesta (el cipote-tótem se pasea con orgullo, pero sin más). A Xevi Vilà y a Angelo Crotti, otros internos, no les queda más remedio que colgarse unas ostentosas vergas cual sátiros juguetones. También está por ahí Dolors Tuneu, como paciente y como musa, para contribuir a la propia performance; aunque careciendo de un papel consistente. Por su parte, Pilar Sáenz, como directora del centro, y Alberto Castrillo-Ferrer, un funcionario que viene a contemplar la susodicha actuación, poseen diálogos más cómicos y absurdos, pues llevan su ideología hasta el esperpento. No es ya que este puritanismo ateo conlleve la implosión de cualquier atisbo de racionalidad, es que termina por dar pena, si no fuera por las consecuencias legales. De este último hay que valorar también su dirección de escena, pues el movimiento del elenco por esas pasarelas que configuran la escenografía de Anna Tusell puntean la función como guiñoles. En definitiva, ¡Que salga Aristófanes! es un ejercicio inane para el cometido que debiera tener, es decir: ser rompedor.

¡Que salga Aristófanes!

Dramaturgia: Els Joglars

Dirección: Ramon Fontserè

Artistas: Ramon Fontserè, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu, Xevi Vilà, Alberto Castrillo-Ferrer y Angelo Crotti

Dirección de escena: Alberto Castrillo-Ferrer

Asesora artística: Martina Cabanas

Diseño de iluminación: Bernat Jansà

Diseño de vestuario: Pilar Sáenz

Diseño de espacio sonoro: David Angulo

Dirección técnica: Pere Llach

Escenografía: Anna Tusell

Atrezzo: Pere Llach, Gerard Mas

Confección vestuario: Mª Àngels Pladevall, I.T.A.

Sombrerería: Nina Pawlowsky

Producción ejecutiva: Montserrat Arcarons

Distribución: Els Joglars

Prensa y comunicación: Oriol Camprubí

Fotografía: David Ruano Fotografía, Sílvia Pujols Fotografía

Diseño gráfico: Nyam – Agencia Creativa, Manuel Vicente

Una producción de Els Joglars coproducida con la Comunidad de Madrid (Teatros del Canal) y la Generalitat de Catalunya.

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 6 de marzo de 2022

Calificación: ♦♦

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Una costilla sobre la mesa: Padre

Angélica Liddell completa su díptico a partir del texto de Gilles Deleuze sobre Sacher-Masoch en un montaje irregular

Una costilla sobre la mesa - Padre - FotoDesplegar y cerrar el díptico sobre los progenitores fallecidos. Madre tuvo una concisión mayor, una recursividad con el folclore y con la religión más apegada a lo telúrico, con significado más claro. Padre cae en el vicio del teatro posdramático: desperdigar los motivos y los símbolos sin ánimo vertebrador, esperando que el espectador más afanado se entregue a una posible interpretación entre otras múltiples. Creo que sería conveniente despegarse un tanto del ensayo que publicó Gilles Deleuze en 1967 (Presentación de Sacher-Masoch. Lo frío y lo cruel), fundamentalmente porque este no realiza una aproximación litúrgica y cristológica tan patente como la dramaturga. Sigue leyendo

Principiantes

El mundo de Raymond Carver se vivifica en una atmósfera taciturna para cuestionar el concepto de amor

Retrato por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Entiendo que la apuesta va directa a la ambientación en su sentido más amplio en la dramaturgia. Crear una atmósfera trazada por la iluminación de Valentín Álvarez, quien confía en la frialdad melancólica del anochecer, en el fustigamiento silencioso de la violencia soterrada con los azules y algunos rojos que se cuelan en las evocaciones. Destinar la función, digo, a una respiración elíptica, no al modo de Chéjov (las influencias son consabidas), pues este da un oxígeno a los personajes que les permiten entoñar su runrún emocional en una cotidianidad mundana. En Carver, los individuos son evocados por la pulsión existencialista, por el sin sentido de la sociedad de consumo americana en los años setenta, por esa zozobra del fracaso recurrente cuando, en realidad, se vive cómodamente. Beatriz San Juan concita a esos seres alrededor de una mesa, delante de los paisajes que se plasman en una gran pantalla y que Miquel Àngel Raió ha ideado. Estados Unidos es un país despoblado, en general, y el narcisismo de la clase burguesa hace tiempo que configuró la lejanía y el distanciamiento familiar Sigue leyendo

Ojos que no ven

Natalia Mateo ha transformado en obra teatral su cortometraje para configurar una oscura tragicomedia navideña

Ojos que no ven - FotoLas trifulcas familiares con visos costumbristas, con ese retrato de las cuitas pequeñoburguesas, son un género altamente explotado en el cine y, también, en el teatro. Fácil es acordarse, por ejemplo, de Agosto, de Tracy Letts; aunque más interesante es traer a colación No todo el mundo puede ser huérfano, de los Chiens de Navarre, pues ellos ofrecieron una conmovedora ruptura sarcástica a la cuestión. Ojos que no ven, de Natalia Mateo parte de su propio cortometraje homónimo. Aunque se perciben detalles peculiares, que veremos, la autora se ajusta al estereotipo y, por supuesto, nos destina a la catarsis esperable para que la purga nos concite. Por eso, en este sentido, no podemos ir más allá, por mucho que las interpretaciones posean, en general, una sintonía del todo satisfactoria. Si la idea principal del corto se mantiene, los cambios y las aportaciones son muchas y variadas; con lo que debemos aceptar que es casi una obra nueva. Sigue leyendo

La gota de sangre

Adaptación teatral de una novelita policiaca de Emilia Pardo Bazán en un espectáculo un tanto acartonado

Retrato por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Si el centenario de la muerte de Galdós no alcanzó el esplendor esperado (algunos niegan vivir en el país que viven), el de Pardo Bazán está siendo más insustancial todavía. Quizás la sororidad sí que entiende de tendencias políticas. Después de las dos incursiones en Los Pazos de Ulloa (la de Pimenta y la de Correa), Juan Carlos Pérez de la Fuente e Ignacio García May, quienes me maravillaron con Torquemada, han considerado que esta novelita de la autora gallega merece llevarse a las tablas. Sigue leyendo

Una historia de amor

La estrella de la dramaturgia francesa, Alexis Michalik, irrumpe en los Teatros del Canal con una obra cargada de inverosímil sensiblería

Retrato por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Supongo que este es el tipo de teatro que haría las delicias de Albert Boadella. Blanca Li ha sabido abrir la mirada para llegar a todos los públicos, y dar cabida a un montaje que, después, en buena lid, será explotado por un teatro comercial, como ya se anuncia. Una historia de amor es la peor obra que he podido contemplar en los Teatros del Canal. Yo entiendo que afirmar esto de un espectáculo que es firmado y dirigido por un «niño maravilla», pues supone un gran atrevimiento y, seguramente, sea un gesto de soberbia elitista. Lo reconozco. Sigue leyendo

Antigone in Molenbeek + Tiresias

Guy Cassiers vuelve a cargar su dramaturgia con los excesos narrativos para remitirnos a dos figuras clave de la mitología clásica

Antigone in Molenbeek + Tiresias
Foto de kvde.be

Con Guy Cassiers ya sabemos a lo que nos exponemos. Diría que los belgas más ¿vanguardistas? viven decididos por lo narrativo. Los ejemplos se suceden con Milo Rau (suizo, pero afincado en Bélgica) o, hace poco con Fabrice Murgia; y hasta Cédric Eeckhout, desde el humor, se apunta a contarnos sin parar una historia. Tomemos las dos piezas en sintonía y no totalmente separadas; aunque el descanso durara media hora. La estética es la misma y, las remisiones mitológicas, también. A bote pronto, se puede aseverar que la Antígona es aburrida, monótona, lineal. Sigue leyendo