Así que pasen cinco años

El grupo Atalaya vuelve a dar una lección estética en su versión de la obra lorquiana

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Después del buen sabor de boca que nos dejó su reciente Madre Coraje, ahora los de Atalaya se han plantado en el Centro Dramático Nacional con una mirada sobria y onírica sobre uno de esos textos de teatro imposible de Federico García Lorca. También este año hemos podido disfrutar ─y lo hemos contado por estos lares─ de El Público, con una visión del simbolismo lorquiano absolutamente diferente del que aquí, con Así que pasen cinco años, ha imaginado Ricardo Iniesta. Escorado hacia una estética, por un lado, expresionista, donde la arquitectura se maximaliza y las escaleras conducen hacia la nada o el vacío y, por otra, hacia Magritte: objetual, directo y metafórico. Cuando la función se vuelve aún más onírica, también podemos encontrar esas líneas de fuga que imprimió Orson Welles en su adaptación de El Proceso. Partimos, por lo tanto, de una escenografía con pocos elementos, pero de una funcionalidad evidente, que juega con el beneficio de una iluminación donde Miguel Ángel Camacho ha sabido provocar nuestra atención. Es una virtud de esta compañía la capacidad para dinamizar los textos cuando se ponen en escena, aprovechando todos los espacios posibles de tal forma que nada entorpezca el paso de un acto a otro, de una escena a la siguiente. Lo vemos, por ejemplo, cuando aparecen delante del telón el niño y la gata, para después adentrarnos de nuevo en ese despliegue de escaleras dobles, de armario de espejos donde se multiplican las personalidades reflejadas o de los objetos que se reparten por el suelo como las tijeras, como símbolo de impotencia en el más amplio sentido del término. Sigue leyendo

Vida de Galileo

Versión de la obra brechtiana estilizada por un vestuario icónico diseñado por Felype de Lima

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

A pesar de que Galileo Galilei es uno de los personajes históricos más populares (1564-1642), se sigue manteniendo el bulo de que fue quemado en la hoguera por contradecir el modelo ptolemaico, como sí lo fue, por razones parecidas, Giordano Bruno. La obra que escribió Bertolt Brecht, quien reescribió en tres ocasiones el texto (aquí tenemos la última versión, de 1955), puede parecer a primera vista demasiado tendente a la fría biografía e, incluso, al documentalismo. Al fin y al cabo, hablamos de un anciano dedicado a sus pesquisas científicas día y noche. La versión y la dirección de Ernesto Caballero permiten dinamizar enormemente la función. Recurre desde el principio al truco metaliterario desde el cual todo se presenta como un ensayo en el que mágicamente el mismo Bertolt Brecht se pone en la piel de Ramon Fontserè para convertirse en Galileo. Así se logra, como bien afirman, que el propio protagonista no envejezca y tampoco el pequeño Andrea, el cual puede mantener siempre el mismo rostro incólume de Tamar Novas. Aunque, desde mi punto de vista, la mejor decisión que ha tomado el director del Centro Dramático Nacional ha sido elegir a Felype de Lima (aún se recuerda su labor en el Fausto de Pandur) como diseñador de vestuario. Es el generador de toda una estética en la que se conjuga la sencilla ropa que cualquier actor puede emplear en un ensayo, con los elementos de atrezo que van a definir su personaje. Combina prendas maltrechas, como las túnicas de fieltro roído que usa Galilei, con complejos cascos-máscara en los que se hibrida el pico del médico de la peste con la protección que cualquier soldado podría llevar en la cabeza durante la Segunda Guerra Mundial. Todo se impregna de negritud, esplendorosa en la vestimenta de las damas de la corte o en el contraste en blanco del Papa, y cómo se recrea en escena todo el proceso de su propio vestir. Encontramos gorgueras, estolas, levitas, pero también pantalones, cinturones, guantes de plástico en una mezcla atemporal y anacrónica que nos sumerge en un mundo oscurantista atenazado por la enfermedad y soportado por el carnaval. Sigue leyendo

Páncreas

Patxi Telleria ha cuajado en verso un artefacto perfectamente engrasadouna comedia repleta de dilemas

Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Si en otras ocasiones la pretenciosidad sobresale en propuestas que hacen aguas por doquier, aquí, en Páncreas, una sencilla trama, sin más trascendencia que plantear un doble y hasta triple dilema moral que se acomoda entre la parodia de la novela negra y la comedia de enredo, encontramos un artefacto perfectamente engrasado, un juguetito dramatúrgico donde las piezas encajan coherentemente durante poco más de una hora. Posee, por lo tanto, no solo un envoltorio atractivo, sino también un procedimiento sugerente. En definitiva, cuenta con suficientes elementos como para que el público pase un buen rato y se deleite con unas actuaciones surgidas de tres actores, tan experimentados, que expelen su alegría y suficiencia en unos papeles en absoluto fáciles. La historia resume la vida de tres hombres que han llegado a ser amigos a través de una serie de peripecias vitales de las que dan cuenta en un prólogo donde ya se da comienzo al ritmo ágil y despierto que arrastra la función. Además, la obra que ha escrito Patxi Telleria posee la peculiaridad de que emplea el verso, aunque ha tenido la habilidad de utilizar endecasílabos, alejandrinos y otros metros de arte mayor que no fuerzan tanto la rima. Este hecho les permite jugar en los diálogos y favorecer el entresijo combinando estrofas entre unos y otros, además de otros recursos retóricos como la ironía, la paradoja o la preterición. Sigue leyendo

Splendid´s

Al texto de Jean Genet se le suma su única película como director en una función repleta de sugerencias autobiográficas

Foto de Frederic Nauzyciel
Foto de Frederic Nauzyciel

No es una decisión azarosa de Arthur Nauzyciel incluir, como preludio a la función, el cortometraje de 1950, Un chant d’amor, del propio Genet; es más, se debe observar como un todo. La cinta, en blanco y negro, y muda, expone la situación de varios presos en sus celdas mientras sus prácticas onanistas y sus ensoñaciones sexuales se mezclan con el voyerismo de un guardia. Sirve, sin duda, para plantar una estética de los tópicos autobiográficos que arrastró en sus creaciones el escritor parisino; el eterno ejemplo de ser marginado que se aúpa al estrado del arte desde la sordidez. Después comienza en sí la obra teatral. Unos hombres, unos gángsteres permanecen atrincherados en el hotel Splendid. Es el cuarto día de secuestro y la hija del millonario retenida, con la que pretendían obtener un buen botín, ya ha muerto. La suerte está echada, la banda de la Ráfaga, ha sido sentenciada a muerte, ellos mismos saben que la escapatoria es imposible. Sigue leyendo

Darling

ricci/forte crean una performance agónica sobre la Orestíada en un espectáculo cargado de potencia física

Foto de Piero Tauro
Foto de Piero Tauro

Un hombre, henchido de impotencia, grita entre los aplausos finales: «¡mierda!», entiendo que esputa: «¡mierda!». Volvemos de nuevo al problema del arte moderno, del arte conceptual, de toda la estética de lo performativo y, sobre todo, la estética de la recepción. Si uno termina de ver un espectáculo con esa idea del «todo vale» rondándole la cabeza, es cuando la estupefacción se imprime en los rostros de unos espectadores que la semana anterior habían contemplado La gaviota de Chéjov. Sobre el escenario se erige un contenedor de mercancías metálico, iluminado por decenas de fluorescentes (es necesario que en nuestra cabeza ronden las fotografías surrealistas de Gregory Crewdson para aproximarnos al punto de partida). Tres hombres enfundados con una manta llegan al lugar: un pantano, una charca, una laguna Estigia. Sigue leyendo

La gaviota

Los lituanos del Teatro Municipal de Vilna presentan una versión de Chéjov trastocada por unos inesperados fallos técnicos

foto gaviotaCuando uno acude a ver una obra de Chéjov ya sabe a lo que se expone. Las sorpresas y los giros dramáticos permanecen ausentes, atisbándose de vez en cuando en leves gestos o en discusiones que apenas duran unos minutos. Pero, en esta ocasión, un hecho inédito en el Teatro Valle-Inclán logró llenar de inquietud al respetable. Un pitido constante y molesto apareció al comienzo de la obra y, ante la imposibilidad de anularlo, se decidió parar la obra durante unos minutos. Hasta ese momento parece que la compañía —prácticamente en escena durante toda la función— se resiste a comenzar, aunque sabemos que lo han hecho porque lo poco que dicen aparece traducido en los sobretítulos. El protagonista, Treplev, un joven aspirante a dramaturgo, se dispone a presentar a su familia su última obra, un texto lleno de lirismo interpretado por su amada Nina. Todo resulta un desastre, se llena de humo, no se comprende nada, a la vez, continuamos perplejos con el pitidito. Se mezcla la realidad con la ficción de la ficción, un Chéjov metateatral imprevisto. Ya alguien desde el público había gritado (las luces de la platea seguían hasta entonces encendidas): «¿Es esto la función?». Martynas Nedzinskas, que se mantiene meditabundo, ya sea por debut frente a sus allegados, ya sea por la impotencia de no saber qué hacer en tal situación, hace un gesto mirando al público de más o menos. También durante esos instantes previos a su obra antes de la «obra», habían intercalado explicaciones en inglés sobre la situación, pero ellos iban tirando con su Gaviota, una especie de vanguardismo. Nadie pudo asegurar, hasta que los propios técnicos los confirmaron, que todo aquello fuera premeditado. Sigue leyendo

Reikiavik

Juan Mayorga dirige su último texto sobre el famoso enfrentamiento entre los ajedrecistas Fischer y Spassky

 Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Cuando el año pasado La uña rota publicó un extenso volumen con las veinte obras teatrales más importantes de Juan Mayorga, descubrimos que al final se incluía un texto titulado Reikiavik, que el autor había finalizado en diciembre de 2013. No teníamos más que aguardar a que la propia obra echara a andar con los actores adecuados y los ensayos pertinentes. Ahora, por fin, en la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán podemos desentrañar algunas de las claves de aquellos diálogos fulgurantes y un tanto equívocos que, sobre las tablas, se muestran más clarificadores acerca de un contenido lleno de capas.        Sigue leyendo

Hard Candy

Una obra que muestra cómo las redes sociales son fuente de abuso, pero también de venganza

Foto de Pedro Gato
Foto de Pedro Gato

El ahora en nuestra relación con la tecnología se esfuma en cuanto aparece un nuevo modo de comunicación, una nueva red social, un nuevo filtro o, sobre todo, un nuevo estilo de relacionarse. Chatean, únicamente a través de texto, una adolescente de 14 años con un fotógrafo de 32. El flirteo avanza con las consabidas insinuaciones hasta que la pregunta definitiva sobre la cita real se lanza. Una vez que se encuentran en el piso de él, Jeff, la historia se va transformando en una meticulosa venganza, digna de película coreana. El papel que debe interpretar Olivia Delcán (perfectamente puede pasar por una chavalita, aunque supere la veintena) es de una complejidad extraordinaria. Primero, porque debe exponerse dramáticamente como protagonista, en muchos momentos, en soledad. Segundo, porque la situación que vive implica circunstancias un tanto «delicadas» —atar a un hombre desnudo sobre una mesa conlleva cierta pericia—. Pero, sobre todo, su actuación es pura metamorfosis y eso requiere un manejo de los matices que le permita engañar tanto a su depredador como a los espectadores y, en este aspecto, luce más cuando se muestra vengadora y, fundamentalmente, en el movimiento escénico cuando baila, cuando amordaza, cuando manipula las cuerdas. Su compañero, Agus Ruiz, impone su carácter en el principio, su aparente poderío, su madurez interpretativa da gran soporte a su compañera, aunque él se vea ciertamente «imposibilitado». Desde luego, la tarea en la que se han metido este par de actores es tremenda. Sigue leyendo

La pechuga de la sardina

Recuperan un texto coral de Lauro Olmo sobre las vivencias de unas mujeres en una casa de huéspedes

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Nos adentramos en una pensión regentada por la señora Juana, una de aquellas casas de huéspedes con paredes de papel y oídos atentos en aquellos años sesenta españoles. El autor, Lauro Olmo, se centra pertinazmente en recrear un espacio que él mismo define como «asfixiante»; de hecho, no permite la entrada de elementos disuasorios o esperanzadores que permitan vislumbrar otras perspectivas más optimistas de esa España. La pechuga de la sardina ofrece todo un catálogo de personajes, la mayoría de ellos estereotipados y faltos de recorrido. Una obra de apenas hora y media con tal cantidad de vidas en juego, no da para más que presentarlos; y estamos hablando del acontecer de las experiencias lentas de unas mujeres en un país retrasado. No se puede afirmar que haya una protagonista única, Juana, podría ser como aquella doña Rosa de La colmena, alguien que reparte juego y que regenta su pensión como una buena madre. María Garralón destaca en su interpretación, tan natural, tan vivaz y, a la sazón, tan profundamente sentida imponiendo un tono y un ritmo que no es continuado por el resto. Junto a ella, su sirvienta, la Cándida, que también coge el paso de María Garralón y que se expresa con el gracejo pertinente demostrando que es una actriz con arrestos. Su compañero de flirteo es un pillo vendedor de periódicos con el que Víctor Elías se luce. Sigue leyendo