Pieza de teatro-documento en el Teatro de La Abadía sobre los avatares del barrio de Tetuán en Madrid
Desde aquellas Historias de Usera, que luego se convirtieron en las versiones del Dramawalker promovidas por el CDN hasta lo que hoy nos acontece en La Abadía, los dramas documentales, repletos de costumbrismo, sirven para aseverar que el teatro sucumbe a la nostalgia interpuesta de un mundo que no ha existido. Que nosotros, nuestro cerebro, se queda con lo bueno, que obvia lo negativo, y que se esfuerza en justificar sus «pertenencias», sus «identidades», cuando, en realidad, es una defensa ciega de lo suyo, aunque sea putrefacto. Por qué no afirmar, sencillamente, que no te puedes marchar a otro sitio mejor, o que la incertidumbre sería insostenible. Hay barrios, como algunas personas cercanas, que pueden ser una verdadera mierda o, como se dice ahora, tóxicos. No se merecen nuestra lucha, ni nuestro esfuerzo y hay que dejarlos. Esto lo saben muy bien los que prosperan económicamente, que enseguida se largan; no obstante, siempre lleven un pin en la solapa con el pedigrí de barrio, con una frase que es encantadora: «Yo no olvido mis raíces». Sigue leyendo

Si una propuesta va de una familia de cómicos, de payasos, de juglares, y no aborda estrictamente su periplo vital, entonces, de qué va. Pues de la esencia genuina de estos aviesos seres que cruzan la historia de las sociedades, en esa situación de marginalidad, de apuntalamiento cínico en la grieta, de vagabundeo entre la melancolía y la irrisión, de estar sin estar mientras el mundo se vuelve loco. Los bufones surcan el tiempo más allá del bien y el mal. Privilegiados en su precariedad. Por esto mismo, el planteamiento de este espectáculo es tan coherente. Porque poseer un firme argumento sería transgredir su pertinacia.
Si nos fijamos en los «solos» que está poniendo en marcha Xavier Albertí, debemos considerar que, más allá de los textos ─y los tres anteriores a los que me voy a referir son brillantes─, ante todo, se exprimen con unos actores tan sobresalientes (Rubén de Eguía, Pedro Casablanc, y Pere Arquillué). Cuesta afirmarlo, sin embargo, no creo que Miguel Rellán esté a la altura. Su vocalización no es precisa, no se paladean las palabras, se trastabillan. Su cuerpo de ochenta y un años, desgarbado, subido a esos tacones no posee los modos de un flamenco. Un bailaor muere sin perder la apostura, la colocación de los brazos, el acomodo de las rodillas.
Cuando contemplo representaciones con elenco joven y con discurso supuestamente epatante para un público bachiller, me pongo automáticamente en guardia. Los conozco demasiado como para que me la quieran colar. No importa que se presente en un lugar cultivado y estricto como La Abadía; porque se cae en los mismos clichés que llevamos soportando en la televisión toda la vida. La última fue la tropelía esa de HIT; antes había sido Física y Química. Parecen sacados de algún videoclip de Rosalía, con esa actitud de campaña de moda hortera, con la pose impertérrita. Los veinteañeros y los adolescentes, en general, son bastante normalitos.
No sé si esta obra de Patxo Telleria, a quien recordamos por su exitoso
Si usted no es cortaziano de pro, de esos que se han hecho varios cursitos de escritura creativa sobre relato hispanoamericano, quizás este espectáculo le parezca inasible, bobalicón y tremendamente aburrido. No pocas veces se ha considerado a Julio Cortázar un inspirador del Oulipo, aquel grupo vanguardista que jugueteaba con los límites lingüísticos y literarios. Traigo esto a colación, porque merece la pena comparar este proyecto con aquel montaje de Jesús Cracio en el Matadero titulado
No hará más de unos meses, Lola Blasco, con
La visión humorística de Juan Cavestany me parece fascinante, maravillosa, todo un dechado de ingenio y de inteligencia, que recoge la tradición hispana en su veta absurdista para destinarnos a la estupefacción kafkiana. Dicho esto, creo que sus creaciones cómicas más logradas son Gente en sitios (una rareza cinematográfica imperdible) y Vota Juan, serie en la que aplica el estilete en el mundo político de manera berlanguiana. Luego, en Vergüenza, su serie más extrema, nos destina a una suerte de sufrimiento delicioso. Precisamente en esta aparecen Javier Gutiérrez y Malena Alterio.