Karina Garantivá y Ernesto Caballero plantean un espectáculo contemporáneo sobre la trilogía de Esquilo en el Teatro de La Abadía

Lleva unos años el proyecto de Teatro Urgente llevando el pensamiento, la filosofía, a las tablas de una forma un tanto austera y, por eso, quizás poco sugestiva en su elaboración estética. Han abordado temas y autores de verdadero y profundo interés, y por esta razón siempre me han resultado pertinentes, sobre todo porque discurre fuera de la insipidez general de los «nuevos» y «modernos»: Ortega, Voltaire o Hannah Arendt son solo unos ejemplos. Sigue leyendo

Llegado a este punto, ya puedo afirmar que llevar a escena algunas obras de Carmen Martín Gaite con la excusa de que se cumple el centenario de su nacimiento ha sido un desatino. Ya hemos visionado hace unas semanas 
Desde aquellas 
Si una propuesta va de una familia de cómicos, de payasos, de juglares, y no aborda estrictamente su periplo vital, entonces, de qué va. Pues de la esencia genuina de estos aviesos seres que cruzan la historia de las sociedades, en esa situación de marginalidad, de apuntalamiento cínico en la grieta, de vagabundeo entre la melancolía y la irrisión, de estar sin estar mientras el mundo se vuelve loco. Los bufones surcan el tiempo más allá del bien y el mal. Privilegiados en su precariedad. Por esto mismo, el planteamiento de este espectáculo es tan coherente. Porque poseer un firme argumento sería transgredir su pertinacia.
Si nos fijamos en los «solos» que está poniendo en marcha Xavier Albertí, debemos considerar que, más allá de los textos ─y los tres anteriores a los que me voy a referir son brillantes─, ante todo, se exprimen con unos actores tan sobresalientes (Rubén de Eguía, Pedro Casablanc, y Pere Arquillué). Cuesta afirmarlo, sin embargo, no creo que Miguel Rellán esté a la altura. Su vocalización no es precisa, no se paladean las palabras, se trastabillan. Su cuerpo de ochenta y un años, desgarbado, subido a esos tacones no posee los modos de un flamenco. Un bailaor muere sin perder la apostura, la colocación de los brazos, el acomodo de las rodillas.
Cuando contemplo representaciones con elenco joven y con discurso supuestamente epatante para un público bachiller, me pongo automáticamente en guardia. Los conozco demasiado como para que me la quieran colar. No importa que se presente en un lugar cultivado y estricto como La Abadía; porque se cae en los mismos clichés que llevamos soportando en la televisión toda la vida. La última fue la tropelía esa de HIT; antes había sido Física y Química. Parecen sacados de algún videoclip de Rosalía, con esa actitud de campaña de moda hortera, con la pose impertérrita. Los veinteañeros y los adolescentes, en general, son bastante normalitos.