El cuerpo más bonito que se habrá encontrado nunca en este lugar

Pere Arquillué es capaz de sublimar el texto firmado por Josep Maria Miró, una concatenación de monólogos entorno a un crimen

El cuerpo más bonito - FotoRegresa Josep Maria Miró al Teatro de La Abadía, a esa misma sala donde cosechó su gran éxito El principio de Arquímedes. Dirige Xavier Albertí, quien también ha estado manejando los hilos en los Teatros del Canal con En mitad de tanto fuego. Grandes similitudes en la dramaturgia. Un solo actor se debe enfrentar a nosotros con todas las voces y evocaciones. Asuntos muy distintos o, quizás, no tanto. Lo que aquí se presenta posee algún elemento de Rasgar la tierra, por aquello del ambiente rural. A mí, en alguna medida, me ha recordado a Dogville, de Lars von Trier. Como también a Perros del paja o As bestas. Un chico ha sido asesinado y poco a poco nos vamos inmiscuyendo en esos odios acendrados que surgen en algunas sociedades cerradas, donde los vecinos van trazando rencillas demasiado agónicas. Sigue leyendo

Altsasu

María Goiricelaya recoge el célebre caso para elaborar una pieza de teatro-documento con exceso de explicaciones

Altsasu - FotoLa banda terrorista ETA, hasta el fin de la «lucha armada» en 2011, asesinó a 829 personas (19 durante el franquismo) y, de ellas, 203 de la Guardia Civil. Más de trescientos atentados se mantienen como casos sin resolver. Según una gran encuesta publicada en 2021 apenas el 0,5% de los alumnos de la ESO en Navarra sabía algo de Miguel Ángel Blanco. En este sentido, loable es la actividad del historiador Raúl López Romo, quien certifica el desconocimiento de los jóvenes tanto vascos como del resto de España acerca de la multitud de atrocidades que se cometieron no hace tanto. Doy fe de ello. Esta cuestión no se estudia en ningún sitio; cuando quienes más hacen propaganda terrorista son aquellos que en sus pueblos y en sus barrios imponen su terrible relato. Eso sí que es blanquear. Sigue leyendo

El lector por horas

Carles Alfaro dirige este enrevesado texto de Sanchis Sinisterra sobre las especulaciones metaliterarias en el Teatro de La Abadía

Había presentado este texto Sanchis Sinisterra en 1999 bajo la dirección de José Luis García Sánchez. La insistente metateatralidad que recorre gran parte de su obra obtiene aquí un vigor especial; porque se recubre de metaliteratura en esa vertiente que trabaja con la intertextualidad. Es decir, se nos ofrece un ramillete de novelas pertenecientes al canon contemporáneo. El profesor que interpreta Pere Ponce (regresa a ese mismo escenario tras Coraje de madre) debe conectar en este 2023 con los lectores que se hospedan en las butacas. Sigue leyendo

Aria da capo

Séverine Chavrier ha dejado que cuatro músicos adolescentes ocupen las tablas con sus divagaciones personales, mientras nos deleitan con sus instrumentos

Aria da capo - Alexandre Ah-Kye
Foto de Alexandre Ah-Kye

Me ha resultado inevitable no tener en cuenta el trabajo del cineasta Jonás Trueba. Ese objetivismo que procede del cine francés, de la nouvelle vague, que hemos podido apreciar en toda su filmografía. Pero a esto se añade su último y extensísimo documental titulado Quién lo impide, en el que seguía el rastro y la vida de un pequeño grupo de adolescentes a lo largo de los años. Ellos fundamentalmente emitían sus inquietudes y, de hecho, algunas de sus reflexiones resultaban mucho más interesantes que las que percibimos en este espectáculo. Porque en Aria da capo el contenido no deja de asentar los consabidos tópicos que cualquiera puede escuchar en los chavales de hoy que, más allá de la tecnología que tienen entre manos, son los mismos desde hace décadas. Por eso se echa mucho en falta una profundización mayor en sus cuitas como músicos, ya sea sobre la disciplina a la que se tienen que someter o sobre cómo se plantean el futuro en relación al arte. Las pinceladas son nimias; puesto que el contacto con el presente y la espontaneidad imperan.

En este sentido, sí que están excelentemente dirigidos por Séverine Chavrier, quien ha logrado que estos jóvenes intérpretes se muestren muy sueltos. Principalmente, Victor Gadin, quien se afana con el fagot para sincerarse con fantasías sexuales mientras fuma sin parar. Lo atienden entre risas Guilain Desenclos, con su trombón listo; y Areski Moreira, aplicado a su violín.

Me parece que en esta propuesta el marco de referencia, cada una de esas insinuaciones sobre el mundo en el que se mueven, está a punto de envolvernos; aunque se queda, desgraciadamente, en una elipsis demasiado pertinaz. Se requerirían conversaciones más candentes, fuera de lo habitual. Y es una pena, porque la sensación general que nos puede dejar la función es buena. El movimiento de los actores a través de sus propias interpretaciones musicales nos deleita y nos subsume en una especie de lucha entre la libertad ociosa y su instrucción frente al instrumento. Parecen encerrados en esos cubículos acristalados ─el golpe sobre una de las mamparas es un grito de impotencia que sorprende─ y toda la sombra que se proyecta sobre sí mismos, cuando portan esas máscaras de ancianos, donde uno conjuga su destino con las imposiciones de sus maestros, a los que aluden en distintas ocasiones, habilita breves cavilaciones certeras. Así, la escenografía de Louise Sari promueve nuestro acto voyerista como, en gran medida, insistió Milo Rau con su Familie, del año anterior. También ya que las cámaras interiores nos permiten observar su privacidad, hasta el punto de colarnos en esos vídeos de Instagram que, por su puesto, apelan a su tema predilecto ─el algoritmo, ya sabemos, es infalible─. Y todo ello, además, porque se nos recuerda su vivencia durante la cuarentena en la pandemia.

Es evidente que debemos contemplar todo el montaje como una insistencia en el eterno retorno a través de la concepción de aria da capo. El volver a empezar, el ensayo repetitivo, el regreso que te lanza inevitablemente hacia la madurez. El tiempo avanza inexorablemente; pero es necesario, para cualquier músico profesional, comenzar desde el principio para revitalizar tu propia experiencia. Jóvenes, por otro lado, que compactan la música clásica con esa electrónica que lo invade todo, sin olvidar todas esas mezcolanzas que se han ido formalizando durante el siglo XX. Ellos mismos deambulan por el jazz y el funk. No hay más que escuchar cómo canta Adèle Joulin (cómo toca el piano), la única chica, que también nos confiesa sus amoríos con gran naturalidad, sin caer en la fanfarronería de ellos.

Lo innegable es que somos compelidos por su fascinación y por una suspicaz melancolía. Y, claro, por ellos tocando distintos movimientos y canciones que nos conmueven. Escúchese la Sinfonía nº 1, «Titán», de Mahler. O auspiciados por las Variaciones Goldberg. Son tantos los compositores (Vivaldi, Schönberg, Stravinski…) que se nombran, que uno, además, los imagina enfrascados con sus partituras.

Lo que oímos, lo que vemos, lo que expelen podría haber resultado más inteligente y persuasivo. Séverine Chavrier los ha dirigido con gran manejo de los tiempos y de los espacios, y ha sabido conjugar diferentes puntos de vista; no obstante, les ha permitido discurrir por las zonas más banales de su existencia.

Aria da capo

Dirección: Séverine Chavrier

Intérpretes: Guilain Desenclos, Victor Gadin, Adèle Joulin y Areski Moreira

Texto: Guilain Desenclos, Adèle Joulin y Areski Moreira

Diseño de vídeo: Martin Mallon / Quentin Vigier

Diseño de sonido: Olivier Thillou / Séverine Chavrier

Diseño de iluminación y producción general: Jean Huleu

Escenografía: Louise Sari

Vestuario: Laure Mahéo

Arreglos: Roman Lemberg

Construcción escenografía: Julien Fleureau

Agradecimientos a: Naïma Delmond, Claire Pigeot, Florian Satche, Alesia Vasseur, Claudie Lacoffrette y Claire Roygnan

Producción: CDN Orléans / Centre-Val de Loire

Coproducción: Théâtre de la Ville-Paris, Théâtre National de Strasbourg

Con la participación de: DICRéAM

41º Festival de Otoño

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 18 de noviembre de 2023

Calificación: ♦♦

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Viaje de invierno

Magda Puyo se pone al frente de esta adaptación del texto de Elfriede Jelinek, para divagar sobre distintos temas en un espectáculo insípido

Viaje de invierno - FotoPor qué no reconocer que uno, a veces, cuando tiene que ponerse a escribir sobre un espectáculo es superado por la estupefacción de no saber a qué atenerse. Un texto que firma la Nobel Elfriede Jelinek, que tenemos presente por la escabrosa La pianista, que llevó al cine Michael Haneke. Este Viaje de invierno: el día que Jelinek dejó de tocar a Schubert, que no se ha traducido al español, es un texto escrito a partir de los lieder del compositor austriaco sobre los poemas de Wilhelm Müller. Una obra extensa y premiada que aquí se nos entrega reducida. Sigue leyendo

Vuelan palomas

El género sermón le sirve a José Luis Gómez de excusa para vertebrar un montaje que traza un camino singular de la historia de España

Vuelan palomas - Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

No son pocos los políticos contemporáneos que han recurrido a la ayuda de actores para mejorar su performance en los mítines o en las alocuciones en el Congreso. Viene de lejos que las técnicas expresivas de los intérpretes se pusieran al servicio del sermón, antes con ánimo evangelizador y con similar motivo; no obstante, con otro Evangelio. Que José Luis Gómez y Javier Huerta Calvo, uno, figura polifacética de nuestro teatro y, el otro, experto máxime de la materia, hayan elegido el arte de los sermones como concepto a desarrollar en escena hoy en día puede parecer una rareza; pero, en realidad, es un hecho de gran actualidad, pues estamos rodeados de púlpitos digitales donde no se para de admonizarnos. Sigue leyendo

Búho

La compañía Titzina se queda a medias a la hora de transmitirnos la angustiosa vivencia de un antropólogo forense que ha perdido la memoria

Búho - FotoResulta verdaderamente difícil expresar en escena la amnesia sin caer en la intromisión externa. ¿Qué ocurre en el cerebro? ¿Cómo se entremezclan los recuerdos asentados en el tiempo con esos retazos inasibles que se suceden en el presente? Pablo es un antropólogo forense. En el descenso a una gruta ha sufrido un accidente que le ha provocado una severa pérdida de memoria. Desde ese momento, el público duda ante lo que observa. Es habitual en las historias que nos cuentan los de Titzina ─así lo comprobamos en La zanja o en Distancia siete segundos─ que se expongan a través de aproximaciones en marcha, con el acontecimiento comenzado, con voces y fragmentos que luego se deben reconstruir. Nunca se da esa linealidad que nos facilitaría el camino y que nos haga comprender ipso facto de qué están hablando. Por eso, el susodicho experto graba sus conclusiones provisionales acerca de los huesos que ha encontrado en aquella caverna. ¿Estamos en algo que ha vivido o en lo que debería haber hallado si no se hubiera caído?

Diego Lorca, autor del texto, interpreta a este paciente estupefacto en ese hospital donde se ha despertado. Frente a él, un neuropsicólogo le hace preguntas tremendamente básicas para evidenciar su lamentable estado. Quizás ahí la obra baje demasiado su atractivo. Pako Merino hace su labor médica de una manera prototípica y no nos concede ningún asidero que nos destine más allá. Y es que en esta función me falta un punto intermedio, un elemento de enlace en la crónica; porque las metáforas están expuestas con las señas de identidad que estos dos creadores manejan desde hace años; aunque no se abunda en un argumento escurridizo. Uno se queda pensando en la mera semblanza, en el hecho mostrado sin desarrollo subsiguiente, en el pozo oscuro de fondo o en el impás. Es más, cuando se quiere engarzar el sufrimiento de Pablo, en su confusión, lo que se supone que nos quieren contar de él, el doctor nos avanza una serie anécdotas sobre la vida de este hombre, explicaciones que se sueltan de forma abrupta sin una verdadera representación, como si se hubieran quedado atascados en ese diálogo nublado e impotente. Ya que apenas podemos adivinar que está divorciado, que tiene hijas, que lo vienen a visitar y que su madre se llama Ariadna (como no podía ser de otro modo), para alguien que no es capaz de escapar del laberinto. Y, sobre todo, el truculento suceso de su hermana fallecida con trece años. ¿A cuento de qué viene esto? ¿Qué relación tiene con su situación? Esto nos puede hacer especular con que hayamos sido engañados y nuestro protagonista, en realidad, viva en shock y su desmemoria tenga que ver con la autoprotección de su propio cerebro, con la necesidad de no sufrir más. Porque discurrir por una metáfora más global, más concretamente histórica, y que nos competa a todos me parecería un exceso crítico. En definitiva, todo esto no se acopla con la ambientación, con su viaje «espeleológico».

Puesto que lo auténticamente valioso de Búho (ese animal con el que tanto se identifica el malhadado) está en las técnicas teatrales que aplican estos dos artistas, en esa manera de conjugar la gestualidad ─a veces para adentrarnos en lo onírico, como en el juego de brazos y manos superpuestos─, en los movimientos, en este caso, a través de la animalización con esa ave nocturna que Merino acoge y que nos sugestiona; o con ese aprovechamiento del espacio tan sutil como dinámico, con la iluminación de Jordi Thomàs que lleva al extremo la tenebrosidad. Así, la escenografía de Rocío Peña, con dos grandes paneles móviles, vale para crear la habitación de la clínica, también un pasadizo y, sobre todo, unas paredes sobre las que ir reflejando las pinturas rupestres que deben aunarse en una especie de conciencia primitiva, una expedición de la mente hasta alcanzar esos vestigios, quizás seguramente alejados del arte, y más próximos al indicio, a la señal de que ahí se encuentran esos animales. Una pista, como esas en las que un antropólogo forense debe fijarse para descubrir la verdad.

La breve pieza está realizada con primor, con gusto y con un detallismo encomiable; pero esta vez el relato parece inconcluso o, si se quiere, incapaz de hallar un destino más fértil. Por eso el espectador se puede quedar a medias.

Búho

Idea y creación: Diego Lorca y Pako Merino

Dirección: Diego Lorca y Pako Merino

Dramaturgia: Diego Lorca

Interpretación: Diego Lorca y Pako Merino

Composición musical y sonido: Jonatan Bernabeu y Tomomi Kubo

Iluminación: Jordi Thomàs

Espacio escénico: Rocío Peña

Construcción escenografía: Albert Ventura y La Forja del Vallès

Diseño proyecciones: Joan Rodón

Vestuario: Ona Grau

Diseño gráfico compañía: Isa Besset

Dirección técnica: Albert Anglada

Producción: Luz Rondón

Fotografía: Quim Cabeza

Técnicos en gira: Marto y Jordi Thomàs

Titzina Teatro

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 22 de octubre de 2023

Calificación: ♦♦

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Rabia

Claudio Tolcachir monologa desde la perspectiva de un asesino que se oculta y vive en una mansión habitada, para adaptar la magnífica novela de Sergio Bizzio

Rabia - Foto de Lucía RomeroUno puede asistir al montaje de Rabia con la magnífica novela de Sergio Bizzio leída o, sencillamente, puede sentarse en su butaca para dejarse sorprender por una historia, monologada, que oculta toda una serie de referencias existencialistas; más aviesas de lo que parece. Puesto que el hecho de que un tipo se esconda en la mansión donde su novia ejerce de sirvienta es, cuando menos, seductor. Hablamos de quedarse años en una buhardilla, en una población argentina. Un hombre que ha matado al capataz de la obra en la que trabajaba; pero que, una vez se ha aposentado en ese nuevo hogar, ha empezado a sentir la paradoja de la seguridad y hasta de la libertad; aunque en el fondo, esté huido de la justicia, y, a la postre, enclaustrado y sin ningún lugar mejor al que acudir. Sigue leyendo

Cielos

Sergio Peris-Mencheta vuelve a entregarnos un espectáculo de atractiva factura para desentraña este thriller de Wadji Mouawad

Cielos - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Sigue poseyendo esa aura Wadji Mouawad de dramaturgo capaz de reactualizar las tragedias griegas clásicas; principalmente por su célebre Incendios, que se representó en esta misma sala del Teatro de La Abadía; donde ahora se instala una escenografía que se excede en altura. Desde luego, la labor de Alessio Meloni vuelve a ser fundamental (junto a la iluminación de David Picazo), pues esos tres pisos que ha organizado, con la azotea y esas esculturas angelicales, las distintas celdas abajo, además, del búnker central donde se dirimen todas las pistas, es de lo más impresionante del montaje y facilita escapar de un estatismo que se recarga con algunos parlamentos tan épicos, como desbordantes. Sigue leyendo