Elisabet Gelabert se encarna en esta viuda, para enfrentarse a Ricardo III en un proyecto metateatral de Inma Nieto
Viene esta propuesta sometida en demasía por una serie de estéticas imperantes y por una colección de proyectos que, inevitablemente, repercuten en nuestra mirada. Si, encima, el propio Teatro de La Abadía nos «vende» como un díptico este montaje con Casting Lear, de Andrea Jiménez, la de ahora sale perdiendo. Añadamos que en esa misma sala se representó con muchísimo éxito Historia de un jabalí o algo de Ricardo, de Gabriel Calderón, que es un portento de metateatralidad, una conjunción idónea que, en cierta medida, se imita aquí. Pero no me puedo quedar ahí, puesto que Ricardo III ha dado para mucho en los últimos años, también con sugerentes derivas femeninas, recordemos Ricardo III Redux o el protagonizado por Angela Ibañez. Sigue leyendo →
La exitosa novela de Nell Leyshon salta a escena para recrear esta historia de abusos ambientada en la campiña inglesa durante el siglo XIX
Para empezar, digamos que Del color de la leche funciona mejor en su puesta en escena que como novela. Esta se ha convertido en casi un bestseller. No me extraña, ya que no solo es breve, sino que está escrita por Nell Leyshon con un artificio que favorece la lectura y que, incluso, podría recomendarse a los adolescentes. Porque entendamos que la verosimilitud es más que cuestionable. Una quinceañera que acaba de aprender a leer y a escribir no solo es capaz de narrar su historia de una manera legible y correcta (pocos errores sintácticos u ortográficos, amén de un vocabulario variado aceptable), sino que llega a usar metáforas (el mismo título referido a su pelo) y otras figuras retóricas que raramente se le pasarían por la cabeza. Sigue leyendo →
Andrea Jiménez se ha inventado una máquina de catarsis personalizada para descubrirnos la relación con su padre
Continúa su andadura artística Andrea Jiménez después de tantos años con su compañía Teatro en Vilo. Permanecen sus intentos de hallar nuevas maneras de proceder, y sigue con algunas de sus señas de identidad. Reconozco la frescura que ha manifestado en otras propuestas (por ejemplo, Interrupted o Generación Why); aunque en los últimos tiempos me he posicionado muy a la contra de alguna de sus piezas (véase Blast). Ahora propone un pequeño experimento y, ciertamente, ha ganado enteros dentro de su labor dramatúrgica; sin embargo, como veremos, ha vuelto a insistir en el narcisismo habitual. Sigue leyendo →
Juan Mayorga ha vuelto a escribir otra de esas obras complejas que exigen del espectador un esfuerzo intelectual superior
Dentro de las distintas tendencias que podemos encontrar en el teatro de Juan Mayorga, La colección se aunaría con aquellas más metafísicas ─alegóricas, podría puntualizar─. Es decir, si nos fijamos en el último decenio, pues pensaríamos en El Golem o en El cartógrafo. Ahora, nuevamente, dada la dificultad a la que nos expone el dramaturgo, debemos repasar qué filosofía se exprime en este espectáculo. Convendremos que, ante todo, está su venerado Walter Benjamin, y si quisiéramos afinar más, el ensayo La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. Por supuesto que también está Platón a través de la influencia que ejerció sobre el pensador alemán muerto en Portbou en 1940. Todo esto, principalmente, es lo que debemos conservar en nuestra cabeza para enfrentarnos al reto de desentrañar un asunto más críptico de lo que parece. Sigue leyendo →
La novela de Sebastià Alzamora sobre Juan March y Juan Mascaró se recrea en el Teatro de La Abadía con la dirección de José Martret
Entre unos hechos y otros, el periodo de entre guerras (las mundiales) en España se ha repasado en varias obras teatrales en los últimos tiempos. Así ha ocurrido con Rif (de piojos y gas mostaza) y Alfonso el Africano. En ellas, directa o indirectamente, la figura ─tan desconocida y poco visitada─ de Juan March tiene su importancia. Claro que, con una Fundación tan filántropa, que es la crème de la crème de la intelectualidad en nuestro país, la exquisitez máxima, los ignaros españoles apenas sospechan quién fue ese Joan, ese Juan (que no patrocina esta función). Sigue leyendo →
Pere Arquillué es capaz de sublimar el texto firmado por Josep Maria Miró, una concatenación de monólogos entorno a un crimen
Regresa Josep Maria Miró al Teatro de La Abadía, a esa misma sala donde cosechó su gran éxito El principio de Arquímedes. Dirige Xavier Albertí, quien también ha estado manejando los hilos en los Teatros del Canal con En mitad de tanto fuego. Grandes similitudes en la dramaturgia. Un solo actor se debe enfrentar a nosotros con todas las voces y evocaciones. Asuntos muy distintos o, quizás, no tanto. Lo que aquí se presenta posee algún elemento de Rasgar la tierra, por aquello del ambiente rural. A mí, en alguna medida, me ha recordado a Dogville, de Lars von Trier. Como también a Perros del paja o As bestas. Un chico ha sido asesinado y poco a poco nos vamos inmiscuyendo en esos odios acendrados que surgen en algunas sociedades cerradas, donde los vecinos van trazando rencillas demasiado agónicas. Sigue leyendo →
María Goiricelaya recoge el célebre caso para elaborar una pieza de teatro-documento con exceso de explicaciones
La banda terrorista ETA, hasta el fin de la «lucha armada» en 2011, asesinó a 829 personas (19 durante el franquismo) y, de ellas, 203 de la Guardia Civil. Más de trescientos atentados se mantienen como casos sin resolver. Según una gran encuesta publicada en 2021 apenas el 0,5% de los alumnos de la ESO en Navarra sabía algo de Miguel Ángel Blanco. En este sentido, loable es la actividad del historiador Raúl López Romo, quien certifica el desconocimiento de los jóvenes tanto vascos como del resto de España acerca de la multitud de atrocidades que se cometieron no hace tanto. Doy fe de ello. Esta cuestión no se estudia en ningún sitio; cuando quienes más hacen propaganda terrorista son aquellos que en sus pueblos y en sus barrios imponen su terrible relato. Eso sí que es blanquear. Sigue leyendo →
Carles Alfaro dirige este enrevesado texto de Sanchis Sinisterra sobre las especulaciones metaliterarias en el Teatro de La Abadía
Había presentado este texto Sanchis Sinisterra en 1999 bajo la dirección de José Luis García Sánchez. La insistente metateatralidad que recorre gran parte de su obra obtiene aquí un vigor especial; porque se recubre de metaliteratura en esa vertiente que trabaja con la intertextualidad. Es decir, se nos ofrece un ramillete de novelas pertenecientes al canon contemporáneo. El profesor que interpreta Pere Ponce (regresa a ese mismo escenario tras Coraje de madre) debe conectar en este 2023 con los lectores que se hospedan en las butacas. Sigue leyendo →
Séverine Chavrier ha dejado que cuatro músicos adolescentes ocupen las tablas con sus divagaciones personales, mientras nos deleitan con sus instrumentos
Foto de Alexandre Ah-Kye
Me ha resultado inevitable no tener en cuenta el trabajo del cineasta Jonás Trueba. Ese objetivismo que procede del cine francés, de la nouvelle vague, que hemos podido apreciar en toda su filmografía. Pero a esto se añade su último y extensísimo documental titulado Quién lo impide, en el que seguía el rastro y la vida de un pequeño grupo de adolescentes a lo largo de los años. Ellos fundamentalmente emitían sus inquietudes y, de hecho, algunas de sus reflexiones resultaban mucho más interesantes que las que percibimos en este espectáculo. Porque en Aria da capo el contenido no deja de asentar los consabidos tópicos que cualquiera puede escuchar en los chavales de hoy que, más allá de la tecnología que tienen entre manos, son los mismos desde hace décadas. Por eso se echa mucho en falta una profundización mayor en sus cuitas como músicos, ya sea sobre la disciplina a la que se tienen que someter o sobre cómo se plantean el futuro en relación al arte. Las pinceladas son nimias; puesto que el contacto con el presente y la espontaneidad imperan.
En este sentido, sí que están excelentemente dirigidos por Séverine Chavrier, quien ha logrado que estos jóvenes intérpretes se muestren muy sueltos. Principalmente, Victor Gadin, quien se afana con el fagot para sincerarse con fantasías sexuales mientras fuma sin parar. Lo atienden entre risas Guilain Desenclos, con su trombón listo; y Areski Moreira, aplicado a su violín.
Me parece que en esta propuesta el marco de referencia, cada una de esas insinuaciones sobre el mundo en el que se mueven, está a punto de envolvernos; aunque se queda, desgraciadamente, en una elipsis demasiado pertinaz. Se requerirían conversaciones más candentes, fuera de lo habitual. Y es una pena, porque la sensación general que nos puede dejar la función es buena. El movimiento de los actores a través de sus propias interpretaciones musicales nos deleita y nos subsume en una especie de lucha entre la libertad ociosa y su instrucción frente al instrumento. Parecen encerrados en esos cubículos acristalados ─el golpe sobre una de las mamparas es un grito de impotencia que sorprende─ y toda la sombra que se proyecta sobre sí mismos, cuando portan esas máscaras de ancianos, donde uno conjuga su destino con las imposiciones de sus maestros, a los que aluden en distintas ocasiones, habilita breves cavilaciones certeras. Así, la escenografía de Louise Sari promueve nuestro acto voyerista como, en gran medida, insistió Milo Rau con su Familie, del año anterior. También ya que las cámaras interiores nos permiten observar su privacidad, hasta el punto de colarnos en esos vídeos de Instagram que, por su puesto, apelan a su tema predilecto ─el algoritmo, ya sabemos, es infalible─. Y todo ello, además, porque se nos recuerda su vivencia durante la cuarentena en la pandemia.
Es evidente que debemos contemplar todo el montaje como una insistencia en el eterno retorno a través de la concepción de aria da capo. El volver a empezar, el ensayo repetitivo, el regreso que te lanza inevitablemente hacia la madurez. El tiempo avanza inexorablemente; pero es necesario, para cualquier músico profesional, comenzar desde el principio para revitalizar tu propia experiencia. Jóvenes, por otro lado, que compactan la música clásica con esa electrónica que lo invade todo, sin olvidar todas esas mezcolanzas que se han ido formalizando durante el siglo XX. Ellos mismos deambulan por el jazz y el funk. No hay más que escuchar cómo canta Adèle Joulin (cómo toca el piano), la única chica, que también nos confiesa sus amoríos con gran naturalidad, sin caer en la fanfarronería de ellos.
Lo innegable es que somos compelidos por su fascinación y por una suspicaz melancolía. Y, claro, por ellos tocando distintos movimientos y canciones que nos conmueven. Escúchese la Sinfonía nº 1, «Titán», de Mahler. O auspiciados por las Variaciones Goldberg. Son tantos los compositores (Vivaldi, Schönberg, Stravinski…) que se nombran, que uno, además, los imagina enfrascados con sus partituras.
Lo que oímos, lo que vemos, lo que expelen podría haber resultado más inteligente y persuasivo. Séverine Chavrier los ha dirigido con gran manejo de los tiempos y de los espacios, y ha sabido conjugar diferentes puntos de vista; no obstante, les ha permitido discurrir por las zonas más banales de su existencia.