Alfredo Sanzol presenta en el Teatro María Guerrero un drama profundo y consistente sobre una mujer enferma de cáncer
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
En la amplia obra de Alfredo Sanzol encontramos toda una serie de dramas de corte familiar, profundos e intensos, que se ven aliviados por un humor repleto de ironía e, incluso, de chocantes paradojas que sondean la vida con un poco de cinismo. Esta veta comenzó con La calma mágica, aquel texto que hacía referencia a su padre fallecido. Luego llegó La respiración, donde se puso un tanto cursi para discurrir sobre las separaciones matrimoniales. Fue, definitivamente, con El bar que se tragó a todos los españoles, cuando trazó el relato más serio y de largo recorrido. Ahora, en La última noche con mi hermano continúa incidiendo en aspectos esenciales de nuestra existencia. Sigue leyendo →
Natalia Menéndez dirige esta comedia negra del dramaturgo Gabriel Calderón, donde se pretende realizar una sátira acerca de las creencias de una familia cristiana. El resultado nos hace pensar en un tipo de teatro comercial bastante inane
Foto de Javier Naval
La lógica parecía decirnos que, si Historia de un jabalí había sido extraordinaria y Ana contra la muerte, nos hizo pasar buenos momentos, este Uz: el pueblo —presentada en 2004—, del dramaturgo uruguayo (y multipremiado) Gabriel Calderón (1982), debería ser un bombazo. Pues yo pienso que si le quitamos el embalaje ese que las élites culturales parece que no quieren contemplar; pues hallaremos una astracanada digna de los teatros comerciales más rancios.
Esto no tiene ni la sutileza, ni la inteligencia de los Monty Python, que serán nuestro principal referente (tampoco de Los Simpson). Más bien se parece a La que se avecina; aunque sin esa capacidad para incidir en nuestra moralina presente. Esto es una bola de nieva lanzada de una montaña bien empinada, una vez la clamorosa voz en off de Dios le ordena a Grace que mate a uno de sus dos hijos, como si fuera Abraham. El desbarre alcanza los noventa minutos y se recurre a ese humor que, sí, nos puede hacer reír y hasta carcajearnos; pero para caer después en el olvido. No obstante, nosotros íbamos al Matadero a ver teatro trascendente y profundo, ¿no? Sin pasarnos, claro, que para eso nos cargamos a Mateo Feijóo, que pretendía hacer de esto Berlín. Sigue leyendo →
Pablo Remón vuelve a la autoficción para recrear el mundo del cine y del teatro, con sus éxitos y con su precariedad laboral. Un montaje muy largo con un elenco muy resolutivo en las escenas más cómicas
Foto de Luz Soria
Después de haber visto todas (creo) la obras que se han representado de Pablo Remón, pienso que Los farsantes resulta anodina, larga y sin fundamento. Después de El tratamiento (2018) que, en esencia, iba de lo mismo; pues uno esperaba que alguien que ha hecho maravillas, como Doña Rosita, anotada, subiera algún escalón más. Pero no, seguimos con la autoficción, el consabido metateatro y las sempiternas quejas del sector artístico. España entera quiere ser actriz. Sigue leyendo →
Carolina África aprovecha su experiencia como voluntaria en un centro penitenciario para configurar un panorama metateatral sobre los reclusos
Foto de Luz Soria
Retirar la sordidez de la cárcel y aproximarse a esos presos y quedarse con el destello de esperanza a pesar de todo. Este acercamiento posee el peligro de edulcorar un hábitat de reclusión y de disciplinamiento, también de castigo moral y social. Y aunque se ofrecen unas pizcas de crítica, el asunto va más en mirar hacia adelante, y en pasar un bache. Y en este sentido, hay que celebrar que Carolina África, aprovechando su experiencia personal con un grupo de presos, haya decidido darles protagonismo con buenas dosis de compasión; pero también de madurez pragmática. Sigue leyendo →
Alfredo Sanzol crea una de sus obras más profundas y compactas para biografiar tanto a su padre, un ex cura, como a España
Foto de Luz Soria
La última obra de Alfredo Sanzol se sitúa entre las mejores y más profundas de sus creaciones, y podemos relacionarla claramente con otro de sus importantes hitos: La calma mágica, un texto que parte del padre fallecido. Lo que observamos, entonces, sobre las tablas del Teatro Valle-Inclán, bien puede tomarse como una precuela de aquel doloroso acontecimiento. Pienso que el dramaturgo ha atravesado una etapa marcada por la hipersensibilización, por el humor más amable, matizado respecto de sus esplendorosos comienzos, que le han propiciado éxito de crítica y de público, que le han deparado una serie de premios y que lo han llevado, finalmente, gracias a todas sus andanzas, a dirigir el CDN. Con La respiración, con La ternura y con La valentía, me había desencantado con un autor admirable; pero ahora con El bar que se tragó a todos los españoles percibo que se aúna su parte más punzante, su agudeza en el relato paradójico y su análisis de nuestras costumbres. Ha creado una magna obra, algo sobredimensionada, como vamos a ver, que deambula por el neorealismo con toques mágicos, con esos vaivenes de metateatralidad y de autoficción que se disponen en una aventura, que nos hace pensar en las road movies americanas; aunque termine por decirnos mucho de nosotros y de nuestro pasado. Cuando uno cuenta con una peripecia así en su familia, realmente está obligado a contarla. Resulta que al padre de Alfredo Sanzol, navarro como él, lo mandaron para el seminario con doce años para que, con el tiempo, se pudiera ordenar sacerdote, como así ocurrió. Sigue leyendo →
El Teatro Español acoge la dramatización del diálogo que mantuvieron las periodistas Maruja Torres y Mónica García Prieto
Foto de Esmeralda Martín
Irrumpen con grito empoderado, con la reivindicación de la condición femenina. Realmente, no les hace falta, es más, las empequeñece. Su poder está en el arrojo y en la valentía que han demostrado durante tantos años inmiscuyéndose en conflictos bélicos tan cercanos a su genuina humanidad como alejados de las tribulaciones propias de la sociedad en la que viven y a la que pertenecen. Maruja Torres (Barcelona, 1943) y Mónica García Prieto (Badajoz, 1974) decidieron que una conversación tan entrañable como cómplice sería de interés para el público lector. Y ahora, esa charla de compañeras de profesión, y esa confesionalidad de la maestra y de la alumna ―sin la lección de la auctoritas― se recrean dramáticamente en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español. Miguel Rellán ha puesto su empeño ―mucho, dadas las circunstancias generales y particulares― para hacer honor al título de la obra: Contarlo para no olvidar. Y aunque, al final, este diálogo quiere esbozar un timidísimo rayo de esperanza, la propuesta está cargada de entusiasmo y de vitalismo; pero es sombría. Partamos de la realidad a la que hemos llegado a través de varias evidencias (no pondré los datos que lo justifican): los jóvenes ya no leen periódicos (tampoco los universitarios). El periodismo de investigación carece de presupuesto. Sigue leyendo →
A Sanzol se le ha ido la mano en esta función y se ha puesto cursi hasta la saciedad
Alfredo Sanzol es un dramaturgo perfectamente asentado y reconocido en la escena española. Tras un periodo en el que la estructura basada en sketchs de sus obras era la predominante (Sí, pero no lo soy o Delicadas o En la luna) ha pasado, desde Aventura! (2012), a historias que perviven en una única trama y en un solo argumento. Siempre se ha destacado el escritor navarro por su destreza a la hora de trazar diálogos ingeniosos, sorpresivos y repletos de un humor chocante y paradójico, muy basado en lo inverosímil, sin llegar al absurdo. Diríamos que La respiración y su anterior obra, La calma mágica, forman un díptico de la sanación. En aquella, Sanzol se curaba del fallecimiento de su padre y en esta que nos presenta en el Teatro de La Abadía, de su separación. Hablamos de dolor, angustia y parálisis frente a una vida que necesita recobrar el sentido. En ambas obras recurre al mismo proceso psicoterapéutico: la fantasía como forma de huida hacia lugares inexplorados para dejar que los recuerdos torturadores tomen un acomodo más llevadero. Sigue leyendo →