Imprenteros

Lorena Vega autoficciona en el Centro Condeduque la vida de su padre, un impresor, en un espectáculo nimio

Imprenteros - Foto¿A quién le puede interesar la historia de una imprenta de Buenos Aires? A muchos, si eso implicara, simbólicamente, hablar, por ejemplo, de las fases de la revolución industrial, de los mecanismos de automatización, etc. O, quizás, supusiera universalizar las rupturas que acontecen en las sagas vinculadas a un negocio familiar y cómo las generaciones deben hacerse cargo de situaciones muy diversas. Bien, pues nada de esto —al menos de una forma plenamente desarrollada— transcurre en esta obra. Sobre las tablas no ocurre nada que me parezca interesante, nada que justifique una obra de teatro, y menos, con ese despliegue de personal. La anécdota —por llamarla de alguna manera— le compete a su autora; pero no entiendo cómo nos puede afectar o conmover a los demás si no nos permite ir un poco más allá del recuerdo de unas vivencias un tanto anodinas y corrientes. A lo mejor ya está bien de forzar la mirada de esos espectadores tan afanados, tan festivaleros, que se pirran por lo que viene de fuera o por aquello a lo que se le otorga un aura que no merece. Porque hablamos de un estilo teatral que se desgasta por momentos. El teatro documento se está exprimiendo hasta la saciedad y uno tiene la sensación de que se acude a él por cuestiones puramente económicas; aunque también por razones meramente recreadoras de realidades muy próximas o accesibles al espectador, y que se crean con lo que se tiene a mano. Es decir, facilitarse la creación al máximo. Fotos personales, hechos verídicos y vídeos que sustituyen el acontecimiento auténticamente dramatúrgico en el sentido de la representación performativa. Esto es lo que ocurre con el periodismo, que parece que necesita exprimir la insignificancia relatándola como noticia hasta el punto en el que es tan nimio el asunto, que es el lector quien aporta dosis de sospecha o de suspense a algo que no lo tiene en absoluto. Todo ello elaborado con procedimientos técnicos mínimos, de exigencias dramatúrgicas rayanas en el amateurismo —aunque sea una fachada, pues generalmente nos encontramos con equipos de gran solvencia profesional—; espectáculos trazados con poca originalidad, entregados al storytelling, es decir, a contar, a narrar, mientras se ilustra el relato con imágenes genuinas que apostillen lo real esperando que el respetable se deslumbre por arte de magia. No hace mucho se documentaba la pandemia en Finados y confinados; y hace unos meses, con País Clandestino, se propiciaba un encuentro azaroso de dramaturgos. La autoficción y el teatro documento hibridados se cuelan en las salas sin freno. Ahora es Lorena Vega quien suma su biodrama a la lista de todos esos creadores teatrales que revelan su vida con el ansia de la peculiaridad; aunque yo no se la encuentro. Porque la actriz se sitúa en el largo prólogo frente a un micrófono para describirnos con pelos y señales a su padre. Un relato, eso sí, trufado de ironías punzantes que motivan la risa —al menos, si lo que nos cuenta interesa poco; podemos encontrarle la gracia— y que nos planta a un impresor, a un currante, meticuloso en su oficio; pero reticente al cambio, a la modernización. Fumador empedernido que murió cuando su hija contaba con 38 años. Instantáneamente, al fallecer su padre, sus hermanastros cambian la cerradura del taller y ya no permiten el acceso. Lo que podría ser la escenificación de la lógica disputa, se queda ahí, como una rencilla de la que no somos informados. ¿Quién lleva razón? ¿Qué ha ocurrido? No lo sabremos. Sin embargo, el deseo de la artista es adentrarse nuevamente en ese lugar en el que pasó gran parte de su infancia y que tanto ha determinado su devenir emocional, sobre todo, a sus hermanos. Reconozcamos que la representación que se realiza de la celebración de sus quince años —tan importante en muchos países de Latinoamérica, con la puesta de largo— resulta irrisoria y trazada con aires de resquemor adolescente. Es un momento que ejemplifica de qué manera habría sido más impactante esta Imprenteros; o sea, decantada definitivamente por la comedia. El vídeo casero que acompaña este fragmento, no tiene desperdicio. Lo que sí tiene desperdicio es que se lleve a cuatro actores como Julieta Brito, Vanesa Maja, Juan Pablo Garaventa y Lucas Crespi, y apenas se les deje soltar unas cuantas frases encarnando a los protagonistas y, además, como si estuvieran haciendo un ejercicio teatral de escuela tan habitual en este estilo teatral. Parece un claro desaprovechamiento de los medios con los que se cuenta a priori. Por otra parte, creo que la propuesta termina de descarrilar cuando entra en escena su hermano Sergio para ser entrevistado. Sinceramente, poco aporta a lo que ya se nos ha dicho y, además, su discurso se inmiscuye en aspectos de carácter técnico al referirse al empleo de las máquinas y el número de colores que contenían. Eso, directamente, me sacan de la función. El otro hermano, Federico, quien también estaba en el Condeduque, aparece con cierto desencanto en una charla grabada. Solo el photoshop de un amigo fotógrafo puede devolverlos al interior de la empresa como descubrimos en unas fotos al finalizar. Un consuelo romántico. El colofón deja un buen sabor de boca, después de todo; pues la coreografía que despliegan se aúna con la música de Andrés Buchbinder, elaborada con los ruidos de aquellas viejas imprentas. El movimiento del elemento imitando ese imparable ir y venir de palancas y planchas deja constancia de unas vidas perfiladas por el buen hacer artesanal; pero también por la repetición viciosa.

 

Imprenteros

Dramaturgia y dirección: Lorena Vega

Elenco: Lorena Vega, Sergio Vega, Federico Vega, Julieta Brito, Vanesa Maja, Juan Pablo Garaventa y Lucas Crespi

Escenografía: María Celeste Etcheverry

Vestuario: Julieta Harca

Iluminación: Ricardo Sica

Fotografía y diseño gráfico: César Capasso

Diseño de logo: Petre

Diseño web: Javier Jacob

Sonido y música original: Andrés Buchbinder

Audiovisual: Gonzalo Zapico, Agustín Di Grazia, Franco Marenco y Andrés Buchbinder

Montaje en audiovisuales: Emi Castañeda

Prensa: Marisol Cambre

Colaboración en movimiento: Margarita Molfino

Asistencia y producción general: Fabiana Brandán y Santiago Kuster

Puesta en escena: Damiana Poggi y Lorena Vega

En colaboración con el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque

39º Festival de Otoño

Centro Conde Duque (Madrid)

Hasta el 13 de noviembre de 2021

Calificación: ♦♦

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