Philippe Quesne trae al Teatro Valle-Inclán este cuentecillo ecologista protagonizado por cinco espantapájaros

Existe una línea de pensamiento que parte —podríamos ir más atrás— de Rousseau —ampliamente mal interpretado—, que se situaría en esa sintonía entre la bondad intrínseca del ser humano y la propia naturaleza —sobre todo aquella que nos resulta cordial y que no debe ser amoldada a nuestras necesidades perentorias—, y llegaría hasta nosotros con esas experiencias de anarquistas primitivistas que acogen pueblos olvidados para confiarse a la renovación agrícola (que no ganadera) a la espera de que el clima contribuya idílicamente. Sumemos por el itinerario a los luditas, a los fans de Thoreau, a los hippies o a cualquiera de esos grupos que caen sin remisión en la falacia del argumentum ad naturam. Sigue leyendo

Coincide en el tiempo esta propuesta con una de las películas que más elogios está recibiendo este año. Me refiero a El triángulo de la tristeza, de Ruben Östlund, una cinta algo sobrevalorada, desde mi punto de vista, donde se cae en cierto maniqueísmo con algunos personajes planos y estereotipados. La cuestión es que satiriza a los multimillonarios y a otras faunas de nuevo cuño como los influencers. A Decadencia la comparación con el film le viene mal; porque la obra de Berkoff, escrita en 1981, cuando la Thatcher ya estaba en el poder y había comenzado a ejecutar sus tropelías (el disturbio de Brixton viene aquí muy a cuento), ha envejecido rápido —si es que debemos considerar que, en algún instante, esta poseyó modernidad—. El propio autor llevó su texto a las pantallas dejándose acompañar por Joan Collins. 



Lo habitual en este tipo de trabajos es que la capa de working progress o la metateatral confluya con una realidad, como un solapamiento que nos lleve a observar una relación de ideas, una metáfora de la metáfora. Algo así, observamos la pasada temporada con 