Magüi Mira versiona el transgresor film que puso en marcha los presupuestos del Manifiesto Dogma
Foto de marcosGpunto
Celebración (Festen) de Thomas Vinterberg fue, como sabemos, todo un acontecimiento cinematográfico; puesto que, además, de su hálito vanguardista, era la primera película bajo el Manifiesto Dogma, el cual, paradójicamente, pretendía regresar a procedimientos «rudos» de hacer cine, como reacción a la desmedida y artificiosa tecnologización. Magüi Mira nos presenta la versión teatral, aunque no podremos obviar la comparación con la versión fílmica. Lo primero que se debe señalar es que estéticamente se ha optado por una depuración de las formas, por un minimalismo maniqueo donde el blanco y el negro predominan ante la presencia fantasmagórica en rojo de Linda. La iluminación fluorescente y aséptica de José Manuel Guerra incide en la excesiva tibieza de algunos personajes. Las gradas enfrentadas de público dejan que los actores se paseen delante de nosotros, a poca distancia. Sigue leyendo →
Carmen Losa retrata los avatares de dos maestros republicanos a través de un viaje en la memoria de España
Foto de Eduardo Portal
Inevitablemente la función que se nos ofrece en la Sala de la Princesa dialoga con el montaje que se escenifica en la sala principal (In memoriam. La quinta del biberón). No solo por el contexto, sino también por ese deseo documental y testimonial que ambas exponen; aunque con resultados muy distintos. Digamos para empezar que el texto escrito por Carmen Losa posee ambición en cuanto que quiere trazar diversas líneas de acción; pero también posee una amplia ambición contextualizadora que la lleva a encuadrar su historia desde los finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX (aunque podría ser perfectamente un tiempo tan cercano como el nuestro, ciertos dejes que se aprecian en el lenguaje aún no se han perdido). Esa sobredimensión temporal es, desde mi punto de vista, una rémora; puesto que en la duración del espectáculo —una hora y veinte minutos—, entre el ir y el venir de una época a otra, el lapso que resta para el meollo de la cuestión —las vivencias de unos jóvenes maestros republicanos— es insuficiente como para adentrarse en las dificultades, las contradicciones y las resistencias que se encontraron, con la profundidad necesaria. Sigue leyendo →
Julián Fuentes Reta pone a funcionar el mecanismo brutal pergeñado por el sueco Lars Norén sobre las relaciones de pareja
Estamos bastante acostumbrados a las obras que reflejan el sempiterno tema del enfrentamiento de parejas y su acuciante prurito envidioso de lanzarse a la competición furibunda. Los ejemplos más cercanos en el tiempo pueden ser Los vecinos de arriba, de Cesc Gay y Un dios salvaje, de Yasmina Reza. Si a priori uno puede concebir que el esquema sobre el que se apoya Demonios es el prototípico; luego comprende que su deriva es de una radicalidad que aquí aplaudimos. El texto de Lars Norén es un desbarre de sinceridad que se agolpa en el multidiscurso simultáneo: la conciencia de cada personaje, los modos cívicos de comportamiento, los deseos imperiosos, las pulsiones ocultas y el juego de las apariencias tienen cabida en unos diálogos donde una sola frase puede comenzar por: «Sí, quiero whisky, gracias»; continuar con: «hace años que no vamos al cine»; y terminar con: «eres un hijo de puta». Sigue leyendo →
Pablo Messiez sube a escena una dolorosa despedida maternofilial escrita por Santiago Loza
Foto de Sergio Parra
¿Qué le ocurre a ese muchacho de mirada perdida que parece disfrutar del bolero que suena en la radio? No sabemos dónde está su pensamiento, pero desde luego no convive con su cuerpo, algo espástico, dubitativo, lento y antojadizo. Nacho Sánchez se recuesta en un mutismo expresivo que marca distancia. El actor, después de su memorable interpretación en La piedra oscura, se cuela en este personaje para otorgarle una gestualidad compasiva a través de un rostro casi congelado en un mundo lejano. Nos seduce desde el principio y nos conmueve hasta el final. Desconocemos qué pudo ocurrirle durante su adolescencia para que ahora un trastorno mental lo incapacite para la comunicación normal. Se deja caer que era capaz de sumirse horas y más horas en lecturas interminables de libros voluminosos y profundos («Eran libros ásperos. Aburridos. No sé cómo llegaste a leer ese tipo de cosas. No toda lectura es saludable. Yo tendría que haberte quitado los libros a tiempo. Sigue leyendo →
Nieve de Medina relata su aventura en el mundo de la dramaturgia en un viaje de autoficción
El problema es contar. El problema es que el teatro se convierta en un espacio donde te cuentan una historia, donde cada cuento de cada escritor se pueda escuchar en un espacio escénico bajo la pátina de eso que se hace llamar narraturgia; es decir, volver a los orígenes, cuando las gentes analfabetas, pero ávidas de historias, exigían al chamán que se pusiera a contar; básicamente lo que después haría el coreuta. Parece que se ha optado por renunciar a las coherentes formas del teatro —y este no es un asunto de purismo, sino de respeto a la cultura del respetable (a los niños se les cuentan los cuentos y se les dan las explicaciones que sean pertinentes)— para trasladar los relatos con su narrador, sus descripciones y el resto de elementos propios de lo narrativo. De todo esto hay bastante en Modelos animales, la obra que presenta en la Sala Cuarta Pared Pablo Iglesias Simón, basándose en un relato del libro de Aixa de la Cruz que lleva el mismo título. Y no es que Nieve de Medina se plante en el medio del escenario y nos cuente el cuento tal cual, no (eso ya lo hizo hace un mes Katelijne Damen en Orlando). Sigue leyendo →
Lluís Pascual documenta en escena a esa generación perdida en la sangrienta batalla del Ebro
Foto de Ros Ribas
La historia es la que es y debemos descubrir su verdad entre las versiones, los testimonios y las trazas de lo verosímil. Tropelías del mismo calibre se podrían afirmar en el otro bando, pero nosotros asistimos a la revelación macabra de los republicanos, de aquella leva del biberón —la popularizada como Quinta del biberón—, según parece, así nombrada por Federica Montseny. A nuestros ojos actuales, una salvajada tanto la guerra civil al completo, como aquella batalla del Ebro, de la que aquí nos compete. Un enfrentamiento, desde el punto de vista militarista, seguramente inevitable; si no se sopesan la rendición y las consecuencias de esta. Difícil dilema. Un matadero durante y después. Pocas opciones para esos payeses insuflados por un patriotismo inyectado en vena fulgurantemente. En apariencia bastante mayores, diecisiete años, para lo que luego han sido los niños soldados de Sierra Leona, por ejemplo, o esos pobres pequeños que hoy se emplean para la inmolación en algunos de los conflictos bélicos que siguen humeando, pero de los que apenas tenemos acceso (hace ya demasiado que la prensa ha sido secuestrada definitivamente). La vista se nos está acostumbrando a la recreación cinematográfica. En la última película de Mel Gibson, Hasta el último hombre (2016), encontramos una buena andanada de locura para todos esos chicos que se juegan la vida en un segundo frente a unos japoneses igualmente invitados al sinsentido en la segunda guerra mundial. Poco antes, de julio a noviembre de 1938, en la frontera que marca el río Ebro, se libró la batalla más larga y cruenta de la contienda; cuando se ponía de manifiesto que la balanza se había inclinado hacía más de un año del lado nacional, del lado de ese General Franco que había decidido optar por el lento aplastamiento. Según el historiador Julián Casanova, lucharon, durante esos casi cuatro meses, 250000 hombres. «Los franquistas perdieron más de treinta mil y los republicanos el doble». Delante de nosotros, arriba en el escenario, seis tipos a punto de la transformación; entes actorales, futuros personajes, espíritus indelebles como testigos de la barbarie. La función se centra concretamente en seis tíos que impregnan toda la platea de verosimilitud. Sus biografías parten de la pura exposición de los orígenes, de cuando sorpresivamente los llamaron a filas saltándose la ley. Retazos de sus oficios, su inocencia: «Éramos como ahora los de doce, no sabíamos nada del mundo». Pronto se metamorfosean en soldados, cambian sus vestimentas urbanas y los actores se adentran en sus personajes plenamente. Todo este juego metateatral tiene una utilidad y está al servicio de la obra, contribuye a la asunción y comprensión del testimonio, del documento que se debe desentrañar. Comienza su entrenamiento sofocante y aturdidor. Correr, correr sin parar a todas horas. Y empieza, sobre todo, la instrucción, el adoctrinamiento, la inoculación del ímpetu bélico para que no duden en disparar a esos «fachas» de enfrente que son sus compatriotas. También da inicio, afortunadamente, su satisfecha camaradería, su hermanamiento. Joan Amargós, Enric Auquer, Quim Àvila, Eduardo Lloveras, Lluís Marquès y Joan Solé ofrecen una compacta actuación, una manifestación de grupo llena de entusiasmo y altas dosis de desconcierto. Hacen desembocar todo su recorrido vital en las necrológicas de aquellos malhadados; aspecto que da buena cuenta del desgarro y la estulticia de aquel episodio. Perfectamente hubiera podido ser en catalán toda la obra y no en esa mezcla algo artificial en ciertos momentos. Si así hablaban aquellos muchachos de todos esos pueblos de donde los trajeron, con ese acento tan marcado (algo que fuerzan en escena), bien hubiera estado darle un realismo completo. Hubiera cobrado mayor simbolismo político en los tiempos de disputa que corren. Lluís Pascual ha querido cargar las tintas en esa mirada que va fraguando desde el interior, desde el verdadero acercamiento de estos chicos de hoy en día a lo que debieron pasar aquellos. Ha reducido la escenografía al mínimo y se ha apoyado en la potente ambientación musical, lo que le confiere al espectáculo un tono emotivo que nos impacta más por el sentido auditivo, tanto por lo que escuchamos de los protagonistas como por lo que oímos de los músicos que habitan la escena. Este hecho logra una síntesis fenomenal de discurso e impacto sensitivo. Refrendado, a su vez, por la imágenes en vídeo que se proyectan en la enorme pantalla y que sirven para ilustrar todo el suceso. De esta manera, todos los elementos, envueltos en una aparente austeridad, tienden hacia el punto en el que esos chavales se nos escapan. Indudablemente, In memoriam. La quinta del biberón escarba en la historia desde una posición concreta, desde un lado; algo que no nos debe llevar a olvidar que frente a estos también hubo muchachos casi tan jóvenes como ellos, y con una conciencia del acontecimiento tan endeble como la suya. Al salir, tras los merecidísimos aplausos, será imposible no arrastrar fuera del teatro los dilemas que desgraciadamente aún generan divisiones.
Raimon Molins dirige esta obra de Juan Mayorga ambientada en un campo de concentración nazi
A veces uno tiene la sensación de que últimamente no para de hablar de teatro dentro del teatro. El metateatro invade el teatro en esa incapacidad de volver a la ficción. Es como si el propio teatro fuera consciente de que el espectador vive inmerso en un mundo en el que la fusión realidad-virtualidad va resultando indiferenciable y de que debiera recordarle que todo aquello es mentira para ser verdad. El metateatro puede ser un guiño y, también, como en el caso de Juan Mayorga, un auténtico discurso filosófico sobre la entidad esencial de lo dramático. Por lo tanto, debemos preguntarnos si estos procedimientos poseen coherencia o si son banales. Himmelweg (publicada en 2004) es, ante todo, la historia de los engaños. Partimos del engaño del nazismo en su locura eugenésica basada en el engaño de las razas humanas. Sigue leyendo →
Un acartonado texto de Arthur Miller que protagoniza formidablemente Eduard Fernández
No podemos afirmar que Panorama desde el puente se acerque en ambición a Muerte de un viajante; es más, resulta un texto con una estructura tan definida que a poco que uno esté atento puede adelantar el desenlace mucho antes de que llegue. Además, el melodrama se asfixia en la concreción de un único personaje redondo circundado por satélites que orbitan para darle mayor credibilidad. Este motivo simplifica una obra que, por si fuera poco, viene acompañada del cargante narrador con el que Miller nos apostilla el camino trillado. Demasiados elementos en contra para montar una buena función. Pero Georges Lavaudant ha sabido orientar la sangre hirviente de Eddie Carbone hacia el difuso onirismo de unos muelles que marcan los ritmos de la familia. Ninguno de los subtemas que se trazan en las dos horas de espectáculo acaba de ofrecer verdadera sintonía con el asunto principal. Sigue leyendo →
Lluís Homar dirige esta reposición manteniendo la intensidad y la frescura de sus enredos
Foto de Ros Ribas
La dramaturgia del siglo XVIII ha de tomarse hoy en día con dosis muy leves. No podemos negar que el Neoclasicismo se empeñó en la didáctica y en la ejemplaridad para depurar costumbres que debían quedar constreñidas y olvidadas en el Antiguo Régimen. Pero de aquel lema horaciano —docere et delectare—, ya solo nos podemos quedar con el divertimento, con la experiencia de entretenernos; pues lo que conlleva de crítica —demasiado leve a nuestros ojos—, se diluye en situaciones muy alejadas de nuestras maneras contemporáneas. Todo ello, claro, si no pretendemos hacer sociología, que no es mi caso. Verdaderos problemas tuvo Pierre Caron de Beaumarchais para poner en pie La loca jornada o Las bodas de Fígaro, continuación de El barbero de Sevilla; puesto que a Luis XVI parece que le irritó que se cuestionaran los privilegios del sistema monárquico. En el Teatro de la Comedia de Madrid nos encontramos con la reposición del montaje que se estrenó en 1989 en el Lliure a cargo de Fabià Puigserver y que ahora dirige Lluís Homar —metido a la sazón en Las brujas de Salem en el barrio de al lado—, y adelantemos que el público disfruta y sale a la calle del Príncipe más que satisfecho. Sigue leyendo →