Incendios

Mario Gas presenta este clásico contemporáneo sobre el horror de la guerra y la verdad familiar

incendios-fotoIncendies (Incendios) ha logrado en poco tiempo convertirse en una de esas obras con destino al canon, cuando es precisamente una reelaboración sui géneris del Edipo. La estructura y la disposición de los elementos dispares que muestra el texto nos hacen pensar más en una novela o en una película que en una tragedia. La multiplicidad de escenas, el obligado solapamiento de situaciones, las dos principales tramas imbricándose con saltos en el tiempo, requieren un montaje escénico tan ágil como el que nos enseña Mario Gas en el Teatro de La Abadía. A pesar de la parrafada inicial un tanto caótica de Ramón Barea, en la piel del notario Hermile Lebel, pone sobre la mesa algunas claves. El actor, ajustándose equilibradamente a su personaje, por un lado timorato y por otro pundonoroso, se esmera en aproximarnos hacia una cotidianidad que, en realidad, esconde una catástrofe vital. Dos hermanos gemelos aguardan a la entrada del despacho para conocer las últimas voluntades de su madre, una mujer libanesa que llevaba tiempo en absoluto silencio esperando la muerte. Descubrir la biografía de esta mujer es lo que metafóricamente produce esos «incendios» en aquellos afectados por lo ocurrido y, sobre todo, el encargo inaudito: buscar a su hermano (que desconocían tener) y a su padre (del que no sabían nada). Sigue leyendo

El pequeño poni

Una obra de Paco Bezerra sobre el caso real de un niño maltratado en su colegio por el uso de una mochila

El pequeño poni - FotoEl acoso escolar ha existido siempre, eso es cierto, pero hoy, gracias a unos sistemas de comunicación altamente sofisticados y al empeño del mercado (y la desidia de los padres) por convertir a los infantes en acérrimos consumidores, el daño se ha multiplicado. En este caso la excusa es una mochila con unos ponis en la espalda de un niño de diez años, aunque podría ser por un peinado, un color de piel, una estatura, una anchura, una voz o cualquier otra característica de la que otros puedan mofarse. Porque la cuestión no radica, inicialmente, en la maldad, sino en un proceso de maduración que tiene por principio la pura imitación como referente de lo bueno y adecuado. Enseguida llega la asunción de que uno es débil (¿quién no se reconoce como débil?) y de que la forma más fácil y directa es ponerse por encima de aquellos con los que uno puede conseguir puntos frente a los demás. Un chaval maltratado es un conejillo de Indias con el que aquellos colegiales necesitados de atención sobresalen en un mundo que perciben adversamente. Luego están esos consentidores, aquellos que por miedo se apuntan al carro (¿se les puede exigir valentía a chicos tan pequeños?). Este es un elemento fundamental. No es lo mismo pedir cuentas a los acosadores en un colegio que en cursos avanzados de un instituto. La responsabilidad de los adultos posee una relevancia formidable. Sigue leyendo

Reina Juana

Nuevamente Concha Velasco nos ofrece una maravillosa interpretación que se percibe como colofón a su carrera

Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

A estas alturas la fascinación que genera Concha Velasco en el mundo teatral ha provocado que aquello que vemos en escena sea un fetiche. Alguien que trasciende a su personaje y que se funde a él ante los ojos de cualquier espectador. Es Juana I de Castilla, pero es indefectiblemente la Velasco, y ambas vienen cargadas de historia y mito. Si comenzamos por el final diremos que el público de La Abadía se puso en pie ipso facto y que ella paró los aplausos para departir con el respetable y agradecerle tal comunión. Seguramente haya que tomarse esta Reina Juana como un homenaje en vida ─cuando debe ser─ a una actriz inconmensurable. Para qué premios, lo ideal es regalarle un texto atrayente, lírico, repleto de reverberaciones, flashbacks y recreaciones que concentren las esencias de una reina mítica a su manera. De esta forma, Ernesto Caballero como autor y Gerardo Vera en la parte directiva, han enmascarado a la actriz de Juana la Loca, una mujer que llegó a vivir setenta y cinco años, pero que estuvo recluida desde 1509 hasta 1555 en Tordesillas. Sigue leyendo

Medea

Ana Belén encarna a la mítica maga en una versión que pretende ser excesivamente fiel al relato conocido

Medea - FotoDebemos reconocer que llevar a las tablas el mito de Medea posee una serie de complejidades que requieren determinadas decisiones en sus versionadores y en aquellos que se atreven a dirigir a personajes tan cargados de apasionamiento. Antes del verano Andrés Lima optó por la desnudez, el salvajismo y hasta la performance. Después, en Mérida, se presentó la Medea de Vicente Molina Foix que ahora podemos contemplar en el Español. El novelista ha combinado los textos de Eurípides y de Séneca, ha decidido qué muertes deben acontecer y qué grado de crueldad se le usurpa al espectador y, también, ha tomado la decisión de incluir un largo cuento revelado a los hijos de Medea por esta misma y por la nodriza; un relato extensísimo en el que sin excesiva dramatización se van desgranando los avatares de Jasón y los argonautas en busca del Vellocino de oro, que Apolonio de Rodas compuso en el canto tercero de Las Argonáuticas, cuando los marineros llegan a la Cólquide y la maga queda prendada del héroe. La propensión de datos y recovecos mitológicos rompe cualquier ritmo teatral y, aun así, José Carlos Plaza lo dirige como puede, para luego intentar que la obra remonte gracias a la interpretación de Ana Belén, con una actuación que mide con diferentes grados la desesperación y, de una forma soberbia, por la nodriza a la que da vida Consuelo Trujillo, en un papel repleto de gestos, astucia y fragilidad impetuosa. Desgraciadamente no ocurre lo mismo con el resto de personajes, ni el Jasón de Adolfo Fernández parece poseer la fuerza que debiera, es como un héroe cansado de sus líos domésticos, sin ambición; ni, tampoco, el Creonte de Poika Matute se confía al tono dramático, se muestra demasiado caricaturesco. Y al resto les falta la grandiosidad que debe imperar en la tragedia a la que se ven abocados y no parecen acompasarse con la solemnidad de la hechicera. Sigue leyendo

El señor Ye ama los dragones

Luis Luque y Paco Bezerra nos desenmascaran en una obra sobre nuestra relación cotidiana con la comunidad china

El señor YeLo que se concentra en el edificio en el que se alojan las cuatro protagonistas de El señor Ye ama los dragones es la síntesis de dos mundos, de dos aparentes visiones de la vida y, en definitiva, dos formas de incomunicación o, más bien, de la recalcitrante idea acerca de que los otros son seres absolutamente ajenos a uno. Chinos en el planeta España residiendo en una atmósfera entre postapocalíptica hongkonesa y el averno madrileño con boina en días de máxima contaminación. Una Divina Comedia que marca la estructura de la función, con sus tres actos bien definidos y sus tres unidades sin quiebra: la de tiempo (todo ocurre en un día), la de espacio (el susodicho bloque) y la de acción, dominada por un único nudo que debiera estar más enrevesado. Desde luego es una pena que con tal despliegue de medios escenográficos la trama no ofrezca más recovecos y mayores desarrollos narrativos. Podríamos decir que faltan subtramas que evitaran a Xiaomei (la joven china protagonista) relatar gran parte de lo que ha acontecido en sus vidas durante el pasado y revelar un misterio que, además, hasta ese momento no era tal. Sigue leyendo

La cortesía de España

Lope de Vega se cuela en el Matadero con La cortesía de España, una obra sobre las cargas de la tradición

la-cortesia-de-españaPresenta, y muy bien, la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico un comedia, tildada de famosa, de esas de enredo. Como suele ser propio en Lope y otros autores de la época, la trama se dispone a través de los amores de sus protagonistas que, entre equívoco y equívoco, van lanzándose hacia un final que se adivina feliz, pero que dada la confusión, no sabe uno quién acabará con quién. La cortesía de España no solo es una comedia de costumbres urbana como El acero de Madrid o La noche de San Juan donde aparecen ciudades de nuestro país, sino que, en esta ocasión, uno de los protagonistas y su sirviente viajan por Génova, Venecia o París, todo un tour que se va reflejando en unas acertadas proyecciones de vídeo repartidas a tres alturas: en un ciclorama, en unas cortinas y en las puertas giratorias. Resulta, por lo tanto, una escenografía sencilla, minimalista, en apariencia, con una especie de pasarela como si fuera un puente veneciano, con portalones que van metaforizando aún más la trama con sus giros y una serie de pequeños elementos que matizan el espacio como unas sillas con un elevado respaldo hueco, elegantes, y que no disuaden la mirada del espectador. A esto se añade un vestuario equilibrado en los colores, diseñado por María Araujo y una música basada fundamentalmente en una sonora percusión ejecutada por Mauricio Loseto que va hilando cada una de las escenas. Sigue leyendo

El viaje a ninguna parte

Primero novela, luego película y ahora una versión teatral para El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán Gómez

el-viaje_01Campo de La Mancha: árido, pobre y deshidratante. Los cómicos marchan con paso lento, cargando sus bártulos y su desesperanza de pueblo en pueblo. El cine y el fútbol compiten desigualmente con un repertorio efectista, popular y que, a pesar del empeño de sus entregados actores, no es más que un modo de supervivencia totalmente alejado de los focos que iluminan a las estrellas en la capital. El viaje a ninguna parte marca el ocaso de una profesión, entendida desde la artesanía, la paciencia y el pundonor, aunque la recompensa no sea monetaria y, a veces, ni siquiera espiritual. Sigue leyendo

El cojo de Inishmaan

Llega a Madrid la versión de la exitosa obra de El cojo de Inishmaan

cojo_inishmaan_escena_07La tragicomedia de Martin McDonagh que Gerardo Vera trae al Teatro Español se vertebra mediante una capa de humor cáustico que sirve de parapeto a los habitantes de Inishmann. Las exageraciones caricaturescas llevadas al límite de la crueldad, la colección de coletillas, de motes, de comparaciones odiosas, de sinceridad hiriente esconden la dureza de una tierra de la que da buena cuenta el famoso realizador Robert J. Flaherty (conocido por su cinta Nanuk, el esquimal) en un documental que pretende rodar en las islas de Arán. La aridez del terreno, la humedad y el viento, la dureza, en general, de ese clima contrasta con las vidas aparentemente simples de los personajes de El cojo de Inishmann; más, incluso, si la escenografía peca de austera. Por eso, quizás, no seamos muy conscientes del modo de vida de aquellos individuos que no paran de tirarse los trastos a la cabeza y que acaban siendo gentes entrañables, para un lugar demasiado agreste. Sigue leyendo

Maribel y la extraña familia

Maribel y la extraña familia continúa representándose en agosto de la mano de Gerardo Vera

Maribel y la extraña familia - Foto«El humor es verle la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas; comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera, sin que por ello dejen de ser tal como son», decía Mihura. Y lo podemos comprobar en la Maribel y la extraña familia que ha montado Gerardo Vera en el Infanta Isabel. Un montaje repleto de grandes detalles que agrandan la obra: los números musicales, las acertadas proyecciones de vídeo o la elección de los temas que suenan en los diferentes momentos. Pero no es el montaje lo que más resalta, sino, tratándose de Mihura, el humor. El humor de Mihura se ha recuperado en el último decenio con programas de televisión como La hora chanante o Muchachada nui comandados por Joaquín Reyes. En esos programas se ha vuelto a la extrañeza de la cotidianidad, a las conversaciones faltas de lógica y a la rareza que supone la ausencia de implicaturas, es decir, las cosas se muestran en primera instancia, tal como son, carentes de simbolismo para así desactivar el tópico o la convención. Sigue leyendo