La violación de Lucrecia

Regresa a la escena madrileña uno de los éxitos de la temporada anterior, La violación de Lucrecia

Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

La presencia de Nuria Espert en el escenario, apenas acompañada de una mesilla, una butaca y la velada cama detrás, ya impone lo suficiente, si además, tras un breve prólogo metaliterario (conversación de móvil mediante) marca de la casa Miguel del Arco, asistimos a una corriente de flujo, un vaivén tremebundo de voces encima de las tablas, el verso de Shakespeare metamorfoseándose en la boca de nuestra primera actriz, desde el narrador con su tensión in crescendo (esquinas, recovecos y centros de luz hasta el detalle), pasando por la testosterona de Tarquino, por la desesperación de Lucrecia, por la terrible constatación de Colatino (su esposo), hasta llegar al dolor, a la muerte y a una honra llena de sangre. Fluye el texto, la estrofa, el diálogo de los personajes multiplicados en una sola mujer, arrebatada, violada, mancillada, símbolo de una decadencia romana y momento transicional hacia la república.

Lo que se concita en la sala Juan de la Cruz del Teatro de La Abadía es un triunvirato que escenifica las contradicciones del teatro en España: primero, Shakespeare en su 450º aniversario, después una actriz en otra cumbre más de su extensa carrera y, por último, un director, Miguel del Arco, lo suficientemente joven y ambicioso (ahora podemos ver su Misántropo) como para azuzar una de las pocas artes que aún mantienen un poso de verdad demasiado humana. Lógicamente también se concita la crisis en un giro irónico. El texto remite no sólo a un momento de pesadumbre, sino que también recoge los efluvios de otros momentos, más lejanos aún, como la pérdida de Troya encarnada en la amargura de Hécuba, otra mujer expuesta en destrucción.

La función, compleja, fugaz, llena de intensidad, transcurre entre velos que flotan de un personaje a otro encima de la cama, como si estuvieran dentro de un camarote y la tempestad fuera propicia para la insidia. En otros momentos, la Espert se planta en el mismísimo centro declamando un poema shakesperiano que narra más allá de una violación, reflexiona de nuevo sobre la importancia del honor y de la tragedia que supone perderlo de forma irremediable. Manifestar tal acontecimiento, sin caer en el regodeo del tópico y en la pura lectura dramatizada de un poema narrativo, necesita, en este caso con los mínimos elementos escénicos, la expresión, el tono y la potencia contenida que lleva a cabo Nuria Espert y que tan bien ha dirigido Miguel del Arco.

La violación de Lucrecia

Autor: William Shakespeare

Traducción: José Luis Rivas Vélez

Dirección: Miguel del Arco

Reparto: Nuria Espert

Escenografía y vestuario: Ikerne Giménez

Iluminación: Juanjo Llorens

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 1 de junio de 2014

Calificación: ♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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