Pablo Chiapella protagoniza esta revisión de la afamada película desde una perspectiva excesivamente humorística
Mucho lastre es la versión cinematográfica de Milos Forman para esta visión teatral tan poco acibarada y tan insolente en su desfachatez humorística. Porque lo sustancial consiste en determinar, como así pretendía denunciar Foucault en su famosa historia, qué es la locura y quién determina quién está loco. Para ello es fundamental encontrar un tono preciso en el protagonista, McMurphy; no tanto para hacernos dudar de su cordura ―enseguida comprobamos que lo suyo va por otro lado―, como para adentrarnos en el marasmo de complicidades legales, morales y opresivas que llevan a un tipo así a un centro psiquiátrico. En el desenlace está la solución. En definitiva, Jack Nicholson nos demostró que era un tipo avieso, un dechado de vicios, un juerguista, un apestado social y, sobre todo, un camorrista dispuesto a montarla hasta el fin de sus días. ¿Por qué no calificarlo como chiflado ―ampliando un poco el término― para así aplicarle la medicina adecuada para tal dictamen médico? Jaroslaw Bielski ha permitido que a su montaje entre un intruso, un personaje que no corresponde con la novela de Ken Kesey; ha dejado que Amador, un gamberro salido y medio lelo que vive en la urbanización Mirador de Montepinar, se cuele para hacer de las suyas. Sigue leyendo →
Un viaje irónico para resituar en el tiempo a los trabajadores españoles desde la industrialización hasta el presente
Foto de Sergio Parra
A nadie puede llevar a engaño que Alberto San Juan haya escrito un itinerario muy particular, lógicamente sesgado y tendente a destacar ciertos acontecimientos de la lucha obrera y a obviar otros. Se dicen verdades como puños, y se encubren otras verdades dolorosas y contraproducentes a la causa. Pero el conocido actor posee una marcada y notoria ideología de izquierdas que es para él una ética y una estética. Y por eso, junto a otros en cooperativa, saca adelante el Teatro del Barrio; para ser altavoz, desde las tablas, de una visión política que hoy se empacha en la teoría y se ahoga en la práctica. Por lo tanto, aquí asistimos a un espectáculo coherente con unos presupuestos bien definidos desde hace tiempo. Un teatro-testimonio, propio del documental, donde cada personaje se presenta y nos orienta en la fecha; o sea que no es el contexto o la escenografía (bastante escueta y mínima; pero suficiente. Su responsable es Beatriz San Juan) la que nos pistas sobre el suceso. El hilo conductor de este montaje musical y cabaretero es la pareja conformada por Pilar y por Luis. Sus descendientes irán conformando una saga también de Pilares y de Luises. Al son del folclore se presentan, como los parias, como los «hijos de puta», un chico y una chica de diez años, procedentes de Extremadura y de Andalucía respectivamente, y que han ido a caer en la Escuela Libre de Barcelona que fundó Ferrer i Guardia. Iniciamos el viaje en 1909, año en el que fusilaron a este pedagogo. Un aspecto muy interesante de la función es que, al menos, en los primeros compases, toma la perspectiva de los anarquistas. De ahí la insistencia en la educación y en el desarrollo del pensamiento, en el coraje individual y en la solidaridad sin perder el estatus personal. Asimismo, por supuesto, la mujer, tan dueña de sí misma que es capaz de llevar la voz cantante con una integridad genuina y digna. Por eso, Pilar Gómez, quien ha tenido éxito fenomenal con su interpretación de Emilia Pardo Bazán, exprime aquí todo su gracejo, su agilidad primorosa, tan parajismera que solo hace que infundir entusiasmo. Su compañero, Luis Bermejo, vuelve a demostrar su vis cómica, en una plétora de papeles que imprimen matices cazurros, ingenuos, pánfilos e, incluso, bonachones. Luchadores ambos en un fulgurante recorrido por el siglo XX con parada en el presente, conversando con Durruti, escuchando de fondo las proclamas de José Antonio Primo de Rivera o las alocuciones por Radio Pirenaica de María Teresa León. Aparece un vídeo donde se patentizan los procederes de Fraga frente a la violencia policial. Ciertamente, por el periodo franquista se pasa raudo ―aunque se le quiere dar continuidad a toda la trama, lo cierto es que los saltos entre los diferentes escenarios históricos son un algo abruptos; por eso se echa en falta una cohesión mayor―. Así que es mejor concentrarse en cómo las luchas obreras de principio de siglo, cruentas muchas veces, se han transformado ―gracias a la magia de los poderes fácticos―, en una disolución. El trabajador, desintegrado, autónomo o asalariado, vive en soledad su penuria, afanándose por adaptarse al sistema. Con el paradójico estilo burgués y pijo de los que aparentan ser aquello que nunca serán. Y ese es el gran mérito del texto, enfrentarnos a un pasado de probidad, de rebeldía y de pundonor; mientras nos miramos en el espejo del hoy, con los ojos del estrés y las palpitaciones de ansiedad, con la lengua fuera e inermes, en una «sociedad líquida» que se nos escapa entre los dedos. La derrota del mundo obrero está siendo descomunal y aún queda la puntilla robótica. Por lo tanto, la obra contiene un meollo muy apreciable. Además, para regodearnos en el tema, Marta Calvó se inmiscuye en multitud de personajes, ya sea de cabaretera del Barrio Chino; ya sea como Simone Weil; ya sea de vecina farruca en una comunidad de vecinos. Por su parte, Alberto San Juan también se multiplica y lo hace con roles muy distintos, todos ellos interpretados con empaque; a veces con altivez y otras con esa sonrisa entre franca y embaucadora. Además, pone voz a las canciones escritas para la ocasión por Santiago Auserón ―otro de los detalles que apuntalan la propuesta―. Coplillas que narran el estado de la cuestión de forma bien sencilla y elocuente. El otro aspecto que imprime carácter a toda la historia es la ironía, que es la mejor forma de evidenciar el absurdo al que hemos llegado. Desde luego, las escenas finales son magníficas por su naturalidad; precisamente porque en las conversaciones corrientes nuestra última hecatombe bursátil se ha deglutido: la alienación es todo un rasgo definitorio. Todos ya urbanitas, modernos. Atrás, los años en que eran devueltos los «pueblerinos», cuando llegaban en tren a la capital. Atrás, el hambre y los edificios sin inodoro preparados para el derrumbe. Atrás, la construcción del barrio de Orcasitas a golpe de carreteras cortadas. Hoy, a la espera de que la chispa de la indignación vuelva a prender en los choznos de aquellos que no tuvieron más remedio que jugársela para ganar el necesario pan.
El Teatro María Guerrero acoge esta versión austera sobre el drama clásico de Valle-Inclán
No parece nada extraño que Alfredo Sanzol nos ofrezca una visión tan desnuda de la obra magna de Valle-Inclán; pues de forma parecida se acercó a otros clásicos como el Edipo Rey y, la temporada anterior, a La dama boba. El asunto es si esta idea tan distanciadora, austera y hasta feísta, nos conmueve más, nos aproxima de un modo más profundo a la esencia del texto y nos hace ganar artísticamente. Pienso que no, que despojar a Luces de bohemia de las calles de Madrid es dejarnos sin el referente contra el que se debe estampar la pasión expresionista de su antihéroe. Ya sé que la imaginación también se pone a funcionar; pero aquí los elementos estéticos que se lanzan nos procuran una sensación de despojo de los protagonistas. Por esta vez, la escenografía ―no así el vestuario― de Alejandro Andújar me parece insuficiente, no porque el uso de grandes espejos no sea una buena idea; sino porque su manejo parece repetitivo y poco propenso a generar esos juegos de equívocos y de distorsiones; como cuando nos adentramos en algunas de las atracciones de algunas ferias, donde podemos llegar a temblar ante la presencia de nuestra propia imagen. En escena deambulan dos grandes espejos, como si fueran simples muros de fachadas inexistentes. Luego, en una decisión, diríamos que provocadoramente sutil del director, Max Estrella describe el esperpento, no ante los espejos cóncavos del callejón del Gato; sino ante su reverso, ante una oscuridad renegrida de muerte. Sigue leyendo →
Los Teatros del Canal acogen esta batalla dialéctica entre cuatro socios de una empresa con el fin de eludir la cárcel
Foto de Sergio Parra
Si hace poco más de un mes Daniel Veronese adaptaba y dirigía la película Todas las mujeres, ahora dispone lo propio con otro film que, desde luego, pedía versión teatral: 7 años. Además, coincide en la cartelera madrileña con otro éxito cinematográfico que pasa a las tablas como es Perfectos desconocidos. Ambos montajes poseen indudables puntos en común, entre otros, su atractivo para un público más inclinado hacia el teatro comercial y sus mecanismos medidos puestos al servicio de diálogos ágiles y propiciatorios destinados a desbrozar las intimidades. Aquí el engranaje se pone en funcionamiento enseguida y la premisa es bien sencilla: los cuatro responsables de una empresa dedicada a vender software y otras soluciones informáticas están a punto de ser investigados por Hacienda. Por lo visto, han estado desviando pasta a unas cuentas opacas en Suiza y los han pillado. Se enfrentan a la pena que refleja el título del espectáculo y han decidido que se coma el marrón uno de ellos. Para dirimir tan compleja decisión van a echar mano de un mediador. Serán ochenta minutos sin el más mínimo altibajo. Sigue leyendo →
Ariadna Gil encarna con virtuosismo a la protagonista de la famosa novela de Charlotte Brontë en el Teatro Español
En el montaje que podemos disfrutar en el Teatro Español se pueden distinguir dos aspectos de máxima importancia para valorar en su justa medida la propuesta de Carme Portaceli y de Anna Maria Ricart. En la parte visual, la estética se aleja del naturalismo que nos debiera trasladar a los paisajes ingleses, a la pertinaz lluvia y a esas grandes mansiones de la burguesía que va tomando posiciones a lo largo del siglo XIX. Con la escenografía de Anna Alcubierre uno puede regocijarse con su serenidad, con el minimalismo y con esa austeridad que se pretende transmitir (todo un exceso que no corresponde con el victorianismo), cuando el vestuario de Antonio Belart marca con recalcitrante negro y oscuridad talar a todos esos individuos, en principio, anónimos. ¿Nos hemos trasladado a la Suecia de Bergman y de Ikea, o de signo pietista? Esta estética está al servicio del arte en el sentido de que nos invita paradójicamente a la claridad de los personajes, casi despojados de cualquier reducto de lujo que los signifique en su verdadera clase social. El igualamiento es preponderante. Así que es un gusto templado la contemplación del espectáculo, al que se le suma la música en directo, como si fuera una banda sonora a la antigua usanza, promovida por Clara Peya, con momentos de indiscutible delicadeza al piano y un sutil vigor con la compañía de Alba Haro al violonchelo. Sigue leyendo →
Daniel Guzmán dirige con esmero la versión teatral de este éxito cinematográfico en el que los móviles son el artefacto del demonio
Foto de Sergio Parra
Era del todo esperable que llegara la versión teatral de este éxito cinematográfico ―primero en Italia con Perfetti sconosciuti, dirigida por su creador, Paolo Genovese y, en España, con la mirada de Álex de la Iglesia; puesto que, principalmente, el espacio ―casi único― permite concentrar muy bien la acción y, sobre todo, regodearse en la situación: un puro desbaratamiento, una explosión de revelaciones. Este tipo de productos culturales se posicionan claramente del lado del espectador, es decir, se congratulan con él; ya que este siente alguna identificación. Además de que el discurso es sencillo, entretenido y divertido; básicamente los principios del teatro comercial. Ahora, en este caso, dado que se emplea un instrumento ―el teléfono móvil― que casi la totalidad de la población adulta utiliza; realmente podemos sacar una lectura contemporánea más aviesa y pertinente de lo que ocurre en escena. En definitiva, Perfectos desconocidos favorece dos lecturas que pueden convivir esencialmente en la perspectiva de cada persona que asista al Teatro Reina Victoria, si pone un poco de empeño más allá de la risotada. Porque es claro que debemos plantearnos cómo hemos llegado a esta situación, a este narcisismo, a esta búsqueda agónica por la emoción fuerte, por evidenciar nuestro supuesto poderío en las redes sociales, por esconder nuestros secretos en un aparato que nos expone demasiado. Sigue leyendo →
El recuerdo a ese espacio del Teatro María Guerrero donde se encontraban las gentes de la profesión
Foto de marcosGpunto
Para celebrar los cuarenta años del Centro Dramático Nacional (CDN) se podría haber organizado una exposición, un ciclo de conferencias o un simple evento con discursos e imágenes alusivas a lo que ha significado la institución para España (sobre todo, para Madrid). En oposición a ello, José Ramón Fernández y Ernesto Caballero se han liado la manta a la cabeza y han elaborado un montaje que cumple esencialmente con su cometido. Sin permitir, apenas, que el exterior penetre, y como si fuera una especie de coordenada espaciotemporal sui géneris, van renaciendo los fantasmas en forma de sueño de todos esos personajes que un día hicieron que la ficción fuera la ilusión de unos espectadores ávidos por aprehender esa sublime experiencia. No se puede afirmar que la obra esté destinada a cualquier persona que se anime a asistir; pues es un acontecimiento tan particular que uno solamente se imagina a las gentes de la profesión acudiendo a rememorar aquella época en la que el bar del «Mari Guerri» propició encuentros fructíferos y de lo más interesantes. En esa ensoñación se adentra Pepe Viyuela, que hace de José María, el estereotipo de teatrero tímido, aparentemente solitario, que vive fascinado por las vibraciones de la cuarta pared. Un individuo que acude con demasiada frecuencia a tomarse su café, acompañado por los programas de mano, con la firme intención de codearse con sus admirados actores. Papel que domina a la perfección, algo pánfilo, entrañable. Sigue leyendo →
Un drama naíf sobre un campo de refugiados en España con el Auto de los Reyes Magos incluido
Que la apertura de la temporada en el Teatro de la Comedia, que se presuponía un plato fuerte con el que dar el aldabonazo de salida, se haya sustituido por un montaje que más parece indicado para la bonhomía que nos embarga en Navidad, es una cuestión que difícilmente se puede comprender. Tampoco se entiende muy bien hacia dónde quieren ir con su texto Pedro Víllora y José Carlos Plaza; es decir, si de verdad creen que han pergeñado una estructura dramática propicia para encajar como actividad lúdica en un campo de refugiados ¿en España? diversos textos barrocos y el anunciado Auto de los Reyes Magos que, recordemos contiene 147 versos nada más, y que se introduce de cualquier manera al final del montaje. ¿Es posible que alguien se haya enterado de qué cuenta este auto o los otros: fragmento del Auto de La vida es sueño, de Calderón y el Auto del Hospital de los locos, de Valdivieso? Quiero decir, evidentemente, en su dimensión sociocultural y literaria, pues son alegorías que necesitan un desarrollo y unos marcos referenciales que aquí no están. Primeramente, es necesario resaltar que el espectáculo es innecesariamente largo (dos horas) y que el tono es naíf, idealizante y poco creíble en la pesadumbre, el cansancio y la desesperación que se presume en un lugar así. Sigue leyendo →
Lluís Homar nos brinda una actuación portentosa encarnándose en los cuatro personajes principales de esta tragedia
¿Cómo una tragedia rural, tan oscura y macilenta, tan llena de odios y posesiones abyectos puede tornarse sutil y embellecida en su brutalidad? Para ello es conveniente aproximarse con mucho cuidado, acariciando las palabras mansamente, paladeando cada oración para que el acontecimiento se vaya macerando como si nos adentráramos en un confuso hecho común. Y todo para ir al grano, para arrancarnos de la vista a los secundarios, para iniciarnos con una niña ―la Nuri― que de su pura inocencia no entiende nada; pero mira, observa, escucha y pide cariño a raudales. Lluís Homar, en solitario, despliega un inmenso arco interpretativo remarcado por la precisión en cada frase que entona con el fin de que el puro contexto interno sitúe al personaje y no sea necesario ataviarlo, ni describirlo con torpeza. Aquí todo es de una cadencia medida que se debe escuchar. El amo Sebastià, el cacique, con esa brusquedad insolente de quien se solivianta por sus cabos sueltos. Se emplea con nerviosismo, con gritos secos y órdenes tajantes, con expresiones de amor agónicas. Su amante, Marta, la hija de un molinero que ha fallecido hace tiempo, no puede ser su esposa. No es posible que alguien de su importancia contraiga matrimonio con una sierva. Sigue leyendo →