Un bar bajo la arena

El recuerdo a ese espacio del Teatro María Guerrero donde se encontraban las gentes de la profesión

Foto de marcosGpunto

Para celebrar los cuarenta años del Centro Dramático Nacional (CDN) se podría haber organizado una exposición, un ciclo de conferencias o un simple evento con discursos e imágenes alusivas a lo que ha significado la institución para España (sobre todo, para Madrid). En oposición a ello, José Ramón Fernández y Ernesto Caballero se han liado la manta a la cabeza y han elaborado un montaje que cumple esencialmente con su cometido. Sin permitir, apenas, que el exterior penetre, y como si fuera una especie de coordenada espaciotemporal sui géneris, van renaciendo los fantasmas en forma de sueño de todos esos personajes que un día hicieron que la ficción fuera la ilusión de unos espectadores ávidos por aprehender esa sublime experiencia. No se puede afirmar que la obra esté destinada a cualquier persona que se anime a asistir; pues es un acontecimiento tan particular que uno solamente se imagina a las gentes de la profesión acudiendo a rememorar aquella época en la que el bar del «Mari Guerri» propició encuentros fructíferos y de lo más interesantes. En esa ensoñación se adentra Pepe Viyuela, que hace de José María, el estereotipo de teatrero tímido, aparentemente solitario, que vive fascinado por las vibraciones de la cuarta pared. Un individuo que acude con demasiada frecuencia a tomarse su café, acompañado por los programas de mano, con la firme intención de codearse con sus admirados actores. Papel que domina a la perfección, algo pánfilo, entrañable. Viyuela ofrece su torpeza de payaso (marca de la casa) para inmiscuirse en conversaciones, en escenas sobrevenidas y, también, para interpretar a Buster Keaton (con su famosa «sonrisa») o a Max Estrella; cuando recree un momento de Luces de Bohemia, al lado de Juan Carlos Talavera (Don Latino de Hispalis). Este, además, aprovechará para soltarnos con humilde ironía el comienzo de Ninette y un señor de Murcia. Pulula por ahí Jorge Basanta, impostando la voz para alcanzar un absurdo Leslaw, junto a su gemelo Waclaw (Daniel Moreno), integrantes de la compañía de Kantor. Fuso Negro, aparece y desaparece; este loco ladronzuelo valleinclanesco es como un duende que vacila al personal y que Julián Ortega acoge con enorme fuerza e impulso. Este bar, bajo la arena, como el teatro que se debe excavar, según proclamó Lorca en El público, también nos presenta propiciamente al Pastor Bobo, que interpreta Francisco Pacheco. En el ir y en el venir, podemos destacar uno de los cuadros más dramáticos de toda la función, es aquel en el que Isabel Dimas se mete en la piel de Doña Rosita la soltera, más exactamente cuando la interpretó Nuria Espert, con lo que tenemos una doble aproximación. Es el instante en el que nos acercamos de forma más íntima a una biografía concreta, pues la anécdota posee tintes algo truculentos, aunque bien conocidos sobre su relación con el director Víctor García. Otra manera de completar el homenaje es hacer pasar por ahí a periodistas y críticos. La elegida es Rosana Torres, la articulista de El País, es encarnada por Carmen Gutiérrez: una motera dispuesta a comerse el mundo con su sarcasmo y ese desparpajo de alguien que se sabe mover en los entresijos de la farándula. Es reseñable que los figurantes sean bendecidos como auténticos actores y que estos impregnen la atmósfera de cánticos e ilusión desbordante, como así manifiestan, entre otros, Raquel Salamanca y Luis Flor. No podían faltar Adolfo Marsillach, fundador, precisamente del CDN; o Aurora Redondo, con esa dilatadísima carrera. Pero quien está dispuesto a ser testigo inigualable es Blas, un Janfri Topera socarrón y casi maestro de ceremonias, que no olvidará nombrar todos aquellos que en algún momento acudieron a zamparse un bocadillo de anchoas y queso, y, además, a todos esos visitantes ilustres que se darán un garbeo por lo que hoy es la Sala de la Princesa. En esta se emula virtuosamente aquel lugar de encuentro, gracias a la escenografía de Monica Boromello, con la que vuelve a demostrar su capacidad para responder certeramente ante cualquier reto. Magnífica la iluminación de Tomás Muñoz, pues genera el ambiente agradable y fetichista que nos trasporta a una época no tan lejana; pero que dada la velocidad a la que vivimos parece de otro tiempo remoto. El juego metateatral se extiende hasta el punto de incluir a supuestos técnicos de luces y de sonido como así hace Maribel Vitar. No obstante, el gran problema de Un bar bajo la arena es que se consume en sí mismo, puesto que es un montaje del que no se puede sacar más de lo que promete in situ y, en otro orden de cosas, apenas evoca circunstancias de carácter político (un simple apunte sobre la huelga de actores de 1975); es como si el teatro hubiera vivido ajeno a la reciente y compleja historia de España. Eso no quita para que, si eres un acérrimo del Teatro María Guerrero desde hace décadas, lo puedas disfrutar enormemente reconociendo indirectas, juegos metateatrales, escenas cumbre y guiños a los más célebres cómicos de este país. El texto de José Ramón Fernández es una antología de referencias y de motivos, bien podría haber sido otro, claro; pero es de una manera que mantiene una disposición interna bien hilada y ajustada a un ritmo ejecutado a base de pinceladas, apariciones e irrupciones sorpresivas. Por encima de todo, la importancia de este proyecto no solo radica en el reconocimiento a todas las personalidades que pasaron por este emblemático lugar (incluidos sus personajes); sino al propio teatro, ya que hablamos de un arte muy efímero que, fundamentalmente, pervive en la memoria de sus hacedores y de un público que también se desvanecerá en el tiempo.

Un bar bajo la arena

Texto: José Ramón Fernández

Dirección: Ernesto Caballero

Reparto: Jorge Basanta, Isabel Dimas, Luis Flor, Carmen Gutiérrez, Ione Irazábal, Daniel Moreno, Julián Ortega, Francisco Pacheco, Raquel Salamanca, Juan Carlos Talavera, Janfri Topera, Maribel Vitar y Pepe Viyuela

Escenografía: Monica Boromello

Iluminación: Tomás Muñoz

Vestuario: Juan Sebastián Domínguez

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Ayudante de dirección: Nanda Abella

Ayudante de escenografía: Laura Ordás

Ayudante de iluminación: Cristina Martín

Ayudante de vestuario: Paula Castellano

Diseño cartel: Javier Jaén

Fotos: marcosGpunto

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 25 de noviembre de 2018

Calificación: ♦♦♦

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