Perfectos desconocidos

Daniel Guzmán dirige con esmero la versión teatral de este éxito cinematográfico en el que los móviles son el artefacto del demonio

Foto de Sergio Parra

Era del todo esperable que llegara la versión teatral de este éxito cinematográfico ―primero en Italia con Perfetti sconosciuti, dirigida por su creador, Paolo Genovese y, en España, con la mirada de Álex de la Iglesia; puesto que, principalmente, el espacio ―casi único― permite concentrar muy bien la acción y, sobre todo, regodearse en la situación: un puro desbaratamiento, una explosión de revelaciones. Este tipo de productos culturales se posicionan claramente del lado del espectador, es decir, se congratulan con él; ya que este siente alguna identificación. Además de que el discurso es sencillo, entretenido y divertido; básicamente los principios del teatro comercial. Ahora, en este caso, dado que se emplea un instrumento ―el teléfono móvil― que casi la totalidad de la población adulta utiliza; realmente podemos sacar una lectura contemporánea más aviesa y pertinente de lo que ocurre en escena. En definitiva, Perfectos desconocidos favorece dos lecturas que pueden convivir esencialmente en la perspectiva de cada persona que asista al Teatro Reina Victoria, si pone un poco de empeño más allá de la risotada. Porque es claro que debemos plantearnos cómo hemos llegado a esta situación, a este narcisismo, a esta búsqueda agónica por la emoción fuerte, por evidenciar nuestro supuesto poderío en las redes sociales, por esconder nuestros secretos en un aparato que nos expone demasiado. Lo que se evidencia, también, es lo alejados que estamos del individualismo (por mucho que se repita que esta sociedad es individualista, desde luego, no lo es, porque no hay un desarrollo del individuo, sino de la masa); pues en la envidia permanente, en la emulación de aquellas actitudes que se frecuentan a nuestro alrededor, vamos fundamentando una vida que huye del vacío que, en realidad, la sustenta. La insatisfacción en nuestra existencia es un aldabonazo que nos defenestra cotidianamente. No somos capaces de crear un proyecto de felicidad (esto nos angustia); pero somos presionados a ser diariamente felices (esto nos estresa). La disputa final es una cena en casa de un cirujano plástico y de una psicoanalista, donde las cartas, las repartidas y las ocultas, quedan boca arriba hasta llegar a un punto de no retorno. Los anfitriones son Alicia Borrachero, una tía dura, una terapeuta que se solivianta incongruentemente; porque su hija adolescente va a salir de fiesta con el bolso repleto de condones. Por supuesto, muestra su solvencia interpretativa y esa soltura que encuentra en sus movimientos. Mientras que él es Fernando Soto, también muy seguro en sus parlamentos y en su arco interpretativo (es todo un padrazo), al que podríamos considerar protagonista, al fin y al cabo, parece que su punto de vista es el primordial. Manifiesta una acerba ironía y cierto pundonor desgastado. Es necesario reconocer que los personajes, en general, se han suavizado respecto del film español, no son tan agrios en sus cuitas de pareja. Esto provoca que los conflictos sean algo más corrientes y más tendentes a provocar una carcajada directa. Por otra parte, se percibe una bajada de ritmo y de fuerza después de la extensa introducción; es decir, cuando van apareciendo los invitados, se presentan sus novedades y, finalmente, se plantea el juego que va a generar todos los nudos: dejar encima de la mesa los móviles y aceptar que se lean en alto todo tipo de mensajes y que se escuchen las llamadas. Por lo tanto, da la impresión de que la función se podría acortar unos cuantos minutos para alentar y dar viveza a un engranaje que tiene como destino la hecatombe. Por otra parte, se ha optado por obviar la cuestión esotérica sobre la luna de sangre (el peculiar eclipse que transcurre durante la cena y que se supone tiene «efectos mágicos» sobre los humanos); así que al espectador se le ofrecerá otra resolución que no cambia, en absoluto, lo acontecido. Y esto es destapar la hipocresía, levantar las alfombras y descubrir la miseria de cada uno. Las aplicaciones de contactos y las redes sociales aumentan el deseo de aproximarse a lo prohibido para apresurarse con fervor a la infidelidad. Las parejas van llegando, y enseguida empieza la competición, el juego por sobresalir y el agotador postureo. De esta manera, Antonio Pagudo es un abogado, quien refuerza ese tono televisivo de fanfarroncillo que no puede ir más allá, reparte su doble faz, pues ha cargado con las culpas de su mujer en un grave accidente de tráfico; pero, a su vez, debe tapar su relación con una «amiguita». Olivia Molina, su mujer, aguarda con esmero y buen tino al momento en el que debe reaccionar cuando una farsa la descomponga. Es un papel no tan marcado, que vale de contrapeso. Como así ocurre con Elena Ballesteros, que interpreta a la amiga «acoplada», temerosa de caer bien a los colegas de su maridito (un pieza), con el que lleva casado poco tiempo.  Jaime Zatarain es probablemente el personaje más cínico y que, a la postre, nos resulta más odioso. Es el típico que se siente inferior frente al cirujano y al abogado, ya que es un «simple» taxista. Él quiere emprender nuevos negocios para estar a la altura; lo que pasa es que su ambición viene acompañada de otros posicionamientos en la vida no tan loables. Por último, Ismael Fristchi es el aparente perdedor, el gordito en paro, el que no hace la competencia, el insignificante, que iba a presentar a su nueva novia en sociedad; aunque ha preferido acudir solo, por razones que se conocerán más adelante. Ciertamente, Daniel Guzmán ha sabido mover al elenco con destreza para que dé la sensación de que las conversaciones se cruzan con dinamismo. Ha contado con unos actores que no solo se pegan una buena cena delante de nosotros, sino que aportan una fluidez muy considerable. En esa azotea frente al cielo nocturno de Madrid que ha diseñado con elegancia Silvia de Marta, con la iluminación recurrente de José Manuel Guerra; pasan temas de importancia, como el valor de la amistad y de sus secretos, la quebrantable intimidad, las consideraciones más que trasnochadas acerca de la homosexualidad (esta visión resulta un tanto anticuada y poco creíble) y la lucha desnortada por alcanzar un estatus social que promete unos efímeros beneficios para el ego. Perfectos desconocidos es un montaje envuelto en comedia de pullita afilada que divierte y entretiene; y, que, además, nos permite juzgar un modelo vital que mutatis mutandis se repite demasiado en nuestra cultura.

Perfectos desconocidos

Autor: Paolo Genovese

Versión: David Serrano y Daniel Guzmán

Dirección: Daniel Guzmán

Reparto: Alicia Borrachero, Antonio Pagudo, Olivia Molina, Fernando Soto, Elena Ballesteros, Jaime Zatarain y Ismael Fristchi

Escenografía y vestuario: Silvia de Marta

Diseño de luces: José Manuel Guerra

Productor ejecutivo: Jesús Cimarro

Productores: Jesús Cimarro, David Serrano, Daniel Guzmán, Luis Scalella y Guillermo Francella

Una producción de Pentación, Milonga y El Niño

Teatro Reina Victoria (Madrid)

Calificación: ♦♦♦

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