Laila Ripoll favorece la ambientación romántica en el Teatro de la Comedia trasladando la tragedia a los albores del siglo XIX

Nadie pone en duda que esta es una de las tragicomedias de Lope de Vega más presentadas y más versionadas. En los últimos años, por ejemplo, hemos tenido una perspectiva más contemporánea, con moto incluida, en Que de noche lo mataron, de Julieta Soria; mientras que en el Corral Cervantes pudimos observar cómo Julio Hidalgo incluía unas charangas en la trama. Allí, por cierto, aparecía ya Elisabet Altube en el papel de Inés. Su encanto personal y su delicadeza se plasman de nuevo en el Teatro de la Comedia, ahora que Laila Ripoll se hace cargo de esta obra. La directora traslada la acción a 1816, conocido como el «año sin verano», porque las temperaturas fueron realmente bajas debido a la erupción del volcán Tambora en Indonesia; aunque la Cruz de Mayo en Medina del Campo sea, evidentemente, en primavera. No creo que esta circunstancia quede clara en la propia escenificación del proyecto. Desde luego, la propuesta plástica de Arturo Martín Burgos es atractiva, sencilla y eficiente. Grandes láminas ofrecen verticalidad y las transparencias favorecen la tenebrosidad en algunos instantes. Esto nos desplaza directamente a la época pura del Romanticismo europeo (no el español, pues llegaría más tarde). Son aspectos que el espectador no va a notar completamente, dado que la pista a seguir está en el vestuario de Almudena R. Huertas, quien sí remarca vestimentas propias del otoño, ya que los personajes van bastante tapados. El rey, que interpreta Carlos Jiménez-Alfaro con apostura y algo de chulería, antes de impartir justicia en el desenlace, aparece con el uniforme de gala de inspiración napoleónica. Por su parte, nuestro caballero de Olmedo porta diversos redingotes que consiguen realzar una estatura ya de por sí apreciable. Si nos fijamos, entonces, en Víctor Saínz, deberemos reconocer en su actuación cierto lastre del muchacho llevado al padecer romántico. Es un buen actor: lo ha demostrado en múltiples ocasiones (como en Historia de una maestra o en La señora y la criada), pero aquí cuesta aceptar esta contraposición entre el joven enamorado y asustadizo cuando percibe los presagios sobre su fatal destino y el hombre viril y valiente que se enfrenta a los toros mientras ayuda a su gran rival. Este, don Rodrigo, el otro pretendiente de doña Inés, es encarnado por Jorge Varandela con rabia juvenil, con una impetuosidad que infunde energía, algo que definitivamente ocurre con el baile en la fiesta. Momento que permite desatar esa tensión contenida en algunos diálogos entre las féminas propios de un salón dieciochesco, en tanto que interrumpe ese padre tan alegre y despistado que recrea con tesón Gerardo Quintana. El grupo se emplea a fondo en el cante, entre instrumentos de percusión, con las canciones creadas por Raquel Molano y la composición musical de Mariano Marín, con todos los tintes folclóricos posibles. Destaca especialmente con la voz Sandra Landín.
Por otra parte, el genio humorístico de Lope lo hallamos plenamente con Tello, el fiel sirviente de don Alonso, que nos deja a un Toni Misó juguetón y con una gran capacidad para llenar el escenario con sus intervenciones. También resulta muy sugestiva Fabia, la alcahueta, quien desde el inicio marca una atmósfera de misterio gracias a la agilidad de Arantxa Aranguren. Ellos dos potencian el contraste en una función estilizada, que busca una plasticidad casi goyesca, en la que una coplilla y la propia muerte materializada anuncian el desastre en ese camino solitario en el que se descubre nuestro protagonista con sus asesinos. Convengamos, además, en que es una de las obras con el argumento más conciso, que no se desparrama en entuertos y en distracciones como sucede en otras tantas del dramaturgo. Más allá de romances antiguos y noticias varias, es todo un tópico en el mundo rural envidiar al visitante habilidoso que puede «robarle» la mujer a algún vecino. La cuestión aquí es que recurrir al pistoletazo reduce las posibilidades heroicas que habíamos visto antes en la lucha con espadas que tanto se disfruta en su intensidad. La cobardía de los atacantes es supina. Quedémonos, en definitiva, con un ambiente que es capaz de aunar todos los sentimientos patentes.
Autor: Lope de Vega
Versión y dirección: Laila Ripoll
Reparto: Elisabet Altube, Arantxa Aranguren, Clara Cabrera, Javier Díaz Gil, Carlos Jiménez-Alfaro, Sandra Landín, Teo Maiztegui, José Luis Martínez, Toni Misó, Gerardo Quintana, Mateo Rubistein, Víctor Sáinz y Jorge Varandela
Escenografía: Arturo Martín Burgos
Iluminación: Luis Perdiguero
Vestuario: Almudena R. Huertas
Videoescena: Álvaro Luna, con la colaboración de Elvira Ruiz Zurita
Composición musical y espacio sonoro: Mariano Marín
Diseño de sonido: David Roldán Oru
Diseño de caracterización: Moisés Echevarría
Canciones: Raquel Molano
Lucha escénica: Kike Inchausti
Asesora de verso: Eva Rufo
Ayudante de dirección: Pablo Martínez Bravo
Ayudante de escenografía: Laura Ordás
Ayudante de iluminación: Jesús García Pecharrromán
Ayudante de vestuario: Pablo Alcándara
Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico
Teatro de la Comedia (Madrid)
Hasta el 22 de noviembre de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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