Masked

Iria Márquez dirige esta pieza sobre una disputa fratricida en la Cisjordania de los años 90

masked-2El conflicto entre los palestinos y los israelíes no para de entregarnos visiones y perspectivas sobre un enfrentamiento que no llega a tener fin. La temporada anterior pudimos contemplar Tierra de fuego, sobre el mismo tema, aunque podríamos llegar a afirmar que la estructura de tensiones que se aborda en Masked se puede relacionar mejor con Los justos de Camus. Porque si el contexto es claramente determinante, lo que a mí me parece que cobra gran trascendencia es la cuestión moral, tensionada por aspectos idealistas como el concepto de hermano, de familia, de honor o de pueblo. Aquí contamos con tres hermanos palestinos representando diversas adaptaciones al medio durante la Primera Intifada. Más bien la obra es un reto para el espectador, este debe descubrir quién miente, quién es el más noble de estos jóvenes consternados por sus propios dilemas. Naím ha bajado de las montañas, donde se resguardaba junto a otros miembros de la resistencia, para reunirse con Khalid en la carnicería donde trabaja. Ambos se ponen al día, manteniendo una conversación que se nos muestra extraña, como inconexa. El hermano menor limpia afanosamente el suelo y las encimeras, mientras el mediano se refresca para aliviar el cansancio. Conocemos detalles de sus vidas, pero hasta que no entra en acción Daoud, el mayor, no comprendemos que las sospechas que se ciernen sobre él son de una gravedad extrema: quizás sea un colaborador israelí. Sigue leyendo

Como gustéis

El director italiano, Marco Carniti, nos ofrece una comedia shakesperiana repleta de canciones, sustentada por un elenco de altura

como-gusteis_01Al principio, cuando aparece una jaula para luchadores, ante un gigantesco Rothko, todo es poder, energía y hasta sobriedad escénica. También desde el principio, Beatriz Argüello, la grandísima protagonista, la excepcional y versátil actriz de la que disfrutamos hace unos meses en Kafka enamorado, se predispone a comandar, a dirigir el cotarro, a verbalizar cada estrofa de Shakespeare como si ella misma estuviera improvisando en estado de gracia. Luego, cuando desparecen las jaulas y comienzan los cánticos con el estilo propio de los musicales, con su batería, con su órgano, con su base electrónica, con el gorgorito retumbando por todo el Valle-Inclán, entonces, uno debe contradecir a su director porque no se puede considerar una «comedia con música para actores» a una sucesión casi constante de cancioncillas a lo Moulin Rouge que, excepto algunas interpretaciones a coro como ocurre al final, creo que se debe estar entrenado para apreciarlo en su justa medida. Sigue leyendo