Pablo Remón insiste en su estilo narrativo para contar una historia punk del postfranquismo en el Matadero

Las obras de Pablo Remón se han ido bifurcando por diferentes vericuetos, a pesar de que todas se pueden identificar por una prosa abigarrada, irónica y perspicaz que vuela dramatúrgicamente. Gran parte del elenco de Vania x Vania se ocupa de la nueva propuesta de este creador y, de varios de sus proyectos anteriores, reverberan algunos ritmos, pues el autor macera su estilo definido. La línea de referencia hasta llegar a Verborrea va desde 40 años de paz ─una de sus piezas fundacionales─, que ya recogía la impronta franquista en una familia del llamado periodo democrático, hasta Los mariachis, no porque el argumento venga al caso, sino por el tono descabalado.
Nos situamos en un camping próximo al Valle de los Caídos, a Cuelgamuros, conocido popularmente como Los Toreros, donde habían descansado diversos trabajadores del lugar. Una caravana con una lengua de arena saliendo por la ventana le vale a Monica Boromello para caracterizar aquel asentamiento cutre que imaginamos repleto de domingueros y la riada que se lo llevó por delante. La caricatura del padre, Teodoro, el acérrimo seguidor del Caudillo, prototipo de facha con toda su parafernalia en la boca paseándose como un caciquillo ridículo mientras empina el codo, nos sirve para calentar el ambiente, aunque quien realmente va a llevar la voz cantante sea Kike, quien expone con un histrionismo muy reconocible en Javier Cámara los avatares de aquella parcela extravagante, donde se depura de la manera más rancia el franquismo de boquilla y la impetuosidad ácrata de su hermano pequeño. El intérprete se apodera con creces de la mayoría de los momentos cumbre, de los más humorísticos e, incluso, de los más tristones. Todo un mánager ochentero que narra y narra hasta concluir con sus huesos en la trena, dado que la famosísima tonadillera a la que representa lo ha denunciado. Es toda una parodia ─o diría que imitación─ de algunos de los especímenes esparajismeros y floridos que se han visitado Sálvame estas últimas décadas. No creo que sea suficiente la interpelación tan bufona a los espectadores («sabéis perfectamente de quién estoy hablando») para recrear su circunstancia vital. Hay instantes que requerirían más pausa, más profundización dramatúrgica y menos correr a lo largo de los años. De cualquier modo, su actuación está fetén.
Por su lado, nuestro Segismundo Tóxico nos concede, ya avanzada el montaje, una filosófica conversación con Robe Iniesta ─reconozco que la alusión a Foucault me hizo mucha gracia─ para reflexionar sobre cómo hasta los punkis formaban ya parte del sistema. Pienso que esa incursión en la política, en la sociedad de consumo, en esos constructos del mal denominado marxismo cultural, también hubiera merecido un trato superior. Israel Elejalde se mete en la piel de un raro y melancólico tipo de nombre calderoniano para proceder a su propio psicoanálisis, metáfora de otros tantos en esa transición emocional de quienes tuvieron que matar al padre pronto, porque este estaba «moribundo», porque este era el contraejemplo supino de lo que había que hacer desde entonces. Una orfandad desgarradora, pues el progenitor nunca acababa de esfumarse y aquilataba el vacío. Me parece que es una buena decisión que el actor no haya caído en el estereotipo del colgao con voz cazallera y que haya podido discurrir entre la desfachatez de su registro musical y la inteligencia de quien está buscando en su interior las causas de una angustia difusa. Será Emilio Tomé el que sí se ponga macarra y desempeñe con esmero esa posición de secundario, de testigo, de batería bisoño que se apunta al carro de aquella novedad que consistía en configurar un grupo de música, Verborrea, y de girar por España para recalar en los espacios más mugrientos y ante el público más despreciable.
Si no coincidiera que Marta Nieto es murciana, consideraríamos que se ha recurrido al tópico que arrastramos estos últimos años, en los que su acento y su regionalismo se han convertido en motivo de mofa generalizado. Ella atraviesa distintos roles, pero, ante todo, se enmascara en Lola, la piba de Segis, y nos ofrece un punto sutil entremezclado con provincianismo, inexperiencia fogosa y la fuerza necesaria para enfrentarse a un hombre que, de vez en cuando, pierde el oremus. Relata ella, sentada en una silla, que las peleas de pareja terminaban a puñetazos, sin embargo, luego se reconciliaban. No podemos afirmar que asistamos a una de esas broncas tan propias de los egos estupefacientes a lo Cobain-Love, ya que falta materialización.
En algunos pasajes, la logorrea nos aplasta y el detallismo se pone pesado y alarga el cuento con demasiados episodios. Casi anhelamos algún diálogo entre medias, como el que levemente mantienen los dos hermanos en el epílogo, donde, por cierto, ni siquiera hay tiempo para escuchar el reciente tema del artista: un solo de guitarra. El mecanismo le funciona al escritor porque es un gran fabulador, no obstante, esto implica que su papel como dramaturgo se ve encorsetado. Es capaz de ser puntilloso, de encontrar aspectos deliciosos y muy sagaces en un costumbrismo que reconocemos automáticamente, recargado por una nostalgia que se alimenta del juicio benevolente que los humanos solemos emitir sobre nuestra juventud.
Texto y dirección: Pablo Remón
Intérpretes: Javier Cámara, Israel Elejalde, Marta Nieto y Emilio Tomé
Escenografía: Monica Boromello
Iluminación: David Picazo
Diseño de vestuario: Ana López Cóbos y Sara Sánchez de la Morena
Espacio sonoro: Sandra Vicente
Ayudante de dirección: Juan Ollero
Equipo producción Buxman Producciones: Jordi Buxó, Pablo Ramos Escola y Lucía Naharro
Una producción de Nave 10 Matadero y Buxman Producciones, con el apoyo de Crea SGR
Nave 10 Matadero (Madrid)
Hasta el 1 de noviembre de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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