La asepsia permea esta versión sobre la novela de Choderlos de Laclos en el Teatro Marquina
David Serrano se ha ido asentando como director durante estos últimos años con proyectos de lo más variado. El año pasado presentó Un tranvía llamado Deseo, aunque la obra que ahora tenemos entre manos puede vincularse mejor con La Venus de las pieles, una función de 2014 que se representó en el Matadero. Las novelas de Choderlos de Laclos y de Sacher-Masoch las separan unos cien años, sin embargo, están conectadas por la tortuosa perdición del anhelo amoroso y de la seducción como juego macabro.
Las amistades peligrosas han dejado su huella principalmente a través de la visión de Heiner Müller con Cuarteto, ya sea con aquella propuesta plúmbea de Los gatos mueren como las personas o, sobre todo, con Barroco, el espectáculo dirigido por Tomaz Pandur, creador con el que trabajó el propio Roberto Enríquez en Fausto. Sigue leyendo

¿Es el título de este espectáculo un gancho comercial? ¿Estamos ante una de esas propuestas que se envuelven en el halo de santidad de un literato para darnos gato por liebre? Pues creo que sí. Parece una función destinada a esos espectadores que buscan pasar un rato divertido y a los que el tema en cuestión les da un poco igual. Ya que no es necesario saber de Shakespeare prácticamente nada. Es más, se recomienda a partir de los 7 años.
La figura de Van Gogh encaja tan idóneamente con nuestro esquema de genio que, más a allá de unos cuadros célebres o unas pinceladas particulares dispuestas hasta para el filtro de Instagram, lo que más nos fascina es su vida. Y es por esto que su biografía se explota hasta la actualidad de una manera abusiva, diría, como un fetiche preparado para nuestra sociedad de consumo. Por eso, creo que este título en inglés tan marketiniano resulta muy coherente. ¡Qué le vamos a hacer!
Todo va tan rápido que esta obra no es que nazca vieja —tampoco hay que pasarse—; pero antes de tomártela con precaución o, incluso, con temor; uno prefiere aceptarla con gracia. Da la impresión de estamos esperando a que ocurra verdaderamente algo catastrófico para que nos tomemos en serio —que le exijamos a nuestros legisladores que dejen de ir con la lengua fuera y se pongan las pilas, si es que todavía no están corrompidos por la venalidad— la potente tecnología que se ha puesto en nuestras manos y en nuestra memoria. Quizás cuando llegue el gran apagón o cuando nos hagan el tocomocho en algunas elecciones o cuando nuestros hijos se vuelvan definitivamente imbéciles (alguna generación ya está perdida. Eso está claro).
Revisando el reciente tomo Teatro y deportes en los inicios del siglo XXI, compilado por José Romera Castillo, uno confirma que el fútbol apenas ha concitado la atención de los dramaturgos españoles; y eso que estamos hablando de una práctica deportiva que posee una repercusión social y mediática descomunal. Más paradójico resulta, si uno observa las tendencias políticas de la mayoría de las dramaturgias contemporáneas —claramente sesgadas hacia la izquierda— y si nos fijamos de dónde procede el futbol y los futbolistas; es decir, la clase obrera —Inglaterra es el gran ejemplo—. Una manera de ascender socialmente ha sido el deporte, ya fuera el boxeo, en sus tiempos, o el propio fútbol. También es cierto que la intelectualidad literaria ha despreciado, desde su elitismo, abordar el tema; aunque muchos escritores declararan sus filias futboleras. 
